De la crónica a la novela

 

La mayor parte de las cosas que he escrito han sido crónicas. Contradictoriamente, nadie diría que soy un relatador de historias o un cuentista. Lo cierto es que sigo husmeando como observador de la vida y sigo produciéndolas. No es lo que más me gusta hacer sin embargo no he roto mi vinculo con ellas. A veces me agarra la sensación de estar perdiendo el tiempo haciéndolas en lugar de estar trabajando con conceptos puros o con la investigación filosófica.

La crónica es la descripción continua de personajes y situaciones  que se van repitiendo en circunstancias diferentes. Me cansa el retrato. También el autorretrato aunque sea en su forma más psicológica, la del autoanálisis. A pesar de eso sigo con la tendencia de continuarlo practicando. La crónica de la realidad crea la ficción paradójica de creer que se está haciendo algo por cambiarla. Enumerar multitud de sitios y multitud de escenas no implica que los sitios vayan a ser otra cosa de lo que son despues de la descripción y las escenas vayan  a cambiar en el supuesto de que hayan sido puestas al descubierto en su absurdas estructuras. La crónica no tiene porque llegar a los personajes reportados y para cuando llegue, tal vez, si se ha convertido en una referencia literaria, no tiene porque tener el menor sentido práctico. Afortunadamente hay libros que tienen impactos cruciales en la historia del pensamiento  y crónicas o denuncias que ponen fin a formas de vida o actos. Cuando el mensaje llega en el momento ideal al lugar acertado todo se precipita para la renovación pero no creo que ningún cronista tenga puesta su ilusión en esto. Grandes reportajes como el de Bartolomé de las Casas han tenido más valor histórico de una denuncia general que no como documentos denunciativos para el castigo de los culpables de un genocidio.

Distintos subgéneros: el periodismo, el reportaje, los diarios íntimos y las cartas personales son también formas croniciales. Y el reputado genero historiográfico, además de la novela histórica,  no son sino una crónicas de los hechos más o menos confirmadas. La crónica arrastra demasiadas obligaciones: citar correctamente nombres de personas y toponimias, ubicar todo dentro de un proceso crono biográfico y por si esto fuera poco hablar de lo que hay y solo de lo que hay. El cronista es un infeliz asomando la cabeza de su trinchera para pintar el cuadro de lo que ve. Está obligado al realismo. Su falta de libertad es total cuando no puede inventarse las cosas. Al cronista, como al notario, se le pide fiabilidad. Ya sabemos que ni el uno ni el otro la tienen en grado absoluto por muchos actos colegiados de fe de los segundos y mucho interés en describir la época en la que se vive de los primeros. El valor de una crónica es tanto más aceptable cuanto mas se corresponde con los contenidos de otras referidas al mismo espacio y por la calidad de honestidad de quien la hace. Parece que quien refiere los hechos solo lo hace por el valor de ellos mismos para la posteridad y a ellos se debe sin traicionarlos a conveniencia de interpretaciones sesgadas. En realidad los hechos es una noción un tanto discutible y son los que son en función de quien los escribe y no siempre por ellos mismos. La crónica  puede poner en aprietos a los protagonistas que refiere al no salir todo lo lucidos que les gustaría. Esto también vale para el autorretrato. No es nada extraño que uno al reportarse a si mismo tenga que hablar de cosas y actos que no le gustan, de aspectos y vivencias que hubiera preferido evitarse, de momentos desagradables y, en definitiva, de verdades intratables o duras de tratar. Basta la descripción para tener simpatías o antipatías según la forma en que haya sido hecho.

No es nada extraño que las insatisfacciones que crea la crónica (cualquiera puede ser objeto descriptivo, y de hecho lo es, de cualquiera) traten de ser compensadas con la novela. En la novela se puede recrear  la realidad a gusto de cada autor. Puede mezclar lo que interesa de la crónica con lo que interesa de la imaginación. La novela puede convocar a multitud de personajes de la realidad tangible convenientemente disfrazados para ser tratados como producto literario sin que, en principio, vaya a molestar a nadie. La novela es la recreación de la realidad para vencerla y no tener que soportarla.

Desde el interés antropológico-social por las cosas tal como son resulta más útil la crónica supuestamente objetiva que no la novela que libremente explora la realidad desde posiciones imaginarias múltiples. Hay un tipo de novela que ubica una historia imaginaria en un contexto objetivo impecablemente referido sin traicionarle los datos.  Pero la crónica personal, incluso en su total honestidad descriptiva, no es más que una novela existencial. El ser humano termina por llevar a la practica una parte de sus sueños, es decir de sus fantasías y ficciones. Al auto referirse esta continuamente chocando con la fracción que queda de si misma, la pequeña parte de lo que le hubiera gustado ser o lo de que, incluso, alguna vez fue. León  Tolstoi matematizó la tragedia del ego al comentar que un hombre es una fracción resultante de lo que cree ser en el numerador  y de lo que es en el denominador. El real siempre reduce el imaginario. Pero si hay un cociente de realidad personal resultante algo mayor es gracias a una cierta dosis de narcisismo o  personalismo. El sujeto que sucumbe a la condición ordinaria de su novela de vida no saldrá nunca de la exigüidad. En palabras de Graham  Greene  “las personas reales están repletas de seres imaginarios”. Tenemos la vida que tenemos y para sacarle más jugo del que a primera vista da conviene reconstruirla. Hay dos maneras: una, introduciendo pautas de conducta diferentes, la otra, reinventándola. La novela de ficción es una forma de inventar una historia ajena que nos pertenece en el padrinazgo. Ella tiene sus propias leyes elaborativas pero el autor siempre tiende alguna cancha para retratar la sociedad en la que vive. El arte es el espacio de resonancia del mundo en el que surge y el arte literario es todavía aún más el específicamente analítico. Desde la crónica lo más que nos es dado es trasladar al texto los contextos a menudo poco agraciados, desde la novela cabe inventar otros contextos con textos alternativos. La vida no es gran cosa sino fuera por las diferentes miradas artísticas que la repotencian. Posiblemente la vida no vale nada pero también que nada vale una vida eso lo dijo Malraux. La vida si algo es, es una invitación a los sentidos para gozarla. Escribir sobre ella y como parte de ella es una de las formas más preciosas de goce. Charles Baudelaire lanzó su grito de la discordia invitándonos  a embriagarnos con vino, poesía y virtud a nuestro antojo para no ser los esclavos martirizados del tiempo. Aunque nunca seguí su grito para terminar pegado a una pipa de hachís o meditando dentro del culo de cada vaso, la lucha contra el tiempo avergonzándolo como noción capital es una manera de vivir la vida tal como se presenta valorándola más en sus deslices imaginarios que no en sus aspectos rutinarios. El salto de la crónica a la novela es también el salto personal en la filosofía existencial de la obediencia a las pautas a su desobediencia total.

 

 

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