Politica y Expectación

 

La Clase Política y sus Espectadores.

La sociedad del espectáculo hace de toda escena llamativa un pretexto para atrapar la mirada pública. La clase política no queda libre de ello. Estar al corriente de sus vaivenes, sus declaraciones, sus contradeclaraciones, las mociones parlamentarias, las leyes en curso, los escándalos y todos los demás detalles de esa producción continua de su que-hacer, es lo que se entiende por interesarse por la política. Quien se interesa se inaugura en su condición de espectador. Eventualmente hace de actor cuando decide intervenir en el panorama social no dejando que las cosas importantes de la existencia social colectiva queden en manos de sus supuestos expertos. La visión al respecto para un licenciado en ciencias políticas es completamente diferente: la política es la consecuencia de un saber, de la elección de una carrera, del dominio de unas determinadas materias jurídicas. Lo cierto es que profesionales de la política están vinculados

a carreras ad hoc. Se dedican a la diplomacia o se hacen expertos en relaciones internacionales. Tienen una visión de la historia como un proceso de negocios entre poderes a través de sus representantes más o menos notorios que han dejado huella y leyenda. Para otros puntos de vista, el mío entre ellos, la política es la acción social o más exactamente la acción de todo individuo que acarrea un impacto social. Es una perspectiva más aristotélica y menos elitista. La condición política es un atributo del ser humano en su interacción con su especie desde el momento en que se organiza con ella para sobrevivir.de aquí la definición categórico y aunque inexacta no incierta de que todo es política. Su negación de plano por la vía declarativa de apoliticismo sigue generando una enorme cantidad de equívocos y de pierda de tiempo. Cuando alguien no tiene opinión sobre un acontecimiento social puede suceder dos cosas, o que teniéndola no quiera decirla para evitarse una discusión o que realmente no la tenga en absoluto lo cual indicará un encéfalo (grama) plano, alguien sin sangre en las venas, sin pasión en el ama, sin ideas en las neuronas. El apoliticismo tiene otro equívoco añadido el que etiqueta a posturas que se reclaman de una revolución pero que ni quieren entrar en la competencia por ningún poder.

Lo dominante de las sociedades y de sus trifurcas es la segregación de una clase política cuyo común denominador en todos sus miembros sea cual sea su partido de pertenencia de un posibilismo para cambiar las cosas. Un político profesional se parece a otro porque ambos quieren el poder o más poder desde el que instrumentar la aplicación de su programa de cambio y se diferencian por los objetivos de los cambios pendientes y las pautas de ejecución. La mayoría crítica de la sociedad asiste como convidada de piedra al espectáculo que nos ofrecen a diaria.

De política y se habla mucho, es uno de los espectáculos a veces mejor que cualquier culebrón de las teleseries ficciosas, otro asunto es que ese hablar sea netamente polemista, contribuya al debate en profundidad y aumente la tasa de conciencia general.

En la condición de espectacularidad asistimos a una clase que deja mucho que desear pero es difícil recordar la existencia de una clase política digna en otras coyunturas o países. Hay lo que hay y a fuerza de bombardearnos con imágenes y discursos uno se acostumbra a sus caretos y prosodias. Los tenemos en casa casi cada día y no podemos evitar regalarles una cierta simpatía. Al fin y al cabo el político en activo no es más que la expresión del individuo anónimo de la sociedad que no quiere mojarse para ir de protagonista de primera líneas por los lugares.

La prevención popular de no fiarse de los políticos está más que fundamentada, pero la desconfianza es generalizable al mismo pueblo que no suele estar a la altura histórica de las reivindicaciones sociales largamente esperadas. El que sea inocente en temas de estado pero también en temas de sociedad que tire la primera piedra. Una parte de los espectadores del acontecer social creemos participar a favor de la circulación pública de las ideas y de un debate futurista participando en los foros digitales o escribiendo artículos. No se nos escapa que lo que da fuerza de cambio en una tesitura es pelearse frontalmente contra posiciones inmovilistas a favor de nuevas leyes marco que permitan desarrollos, más salud y más paz. Es muy distinto bregar con las posturas reaccionarias por leerlas publicadas a tener que convivir con ellas en un mismo parlamento y encontrárselas por los pasillos. En este sentido el político crítico liberal es un héroe a su manera al que rendirle un homenaje aunque no nos convenza la línea de su partido. El más afamado de los políticos te puede traicionar, forma parte de su entelequia y constitución vocacional, y si bien puede ser muy apto por algo también puede ser deplorable en otros aspectos. Abraham Lincon uno de los padres de los Estados Unidos conocido entre otras grades frases por la de que  “el gobierno de la gente, para la gente y por la gente” no está exento de chascos.  Tal frase emblemática, desde el Gettisburg adreess,  que ha sido citada en foros, no debería ser mencionada sin citar al mismo tiempo que su autor estaba por la superioridad de estatus de la raza blanca y en contra de llevar a cabo el camino de la igualdad social. En resumen fue  un racista reversionado que la historia y la diplomacia reciclaron convenientemente para servir como el baluarte de la libertad americana.

La política profesional es un gremio farandulero que genera expectación y distracción a base de incitar a seguimientos de callejones sin salida o de temas diletantes demorados generación tras generación pero la expectación pasiva de todo eso, el grueso de millones de espectadores que no  hacen  -o no hacemos- otra cosa que hablar no es menos criticable que aquella.  Una ojeada por los foros digitales demuestra que los temas de actualidad y de política son los que se llevan más visitantes, lecturas y comentarios mientras que otros temas están a una distancia estadística inferior. Y es que hablar de política lo puede hacer todo el mundo, hacer cambios sustanciales es otro asunto. No es que la clase política tenga la garantía de hacerlos. Su oficio circense es muchas veces el de distraernos, pero por su lado los espectadores tampoco contribuyen/imos a gestar unas circunstancias mejores mientras no se cambie  de la ubicación en la platea a la participación en la escena. A favor de estos, la inmensa mayoría de ciudadanos, habrá que decir que siempre es mejor mantenerse en una actitud alerta de seguimiento de lo que hacen los actores que dejarlos a su libre albedrio declarando las más tontas de todas las frases: “es que yo soy apolítico” o “no entiendo nada de política”.

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