PacoMocos.Relato

La Cía de Seguros y su polizón  

PacoMocos lo tenía muy claro: quería recuperar la inversión metida en la seguridad social como  carpintero autónomo y no sólo eso, si no que quería prepararse un retiro anticipado suficientemente capitalizado como para salir de penurias y dejar en buen lugar el nombre de sus fechorías. Su historial de hacerle la pirula a las compañías de seguros le había mejorado bastante su autoestima. Sabía que si se lo proponía, lograría sus propósitos. El país estaba echo un asco y no dependía de él y de su producción, mejorarlo. Prefería liberarse de la esclavitud laboral y  asegurarse una buena paga para el resto de sus días. Puesto que era relativamente joven no podía optar a la pensión prevista por el sistema e ideó la posibilidad de presentar una enfermedad indemostrable que ningún tribunal médico pudiera desmentírsela, y a partir de aquí pasar  a una vida retirada y de lujo. Para eso, tenia que saltar de la cuota mínima como autónomo, a la máxima permitida por la ley. Es decir tendría que seguir haciendo una inversión de momento a fondo perdido, antes de  hacer crack con un síntoma simulado y teatral con el que  remachar su heroicidad de lobo feroz. Había pensado en neuropatías, fibromialgias o una nercolepsia. El campo imaginario del Mocos podría formar parte de un manual para intrigas y perversiones. Él  quiso consultarme por eso. Apenas nos conocíamos de nada. Habíamos coincidido un par de veces y lo que más recordaba de él era su manía de inspirar hacia dentro sus mucosidades nasales produciendo una especie de rugido en off autoestentóreo que dejaba al personal del estudiantado de los conservatorios preguntándose si habían oído un Do sostenido o un La.  La escena no resultaba agradable pero las exigencias de cortesía hacian que miraras para otro lado y esbozaras una sonrisa de cómplice y de consentimiento como diciéndole: sí chico,. Todos tenemos algo de marranos. Adelante, trágate tu salsa verdosa.

Me llamó en mi calidad de psicólogo para que yo le explicara alguna clase de patología con la que librarse de los 20  años que le restaban de currante maltratado por la vida y por la sociedad industrial. Su vocación por el tema no compartió mi entusiasmo, aunque en el fondo me daba exactamente igual que siguiera adelante con su timo. Todo obrero maltratado por las cadenas de montaje o por los talleres nauseabundos donde no entraba ni siquiera la luz del sol podía optar por los recursos al alcance de su mano para librarse de la condición de asalariados o de esclavos. Yo no haría de moralista para impedírselo. Otra cosa es que yo me prestara a participar en un chanchullo de este tipo. En consecuencia dejé bien claro desde su primera llamada que no contara conmigo para sus proyectos. Yo no le firmaría ningún documento valorándole una incapacidad  de la que no padecía. No tenía ninguna amistad con él ni quería tenerla en el futuro ni se la querría para nadie. Confieso que de las veces que había visto al susodicho ya había contraído una cierta indisposición a su aspecto y su habla y sus hábitos que pasaban por la gorrería sistemática. Era una versión del chiste del indio Tomas (el del ¿qué tomas?)

 Para una sociedad compleja y desbaratada como la nuestra, vividores a la vieja usanza como PacoMocos, no podían ser neutralizados. Formaban parte de la fauna latina y del decorado de los  descalabros urbanos incluyendo sus lluvias ácidas. Claro, que técnicamente era evidente que otro más a la lista de los pensionistas significaba  recargar a la sociedad productiva los lastres con la parte social improductiva. Pero no era esto lo que realmente me preocupaba sino la osadía de alguien como él en implicar a la peña en un asunto de este calibre y no aceptar, como en mi casa, la no-disposición a ayudarle. Desde mi negativa el tipo no paraba de llamarme para insistirme en la cuestión. Creo que el dinero que se gastó en llamadas telefónicas podía haber pagado más de una cuota como autónomo algún viaje medio de un  par de meses a gastos pagados. Gracias a Paco Mocos supe de lo que es capaz la gente con una paranoia de esta naturaleza o con una fijación de esta envergadura. Pasados unos años de molestias el tío despareció aunque no del todo. Supongo que seguiría conservando mi teléfono para volver a acosarme telefónicamente. De él olvidé nombre y cara y quedó por toda referencia nominal como el Loco de Monzón, localidad en la que vivía y que cuando mis viajes me llevan a pasar por allí lo recuerdo vagamente y cuento la anécdota, en tono de letanía, a quien va a mi lado si no se la he contado antes y se halla en disposición de escuchar anécdotas de baja estofa..

Querría mirar por un agujerito lo que hacen las compañías de seguros privadas y la seguridad social ante tipos de esta calaña. Me consta que unos años atrás mucha gente preparaba sus prejubilaciones con artimañas de este tipo. He conocido a docenas de personas que se han constituido en pensionistas estando perfectamente o en condiciones óptimas para seguir trabajando. Pero nunca se me ha ocurrido cuestionar a nadie en esa elección, en todo caso sí en envidiarle. Trabajar  por cuenta ajena en cuestiones con las que no se identifica es una actividad propia de quien no tiene otro remedio que vivir para ser un explotado. Me ha parecido siempre muy lícito que la gente quiera escaquearse de sus citas de esclavo. Pero eso no significa que me parezca la mejor solución. Lo que uno no trabaja significa que indirectamente obliga a que otro lo haga por él. Eso  lo sabe toda la gente y una parte de la cultura popular se fundamenta en una especie de moral callejera sobre quien es buen trabajador y quien no da ni golpe. De hecho la noción de buen trabajador tiene muchas lecturas: desde la del lacayo ideal que nunca protesta por nada y siempre cumple en todo lo que se espera de él, al que lleva el sueldo a casa y lo entrega a su mujer sin abrirlo previamente para que sea ella quien lo administre. No entraremos en estos detalles domésticos. La cuestión es que la figura del buen trabajador, la del mono azul de mecánico, la pava entre los labios, la cara sin afeitar de  día y medio  y la mirada algo a la baja no casaba con Paco Mocos, más dado a vivir del cuento y de la familia, a ir de gorrero ahí donde se sentara y constituído en  lince a la caza de una compañía de seguros que lo aceptara como autónomo de taller propio y fabricante de muebles diseñados por alguno de la familia, tal vez su padre, que sí habría creído en aquello de que el trabajo dignifica y por añadidura libra de las malas tentaciones.  La cosa me parecía de lío de séptimo grado. Algo parecido a aquellos argumentos peliculeros de cine negro en los que una mujer satánica convencía a su marido para que se sacara una póliza de vida a todo riesgo para asesinarlo a la semana siguiente y cobrar los dividendos. El argumento era impecable: ¿si un marido no daba la talla en vida por qué no matarla para que rindiera los máximos beneficios de muerto? Esa era la lógica de Paco Motos o, perdón, la lógica perversa de una mente arrastrada y mezquina como la suya. Su proyecto podía  ser tomado en broma a no ser que su insistencia y la información de la que iba haciendo acopio le daban el realismo personal de un caco de susto. Estaba persuadido a engañar al sistema a toda costa, y eso hasta  podía dignificarlo como un socialalternativo o un agitador contra bancos y tesoros, pero para tenerse a sí mismo como único usufructuario de los resultados. Sus propuestas no se sostenían. Se trataba del manipulador básico con su manual de manipulaciones en el bolsillo para usar a la gente y exprimirla  para luego echarla a la papelera. Bastaba un rato de conversación con él, ruidosamente acompañado por el decorado sonoro de sus sorbidos mocosos, para desear la retirada por la tangente y a toda prisa. Por si uno era lento de reflejos o le costaba tomar decisiones podía pasar por la fase de asistir a sus candelas colgantes tras la audición de resoplidos y gargajos interiorizados. Admito que la consideración de alguna gente podía resistirlo incluso en esta fase y alcanzar la tercera en la que invariablemente PacoMotos se dejaría invitar, en el supuesto de estar en un bar o un restaurant,  aprovechando el último momento  ante la caja para desaparecer o tardar en sacar su billetero: objeto este  cuyo tacto  posiblemente  desocnocían sus dedos, a no ser que además de estafador fuera carterista.

Podemos admitir que la historia de PacoMotos podría tener detrás una infancia de niños torturado, una historia laboral iniciada prematuramente a los 7 años como aprendiz de maderas y una patada en los huevos de alguna novia que no pudo aguantarlo tras quedar enganchada a su grifería nasal. Todo esto resumido nos daba el inventario de un psicópata de churrería absolutamente convencido en devolver las afrentas sociales a una sociedad del ridículo. Ningún cronista podía hacer juicios al respecto. El timador que se precie no deja de ser un héroe popular a falta de mafia italiana que le organice los crímenes. El personaje de lerdo de Toni Leblanc merecía todos los honores cuando al fin y al cabo sacaba los cuartos a quienes se querían aprovechar de él o de su minusvalía mental (convincente aunque simulada) pretendiendo ganar duros a cuatro pesetas o,más exagerado aún, billetes de mil a cambio de papeles. El timador tiene su encanto en la liturgia popular. Forma parte del coleccionable de antihéroes. A pesar de estas razones a favor, PacoMotos caía fatal no solo por su cuerpo de levantador de piedras contrahecho y sus vías respiratorias permanentemente obturadas sino por su mentalidad mezquina. Otro en su lugar con su mismo planteamiento podría ser aspirante a que se le echara una mano. Él,no. Él era un basurero que había recogido cuatro ideas críticas en contra del estado social de las cosas y con ellas pretendía hacer su negocio particular. No creo ser el único en no haberle ayudado en ese propósito. Se trataba de un tipo cuyo perfil era una invitación al enredo y a las complicaciones. Con cualquier clase de negocio con él llevabas las de perder. Cualquier ayuda que pudieras prestarle se podía girar en contra tuya. Lo mejor era dejarlo en el umbral de la puerta, él fuera y tú dentro. Ese era el consejo que daría a quien me preguntara mi opinión sobre el personaje.

Con eso no quiero ponerme del lado de las compañías de seguros como tampoco de la seguridad social. Las unas porque son negocios privado que trafican con los miedos personales con la promesa de la seguridad y del futuro. La otra porque es un atascadero del presupuesto público. La sanidad crece no en proporción directa al crecimiento de la salud comunitaria sino en decremento de esta. Se diría que a más cantidad de medios y centros hospitalarios la salud va a peor. En este sector las líneas de negocio han ido en aumento y las compañías de seguros son formas institucionales de estafa. La seguridad social también tiene algo de esto. Si se diera la opción a los trabajadores adscritos al régimen general de la seguridad social a que manejan autogestionariamente su dinero en fondos de pensiones o de inversiones posiblemente tendrían el futuro más garantizado de lo que lo tienen como futuros jubilados o prejubilados. Si eso no  se hace así es porque el fantasma de la enfermedad y de las operaciones quirúrgicas y de los males físicos más graves acojonan al personal como ninguna otra cosa.

Pero no hubo ningún elemento de conversación de esta con el Mocos. A él solo le preocupaba una manera fácil para ganar una paga interesante  a perpetuidad y la fibromialgia le parecía la vía aunque no tuviera ni idea del tema clínico. No creo que su ingenio le haya llevado a conseguir su propósito. Lo cual tampoco es una suerte para nadie. Debe estar sin dinero sableando a unos y a otros. Quizás para casos como el suyo deberíamos ayudarlos para darles un padrino institucional a perpetuidad y así quedarnos libres de sus movidas y sus insistencias. La falta de contacto con el mencionado me dejó sin datos suficientes para terminar esta historia. Parece lógico que mientras haya transportes, barcos de mercancías, compañías de seguros, haya también sus polizones que se aprovechen de los recursos ajenos sin poner más esfuerzo que el de escaquearse y esconderse bajo las lonas, o en el caso de los expedientes de inutilidad laboral, bajo los papeles. PacoMocos tiene el honor de servir a la fuente del ingenio de los apestosos que no quieren dar ni golpe por una sociedad, que la verdad, tampoco se lo merece. La cuestión es que tipos como él que viven del cuento tampoco merecen el espacio que ocupan, no diré del aire que respiran. Me planto aquí. PacoMotos no merece una palabra más.

 

 

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