El Duelo
Raska Srb 12 jul 2007
La vida es un continuo avatar que pasa por las pérdidas de las que hace memorándum y colección. Claro que también es un itinerario de adquisiciones. Mientras vivimos asistimos a un grandioso espectáculo ante lo que nos viene, nos es dado, conseguimos, obtenemos o conquistamos y también ante lo que nos es arrebatado, perdemos, olvidamos o de lo que somos desposeídos. Las pérdidas de lo pequeño: un juguete, una mascota, nos preparan para las pérdidas de lo mayor: una amistad, un amor, alguien que sucumbe a su desaparición física. Psicológicamente el valor de pérdida tiene una representación no necesariamente proporcionada al tamaño real de lo que se ha perdido sino al espacio simbólico que ese lugar ocupaba. Las pérdidas mayores: la de un padre, un hermano, un hijo incluso de la pareja van siendo tanto más soportables cuanto mas experiencia acumulamos. El duelo de pérdida no empieza el día que se nos muere alguien próximo. Ha empezado mucho antes al perder relaciones y antes que éstas objetos, y de los que tenemos la certeza de que no vamos a poder recuperar nunca. Cabe comparar deliberadamente las cosas, en el orden de lo material, con las personas, en el orden de lo afectivo: las unas y las otras convocan a relaciones objetales.
De todos los duelos el más llamativo es el de la pérdida de alguien por su defunción. Pero no es nunca el mismo. Un duelo nunca es igual a otro. La pérdida del padre se siente de manera distinta a la de la madre, el de un hermano a otro.
La gente se sigue la pista en los entierros. Pasan años y no se ven para nada pero se dan cita para sus entierros. No hay contrasentido más incongruente que éste, ¿Qué significa ir a rendir un ultimo adiós cuando han podido pasar decenas de años o más de media vida sin contacto alguno para ninguna otra cosa? ¿Por qué tanto interés en mostrar un adiós cuando no se han compartido suficientes holas?
El duelo es un indicador de sentimentalidad y de civilidad. La conciencia de pérdida y la convicción de que nunca más se recuperará el contacto con alguien en vida porque ha fallecido es uno de los primeros sentimientos en torno a los que los colectivos humanos organizaron sus ritos y honores. Conceptualmente el duelo iba unido a la defunción. El rito exigía una ostentación externa de tributo al muerto de acuerdo al cual se debía estar un tiempo en años antes de los deudos pudieran rehacer sus vidas de goce. Vox populi nunca perdona que la vida se rehaga cuando el cuerpo del cadáver todavía está caliente, según la hiriente frase de las malas lenguas. No todos los duelos de pérdida son iguales ni la interpretación trágica del que lo es por muerte se vive tan luctuosamente en todas partes. La civilización urbanita y la masificación de las relaciones han generado nuevas categorías prescindentes. Amigos y conocidos desaparecen de escena o confrontaciones que llevan a separaciones irreconciliables generan panoramas psíquicos de pérdidas. El duelo de pérdida es siempre una enseñanza magistral de la naturaleza en una misma e histórica lección, nada es eterno, todo perece y los supervivientes tan solo son testigos anticuados de lo que les va a pasar en un plazo más o menos largo. Hay duelos de pérdida que se anticipan a los duelos de muerte o incluso los sustituyen. Cuando se ha pasado por el sentimiento del dolor de perder a alguien y experimentar una separación física o convivencial e incluso informativa, la noticia posterior de su fallecimiento llega cuando ya se ha consolidado una distancia anterior. En ese sentido y por terrible que sea esta comparación, el duelo por la muerte puede no ser tan grave como el duelo de separación anterior, en particular si se ha articulado en torno a una experiencia de traición.
A falta de reapariciones postmortem y de zombies eficaces los vivos son los representates de los muertos. Como con tantas interpretaciones en la historia de las palabras el intérprete cae en sesgos tanto más indemostrables cuanto menos posible sea la verificación. Es un tema complejo hablar del tercero ausente sin poder/querer convocarlo a ese lugar de interpretación, toda la historiografía es eso: manejo de referencias que hablan de tiempos idos con protagonistas muertos. Una buena parte de la poesía también es eso: construcciones sentimentales acerca de un otro que no está sea porque se ha colocado de parte del rechazo o porque ni siquiera está enterado de ser objeto de dedicación apasionada. Una buena parte de las conversaciones son sobre los que no están, no porque hayan fenecido sino porque estén lejos, distantes o estén por otras latitudes de no coincidencia. A pesar de todos los equívocos que se generan el tercero ausente es la posición más referida en los temas hablados. De tarde en tarde lo es con respecto a los no-vivos. Existe un pacto implícito de dejar los muertos tranquilos en sus tumbas o en sus urnas o en sus partículas esparcidas. Es una especie de nuevo tabú. Parece que hablar del muerto obliga a hacerlo desde el elogio o a no hacerlo si tiene que ser desde la critica. Optar por criticar cosas que hizo el muerto será entendido como una falta de respeto habida cuenta que no tiene posibilidad de defenderse. Tal conmiseración viene a contribuir al estado general de los susurros y de las mentiras prevalentes.
Pasar por duelos bien construidos deja las manos libres o la boca en acción para decir el comunicar el pensamiento que se tiene y que no se ha dejado de tener. Es así que trascender la memoria del muerto pasa por superarlo como la figura que alcanzó a ser en la vida de uno.
Si la vida es un proceso de construcciones y deconstrucciones, de creación de relaciones y de pérdida de ellas, el duelo deja una experiencia ineludible que puede permitir un saber o no según la disposición al reconocimiento de las verdades.