Tras el último poema.
Tener motivos para escribir poesía es estar de suerte. Vivir sin escribirla sería -o es- por consecuencia lógica una disuerte. Sin embargo la inmensa mayoría de gente vive sin tener necesidad de escribirla; mucha, cuando lo ha hecho, se avergüenza de ella y decide esconderla o destruirla tras un cierto tiempo. He oído opiniones acerca de que lo poético es propio de las edades de sondeo, las de las primeras tentativas. Escribirla es tomarlo como una cursilería y hay quien se ruboriza de la que haya podido componer. Lo poético es –suele ser- romántico y puede formar parte de las técnicas aconsejadas para seducir. Hay quien dice directamente sin rubor que no la entiende o que ha pasado por malos tragos al tratar de entenderla.
Sí, la poesía es críptica, tiene claves personales de apertura y entendimiento. Es además personalizada. Es un mensaje de persona a persona que gracias al espionaje literario internacional la pueden disfrutar quienes se acercan a las emociones no artificiales de las verdades ajenas y por concomitancia a las propias. Cada poeta vive en su laberinto más que en su torre de marfil en el que en lugar de poner flechas y señales para encontrar las salidas modifica continuamente los objetos y los pasillos que no llevan a ninguna parte. Un poema no es nunca un mapa para llegar a un sitio. No hay parte alguna a la que ir salvo al territorio de Hades de las no complacencias generalmente concedidas por el tema de pasión mientras los discursos de ésta no encuentran refugio en alguna versión del Nirvana. El poema concreto puede ser la revuelta, el entusiasmo, el amor, o el inventario de fábulas o dramas a partes iguales.
Los poemas se escriben cuando una poderosa seducción saca del amasijo basto de un ser perplejo el poeta que contiene y que tal vez ni siquiera sospechara. El poema termina por hacer al poeta más que éste a aquel, porque un poema, es decir poetizar, es una transacción de energía que se hace para alguien o algo. Cuando uno u otro de estos parámetros o ambos desaparecen, el poeta se queda sin motivos para hablar. Asegura que todo ha sido dicho. Lo único que puede hacer es remitir y remitirse a anteriores composiciones. Si hubo un primer poema ante la invitación de alguien por quien implicarse totalmente, también bien o mal puede suceder que haya un último poema con el que desimplicarse totalmente o al menos dejar de seguir el protocolo de hacerlo. Es difícil desimplicarse de alguien a quien se ha amado intensamente. La modalidad del desamor que sucede a la pasión y la pérdida de conectividad íntima no significa eliminar aquella figura de su presencialidad simbólica, mucho menos del lugar que ocupa y seguirá ocupando por siempre en el inconsciente personal. Si el primer poema o las primeras letras dejan las marcas de una decisión, una voluntad y un desiderátum de construir algo bonito y especial, el último poema presentará una fractura, una imposibilidad de seguir, un deseo de trucar el deseo del goce por el deseo de no continuar sufriendo.
Me he preguntado muchas veces que es lo que les/nos hace sufrir a los amantes. He confirmado hasta la saciedad que es la falta de correspondencia o el sentimiento de recibir esta falta. Es una crisis de correspondencia. Si hay comprensión no hay dolor o este se minimiza considerablemente. La comprensión da la medida de un reconocimiento. Es su denominación más exacto. Permite un cierre sentimental equilibrado.
Una historia de amor es una historia poética sea o no escrita. En la nuestra ha habido muchos poemas por mi parte hacia ella y no tantos los de ella hacia mí, pero los suficientes para declarar mi lugar excepcional en su vida. Llevaré eso con orgullo siempre.
Este no es el primer libro de poemas personalizados para alguien. Hubo otro. Poemas a Elvira[1], de una calidad infinitamente menor, en un tiempo[2] con un concepto amoroso menos desarrollado. Si cada historia de amor es distinta cada uno de sus itinerarios poético-expresivos también lo es. El poema documenta momentos sentimentales. No tiene nada que ver con un artículo elaborado que se rige por información y confía ciegamente en la lógica.
Tras el último poema, la vida sigue y la relación puede continuar. Pasa a ocupar otra etapa: más madura tal vez, con menos oscilaciones sentimentales. Un último poema no da el carpetazo a todos los demás. Cada uno de ellos tuvo su intención, su glorificación puntual, su descarga emocional y pasa a ser algo extempóreo abandonando el momento sentimental que lo produjo para pasar a pertenecer al dominio del amor etéreo, porque amar a alguien por algo en un momento dado es sacralizar ese algo para siempre aunque se desvanezca su acreedor.
Tras el último poema, la poesía sigue aunque los pretextos personales para poetizarla decrezcan. Es imposible dedicar las mismas palabras a distintas personas. Cada alma tiene una onda vibracional diferente y cada deseo pasional recorre la piel ajena a un ritmo distinto.