El arco psicosociológico finito

Escrito por sussanamaraselva 20-11-2011 en General. Comentarios (0)

El arco psicosociológico finito.Sussana MARASELVA Barcelona Centre Civic Sarria 14enero2011

El peligro del análisis psicosociológico es que cada conducta, cada predicado, queda referido a su impacto en el mundo correlacionario y a su balance por otros que dan el visto bueno o no para un futuro relacionado. La dedicación temática y atencional a ese vasto campo del tema de las relaciones humanas va en contra de la dedicación de la energía a una investigación más seria. Pero ¿de qué habla la gente? ¿Cada uno de nosotros, sino de los otros, de cómo nos van las relaciones? Para María-France Hirigoyen[1], el boom de las formas de conexión internáutica y la posibilidad incluso de los flirts multitudinarios, solo enmascara el fenómeno de unos nuevos tipos de soledades. Se pueden tener contactos toda la vida y verlos referidos al mismo esquema de una no relacionabilidad en profundidad buscando satisfacer momentos y demandas superficiales. Lo que resulta mas difícil de abordar es si esa tangencialidad no existía ya antes, o ha existido desde siempre, y la era cibernáutica todo lo que hace es demostrar la expansión de su estadística brutal.

Los humanos llegan/mos una y otra vez en nuestros intentos comunicativos a comprobar las dificultades de llevarlos hasta el final. La comunicación se bloquea y en su lugar queda su parodia. Si esto queda establecido en repetidas circunstancias, no tiene la menor logica continuar intentándola ya que es una pérdida de tiempo. Muchas discusiones son mas metodólogas que temáticas, es decir más proclives a reconocer las dificultades de ellas mismas que en activarlas para llevarlas hasta el final. Si el mundo relacionario es una pantomima de si mismo comprobando las vías bloqueadas para una comunicación total ¿para qué seguir insistiendo en él? Pues bien, porque nos necesitamos los unos a los otros aunque sea para comprobar los desgarros derivados de esa necesidad. Hay algo del desamparo arrastrado biográficamente como un factor longitudinal que lleva a una intimita pulsión de pertenecer a algo y a alguien, no importando tanto el contenido y la ética de estas ratios de pertenencia como al hecho de formar parte del escenario. 

Con o sin criterio madurada y concienciado  la gente busca gente, le gusta el contacto físico y las cortas distancias. Las observaciones de proximidad dan curiosidades escénicas: grupos de humanos se concentran en una alta densidad (a las salidas-entradas de los cines, en los pubs,…) para hablar a gritos interfiriéndose sus mutas acústicas y creando poses falsarias en las que se simula dar máxima atención a aquel con quien se habla o a la bebida que se toma cuando el pretexto para estar en ese sitio es tratar de contactar con nueva gente a la que se le dedica sutiles observaciones.

Lo correlacionario ocupa una parte muy importante en cada sujeto por la atención y energía mentales que se le dedican además de por el tiempo personal volcado. Hay discursos que solo se llenan de él y en distintas latitudes culturales, muy separadas, se repiten las constantes de tener en cuenta al otro como objeto de conquista o de deseo, de alianza o de apoyo. La extrema exageración de esto lo presenta un lenguaje latinoamericano (las teleseries venezolanas se lucieron con ello) en el que el tema de conversación recurrente es el tercero ausente desde la  especulación de qué hacer con él/ella. La gente necesita gente, cierto, pero eso remite a una gama de necesidades distintas: desde las de ayuda en el trabajo a las de cobertura afectiva a las del placer sexual. El otro nunca es una sola cosa ni remite a un solo parámetro. Mencionarlo como único es una simplificación exagerada. El otro es un significante cantera de significantes varios. El otro en singular siempre encierra los otros en plural, todos los demás o una parte de ellos extendidos en un abigarrado campo de heterogeneidades.

En cuanto se está solo/a en un espacio, lo primero que se tiende a hacer es a buscar contactos, posibles interlocutores de los que conseguir información situacional y alguna cobertura comunicativa. Una vez se tiene un pequeño círculo de contactos o se pasa a la condición de membrecía de un correlacionario heredado la necesidad de la búsqueda de nuevos contactos se detiene. Es habitual que tras 1, 2 o 3 tentativas de contacto con alguien que ya tiene su correlacionario particular cubierto (incluso saturado) que no toma iniciativas de propuestas o invitaciones en sentido reversible la relación se detenga en este punto de no-relación. El suceso puede ser imperceptible.  El interés por alguien por continuar algún otro encuentro pasado no correspondido o demorado sine die se puede convertir en un stand by a perpetuidad. En una ocasión a una amiga le propusimos visitarla durante unas navidades (ya habíamos estado un par de veces en su casa) nos dijo que no estaba en un buen momento para recibirnos o para recibir visitas, lo cual entendimos y encajamos, pero ya  nunca más (bueno, los años siguientes hasta el momento de escribir esto) volvimos a reformular la propuesta ni ella tampoco la reactualizó. Resultado: distanciamiento creciente en la práctica aunque el cuadro sentimental sea el mismo. Sí, el mismo pero sin que evolucione o  vaya más. No seré yo quien dé lecciones de relaciones humanas, me autodefiendo de ellas como todo quisqui y disfruto las (pocas) que tengo a pesar de los conflictos y confusiones que las rodean. Nunca había sospechado de adolescente que el mundo relacionario fuera tan problemático y estuviera tan plagado de faltas, aunque no me faltaron experiencias en la adolescencia de las corazas caracteriales de los adultos, a las que llegarían a su debido turno los compañeros y amigos que iba haciendo durante aquella temporada biográfica. Yo mismo he terminado con mis blindajes. Tengo un número limitado de personas de relación directa lo cual no hay que entender que sean depositarias de todo ni pueda contar con ellas para todo. Numéricamente la lista de contactos en reserva de distintas áreas, coyunturas, momentos y temas supera y aseguro que siempre  superará a esa otro pequeño relatorio de la inmediatez actualista.

Se puede llegar a tener mucha gente en la agenda (todavía hay quien no pierde el tiempo en eventos de coincidencia y en pasar a la suya nuevos  contactos  con la promesa o la intención de hablar en fechas posteriores, cosa que no se llega a hacer casi nunca) y no por eso intensificar la profundidad comunicativa. La cantidad de contactos por sí misma  no asegura el salto cualitativo en lo comunicativo.

Una persona con habilidad relacional puede llegar a tener miles de contactos en su agenda y poder acceder a ellos cuanto más los mime e invierta tiempo en ellos. Para otros, hay contactos que nacen y mueren in situ en el mismo contexto que se les ha conocido por un par de detalles singulares en cuanto a las ideas y a los hechos. No es tan terrible. Es un hecho circunstancial. Psicológicamente nadie está capacitado para poder asumir las implicaciones relacionarias de todos y cada uno de los contactos que haga. La mayoría de contactos se establecen para asuntos puntuales y concretos. El resultado latente es el de un instrumentalismo recíproco y consensuado. Una vez uno desaparece de un contexto geo-circunstancial aquellas relaciones que tenia, incluso diarias, pasan al armario de los recuerdos en su mayor parte, con el tiempo ni siquiera se las encuentra aquí. No puede ser de otro modo, la vida biológica es más larga que la vida intelectual y que las etapas de interés para unos asuntos y para unas personas. Llega un momento de madurez en que se pueden tener multitud de contactos con los que ya no se pretende ninguna relación especial y mucho menos la de la amistad, de la que la vida se ha encargado de demostrar que es un tipo de vinculo muy selectivo y depurado que se da escasas veces a lo largo de la existencia.

Los medios de traslación y conexión actuales permiten hablar y tener contacto perceptivo con docenas de personas distintas por dia (dependiendo de la movilidad viajera de cada uno), eso son miles por año, lo que no significa que toda esa habla dé a lugar a un decir importante o pretenda dejar un saldo de amistad. Lo que nos acerca y nos aleja a las personas a menudo son detalles muy sutiles. Descubrir que el otro no te está escuchando mientras le hablas o está en las antípodas ideológicas en sus votos y admiraciones políticas es suficiente para no desear perder el tiempo con esa persona una siguiente vez que te la encuentras. Eso, evidentemente, redunda en un individualismo creciente, en esta sociedad tan individualista de la que tantas veces deploramos. Si el objetivo del contacto con el otro es venderle el producto del dia o llevárselo a la cama, las relaciones humanas ni siquiera se plantean como tales sino como una lista numerada de eventos sumados que nacen y mueren a corto plazo bajo la idea de un proceso finito dentro de un constelacionario necesariamente limitado.

La cuestión es que en ese constelacionario también está un conjunto de figuras humanas con las que nunca, en principio, se va a pasar de los contextos de roles que las trae (el vecino que sale a pasear con su perro cada dia a la misma hora y con el que coincides en el vestíbulo o la taquillera del cine al que vas). Se llega a tener a mucha gente visualmente reconocible sin la que no se llega a compartir nunca una conversación y que forma  la parte correlacionaria de la que no va a haber comunicación ni tentativa de hacerla. Desde el mismo momento en que se adopta el criterio de conocer y extender el contacto personal a los demás el deseante debe saber de los límites del arco relacionario finito con el que se va encontrar durante su vida por lo que hace al número concreto de personas con las que va a tener más intensidad comunicativa, independientemente del mayor o menor número de gente conocida como telón de fondo. El prototipo de personalidad que necesita liderar y estar en todas partes y caer bien a todo el mundo tiene su interés casuístico pero no es el modelo práctico al que seguir ni el garante de que lo más importante de la vida pase por las relaciones en detrimento de los proyectos de creatividad individuales que se decidan. No hay que olvidar tampoco que un constelacionario no significa que sea el mismo para todos quienes están en él, ya que cada uno de sus componentes tiene su propio constelacionario diferente al de los demás. Esto es tanto más cierto cuanto uno más va creciendo en edad e interaccionado en la sociedad.



[1]Autora de Las nuevas soledades.El reto de las relaciones personales en el mundo de hoy .Paidos. Barcelona 2008.