Entre el hablar y el escribir
Hablar es un acto social que da por supuesta una escucha o como mínimo la postura de un interés aparente simulándola. Quien tiene necesidad de hablar lo hace independientemente de si al otro le interesa, le escucha o le comprende. Eso seria el perfil típico del hablante pulsional. Escribir es un acto individual, íntimo. Pretende explicar algo a través de una proyección para que sea recogido por alguien, pero es posible que no le interese. La gran diferencia entre una acción y la otra es la presencialidad del interlocutor en el habla, con lo cual, escuche o no da otras muchas informaciones gestual comunicativas; y la ausencialidad, en el otro caso, cuya distancia y silencio pueden ser altamente equívocos. Se de bastante gente y de relaciones que se han nutrido de innumerables envíos unilaterales sin recibir respuestas correspondiéndolos, sea porque no quisieron ser respondidas sea porque fueran interceptadas. A diferencia del habla presencial directa el texto escrito aun siendo personalizado deja al receptor en la prerrogativa de continuar o no el tema. Por lo general la gente no tiene tiempo -o no desea dedicarlo- para escribir. A veces experimenta una vergüenza de si mismo que va reversionándose según las épocas: en el tiempo de la caligrafía por el tipo de letra, en el tiempo del internet por tener obstáculos para manejar según qué contenidos. A diferencia del acto verbal directo el escrito carece de compensación escénica. En el acto verbal el hablante como mínimo tiene a un otro que le hace de publico y que pretexta la sonoridad y el resto de escenografía. En el acto escrito el escrito carece de esa confirmación y ni siquiera puede estar seguro de que aquello que haya escrito haya sido entendido en sus términos. En la experiencia escritora te encuentras con que algunos de tus objetores te objetan por cosas que han creído inferir pero que en realidad te atribuyen equivocadamente.
Mientras el escritor esta avalado, respaldado o confirmado por lo que ha dejado escrito el hablante puede cambiar las oraciones de las que se vale según la marcha de la conversación. El hablante es más reformulador que el escritor. El escritor tras su texto no puede evitar que sea manipulado a conveniencia del elector o de quien vaya a hacer uso de el y entienda cosas que no han sido dichos o infiera el resto de cada texto a partir de una lectura fragmentaria y sesgada de una parte del mismo. Ese riesgo es inevitable. No depende tanto de la intención escritora como de la inconsistencia lectora. Evidentemente hay errores de parte de la escritura con infinidad de equívocos y de problemas sintácticos que conducen a interpretaciones contradictorios. Basta la variación de una sola coma dentro de una frase para que cambie completamente de significado. Pero resuelto este tipo de errores de expresión hay otros que vienen dados de la lectura y que dejan al autor del texto completamente indefenso. Es sabido que una frase extraída en un contexto y transpolada a otro puede tener un significado completamente distinto. Es así que el texto cuenta o se pone en manos de dos perspectivas: una, la inteligencia comprensiva y dos, la honestidad lectora no pervirtiendo su significado a conveniencia de los prejuicios que haya.
Escribir de determinados temas problemáticos se incurre en el riesgo de recibir ataques totalmente injustos. Hablar de la irresponsabilidad de la palabra marroquí o la crítica a la desidia africana dominante en amplias zonas negras te puede costar los apelativos de racista. Criticar la gestión internacional de la solidaridad no interesada realmente en la liberación de las sociedades de sus ancestros y costumbres retrogradas te puede costar que te acusen de anti solidario.
Cada objeción concreta a algo tiene que contar que ese algo tiene sus aliados y defensores que se van a sentir amenazados por el análisis y contra el que reaccionarán para protegerse y salvar el tipo. Asi como en lso actos de habla hay lapsus con los que se acarrea involuntariamente también en los actos de lectura se pueden sacar significados voluntariamente no intencionales pero que son desprendidos por asignaciones inconscientes. Aunque William James, psicólogo mentalista, defensor del empirismo, negó la existencia de estados mentales inconscientes hoy día nadie acude a su instancia par tratar de explicar las conductas conscientes, James utilizó el método escolástico de polémica, es decir presentando los argumentos uno a uno, que apoyarían aquella tesis para luego tratar de demostrar su "invalidez". En la actualidad no se sigue métodos tan precisos. En al controversia la gente se nutre mutuamente mas de lo que se dice en el momento que no refiriendo el texto que la haya desencadenado. Un texto para que funcione tiene que ser claro en sus proposiciones y afirmaciones, pero estas no se pueden desligar de todo el proceso de razonamiento que las apoya. Epistémicamente toda afirmación o negación que tratan de establecer una categoría universal cometen un error de temporalidad y espacialidad. Los epistemes válidos son aquellos que pretenden salvar la teoría de formulaciones dogmáticas. Las decisiones enunciativas sirven para provocar un debate y una reconsideración de las verdades previamente aceptadas. Ante las lecturas voluntariamente sesgadas lo mas rentable que se pueda hacer es que vuelvan a ser leídas antes de pasar a su discusión. Y antes los textos escritos intencionalmente mal documentados y escritos para poner una argumentación al servicio de un dogma previo lo mejor que se puede hacer es suspender la lectura y no perder el tiempo con ello. Es difícil que un texto elaborado con intención aportativa no tenga algo útil de lo que valerse. Eso hace legibles a personas de otras posiciones ideológicas, otras formas culturales y otros hábitos de vida. Un texto interesante puede serlo a pesar de las mezquindades de su autor. Otro asunto es cuando la falta de empatía emocional mínima lleva a descartar lecturas de autorías dudosas.
Entre el hablar hay el escribir se va una buena parte de la dedicación intelectual. Dejar un texto escrito tiene por compensación la entelequia de creer haber dejado algo importante para la posteridad. En realidad el futuro no tendrá ninguna nueva biblia, tampoco ninguna nueva enciclopedia de la ilustración en la que resumirlo todo como saber consensuado. Lo más que hace un texto es contribuir a una analiticidad en curso cuyo principio se pierde en las sospechas del salto del homo animal al racional y cuyo final es impredecible. Lo mas que hace el habla es mantenernos sumidos en la escena sonora de los discursos presumiendo que al hablarlos nos mantienen a distancia de conflictos superados o de errores del pasado.