El predominio del Boato
El predominio del boato y la razón suspensa.
La realidad está poblada de apariencias. El predominio de los semblantes supera con creces los datos de las certezas. Sabemos que nadie es lo que parece ser y que toda aparición tiene que pasar por segundas miradas para verificar de qué se trata. Sin embargo, todo el mundo insiste y persiste en su look. Los establecimientos para el maquillaje de las caras, el vestido de las anatomías y la reformulación de los cuerpos son multitud. Las calles son desfiladeros de posturitas y modas. Todos vamos investidos de determinados colores y formas. Conscientes o no, todos damos señales de lo que somos con los que llevamos puesto. Es inevitable. Nadie se libra de venir envasado o expuesto en una forma. No hay contenido que se pueda expresar sin ella. Esto alcanza a todos los segmentos sociales y mentales. Las ideas más progresistas no han trascendido la necesidad de la forma, lo que más han podido hacer es sustituir maneras caducas de vestir por otras más dotadas de ingenio. Preferimos los colores vivos y variados a los grises y caquis, las cabelleras sueltas y libres a las cabezas rapadas, las miradas de ojos cálidos y limpios a los ojos caídos con miradas desviadas. La forma es muy importante, tanto que depende de ella si vamos a permitirnos pasar a la comunicación directa o la vamos a descartar según como la que percibamos. Todo el mundo lo sabe, por eso todo el mundo participa del juego de las percepciones, invierte su tiempo y su dinero para dar una buena impresión y se inviste de telas y maneras que expresen su pensamiento. Hay quien se pasa ratos largos ante espejos cambiándose y recambiándose de atuendo hasta encontrar el que cree apropiado para una ocasión. El vestido añade un plus en el volumen y en la magnificencia de determinados señoríos. Desde los sombreros alzados de los popes ortodoxos a los báculos, los cetros, las coronas, las hombreras y gorras de plato de los militares, todo viene a aparentar lo que nadie es.
En los viajes por el mundo la abigarrada fauna cromática da cuenta de las psicologías de los colores y, por extensión, de las psicologías de sus usuarios. Bastantes hombres georgianos utilizan abundantemente el negro en pantalones y camisas sin que ello exprese el duelo; los chinos de antes del desarrollo económico, la uniformización del cuello en trajes estándar; en una época de talante crítico, los cabellos largos y las barbas.
En algunos momentos la forma ha pasado por elecciones de escasez estética: pantalones terminados en patas de elefante o zapatos sobre plataformas alzadas. Hay quien no para de cambiar de forma no por elección propia sino por seguir los dictados del mercado. Se interpreta eso como una alienación en masa o la anestesia de los sentidos de la gente para que al estar embotada pierda su capacidad de discernimiento. Pero tanto si se sigue como si no se sigue una moda, casi todo el mundo entra dentro de parámetros de una u otra forma. La mayoría de gente elige y compra objetos prefabricados en lugar de hacérselos. A partir de esa inserción comercial se deja vestir, es decir investir y llevar, por lo que adquiere. Quizás se debería volver a los tiempos en que en cada casa se hacia parte de la ropa para recuperar una libertad de creación electiva ya definitivamente perdida.
Resulta curioso que en los encuentros interreligiosos cada cual no abandone por un momento sus hábitos, en el doble sentido de la palabra, como actitudes y como prendas; y por mucho que unos y otros insistan en la tesis -de mentira flagrante- del “todos somos iguales” amenizada por el argumento de que estamos atrapados por el mundo de la ilusión y de las formas, nadie renuncia a las suyas. Alguno podrá hasta auto ridiculizarlas, eso sí, tratándose de que va de fallero mayor si lleva un turbante en la cabeza o de que se dedica al peor oficio del mundo como es el de agente comercial (es decir un técnico del engaño) si va trajeado al estilo más típico, pero luego insistirá en sus trece, en su doctrina concreta, en su templo, en su oratorio, en su gurú. Mientras no sea analizada la cuestión en todos sus aspectos todo cabe en el circo folclórico y cada sujeto investido de su prosa ad hoc es aceptable en el guateque de las formas. Tan pronto se examina cada detalle se da con auténticos ogros de sus fanatismos, incapaces de variar lo más mínimo mientras se dedica a sobrevivir o vapulear aunque sea con cuerpos infestos de formas amaneradas y teorías llenas de parches.
En los encuentros de aproximación comunicativa entre representantes de distintas partes del mundo
Se asiste a un verdadero espectáculo de formas. Uno de los intereses de los eventos internacionales es la oportunidad que da asistir a ese escaparate pluriformal. Si bien el derecho a la forma se confunde con el derecho a la diferencia, cada línea de pensamiento particular y diferenciada no significa que no se esconda de una incapacidad adaptativa para la fusión de la conciencia. La misma lógica que expresa el derecho a la personalización también es la que auxilia la prerrogativa de un rol de dominio. Leonard Boff[1] sostiene que la misma lógica que explota a las personas, a las clases desposeídas y a los países, es la que explota también irracionalmente a la naturaleza y al planeta. De lo que se trata es de modificar estructuras mentales para garantizar nuevos comportamientos útiles para la ínter comprensión y la fraternidad. El apego a las formas dificulta ese proceso. Una forma de boato es tanto más fanatizada cuanto menos seguro está su adepto de una vida en libertad dejando fluir toda su riqueza potencial de saberes y placeres. Las religiones temen por su futuro ante una incredulidad latente irreducible y un nuevo ateísmo espiritual. Así como los tiranos no advierten la verdad de la realidad hasta que los movimientos de protesta nacidos de las injusticias y miserias amenazan directamente a sus poderes absolutos[2] también las cúpulas eclesiales temen por su auto perpetuación ante la protesta desde el silencio con los templos vacíos. Navarro Arisa recuerda que la ceguera y la codicia de todos los tiranos, sean del orden ideológico que sean, reproducen unas mismas actitudes represivas para contener un avance histórico ineludible.