Accion social y vida espiritual
Lo que sorprende de la vida espiritual es que sigue pautas de despreocupación de lo mundano incluida la miseria y la desgracia anexas cuando alcanza una fuga mundi y un desinterés absoluto por los semejantes. No es tan extraño. En defensa de las cofradías, hermandades, grupos autos encerrados en si mismos y en sus oraciones, hay que decir que transportan una experiencia de siglos sobre sus espaldas y conciencias. Tienen una tradición hecha y unas normas de comportamiento establecidas. Las conclusiones de éstas vienen de lejos y de otros, los nuevos adeptos no tienen que elaborar su propia experiencia personal les basta aceptar la que otros ya trabajaron y destilaron. La vida espiritual es lo que más aproxima al misticismo proporcionando la opción de librarse de las tragedias existenciales. En esta tesitura la tragedia deja de ser una materia de trato en tanto que pertenece a un campo con el que no se tiene contacto aunque se pueda tener noticia. Es altamente elogiosa la tesis de asociar la elección espiritual con la elección de la acción social pero son parámetros un tanto dislocados que no pertenecen al mismo universo sensitivo ni conceptual. Se trata de registros divergentes. La vía espiritual es ya una vía para la trascendencia de lo material, de sus leyes físicas y de sus códigos morales, de sus emergencias supervivenciales, de sus débitos para con la especie. Suele cambiar el concepto del otro concreto, también el significado de la especie humana, por otro conceptual, deificado y adorado que le libra de los tratos mundanos y del tú a tú. Ésta tal elegibilidad no está mal del todo para quien de su fuga mundana hace un parapeto que le salve de todo aquello de lo que procede. En su disociación de sus orígenes y de sus hermanos de clase y de casuística el monje trascendido puede pasar de todo lo que signifique la perpetuación de un vínculo con la realidad.
La vida espiritual sugiere una salida trasmundana: la búsqueda de un postmundo aunque se siga en vida corpórea en este. Para el ser elevado o espirita el mundo es algo que queda fuera de los muros de su lugar de retiro, de su claustro. Si el ha conseguido escapar de las mezquindades existenciales otros que las siguen sufriendo bien pudieran hacer otro tanto siguiendo su ejemplo. Ejemplo que ha sido históricamente minoritario y que sigue siéndolo. La propuesta del aislamiento de lo mundano es para filósofos, eremitas, místicos y tipos raros en general. Su conducta no es seguible. La mayoría siguen prefiriendo los placeres de la carne y las gulas de la imaginación. Hay que distinguir entre el religioso profesional, ocupante de un podio, un palco y ceremonioso de un altar, del místico de auto retiro que se apunta a tal o cual orden religiosa porque la facilita la escapada dentro de unas condiciones dignas mínimas de supervivencia. El uno es un proselitista y un colonizador de mentes con sus ideas y credos a propagar, el otro no es más que un transhumano muy desmarcado de su condición biológica. A priori no se puede santificar ningún lugar y aún menos ningún hombre. Todos arrastran sus engaños y estrategias para creerse que son lo que no son. Pero sí se puede reconocer hechos legendarios de santones y gurús así como de visionarios y profetas además de una pequeña multitud de sabios que prefirieron el retiro a explicar sus enseñanzas, la meditación a dar clases, el silencio a los debates, el alejamiento a las verborreas humanas. En algunos de esos lugares más recónditos y aislados la tragedia humana también se puede reproducir. Umberto Eco nos lo recordó con su thriller adaptado a un convento de supuestos piadosos de los que no estuvo exento el crimen. No en vano ahí donde hay presencia humana hay reproducción de sus esquemas de dominio, de sus trampas y traiciones, de sus rivalidades. En el lugar donde menos debería suceder eso es en los espacios ocupados en la trascendencia por encima de la presencia, pero lo cierto es que no hay institución religiosa, por muy sagrada que se crea, que haya superado un esquema interno de liderazgos y seguidismos, direcciones y obediencias, poderes fácticos y juicios culpatorios. En realidad desde la perspectiva del ser individual que se autointrospecciona y trabaja para entender su lugar en el cosmos, lo que menos necesita es de un arropamiento organizativo para avanzar en su propósito pero las tradiciones tanto oriental como occidental pasan por este fenómeno, ya que el espacio grupal del monje o el religioso es algo más que un sitio meditacional, para ser también un lugar de protección y de vida. Para esta clase de místicos, ahí donde los haya si sigue habiéndolos, el mundo se convierte en una abstracción. El mundo de los demás es un parámetro caduco. Sus hermanos de especie es un referente que queda atrás en la escala evolutiva. Preocuparse por ello tiene algo de antagónico con la experiencia trascendental. Trascender no se limita al hecho de lo que le suceda al alma transcorpórea sino que empieza por la circunstancia de superar la necesidad del otro en sus escenarios ordinarios. Un ser trascendido es, sería, quien no necesita del mundo para seguir pensando y viviendo en él, aunque ese vivir sea colateral y al margen de muchas de las cosas que le suceden. En este sentido, la acción social para el espírita es poco menos que perder el tiempo. Su modo de contribuir a ella ha sido renunciando al mundo con sus avatares, Si ya dio el paso de retirarse otros pueden emularlo y seguir su propio camino para retirarse con sus propias pautas.
La vida social esta llena de trampas (o pecados en el argot religioso). Intervenir en ella con la vana ilusión de un cambio global para todos puede demorar el proceso individual evolutivo de quien prioriza los demás en sus materialidades a sí mismo en su espiritualidad. La vía espiritual a fin de cuentas permite mejorar el propio egoísmo dignificándolo sin necesidad de crear disculpas por no entrometerse en las vidas ajenas.
Otro asunto son los profesionales de las distintas religiones dedicados a la prédica de valores morales y a la distribución litúrgica de mensajes. Una extensa nómina de sacerdotes aportan el sosiego necesario a los funerales, marcan a agua con bendiciones y bautismos a parroquianos y dan las pautas de cómo debe vivirse la vida. Viven por y para la comunidad y de paso viven de ella. Construyen templos con sus donaciones o sus fuerzas de trabajo (como la de los faquines en la edad media según retrata Ildefonso Falcone), tienen lanzaderas para las prédicas y la difusión de los credos y, por si fuera, poco justifican el estado de cosas en la tierra, incluyendo la explotación de los hombres entre sí y sus guerras, a cambio de las ganancias del cielo. Las religiones instituciones siempre estuvieron a favor del estatu quo defendido por los estados. Constantino no se convirtió al cristianismo, utilizó al cristianismo como religión de estado para consolidar el imperio. Juliano podía haber ayudado a la historia de Roma y de Europa volviendo a la época del politeísmo mucho más expansiva y creativa de ideas que dejaba mayor libertad imaginaria y de pensamiento al ser humano.
El mismo hecho de la vida espiritual no cuadra exactamente con la de la vida religiosa. Ser religioso es una profesión como otras muchas. El religioso es el encargado de convencer y ganar feligresía. Podría estar perfectamente colegiado en el mismo gremio de los agentes comerciales. Por su parte la vida espiritual no obliga al ser espiritualizado a convencer a nadie. No vive de ser persuasivo o de montar su templo desde el que irradiar luces a los demás, le basta con estar convencido de lo que sabe y vivir de acuerdo con ello.
En el supuesto de una vida espiritual integral, una vida de retiro, meditación, la intervención social se hace poco menos que contraria a esa elección existencial. La imagen clásica del yogui es la del tipo en posición de loto dedicado permanentemente a la concentración por no hacer ni siquiera trata de procurar sus alimentos. Su vida física se mantiene de un tenue hilo. Las pocas calorías que consume son aportadas por una ingesta permitida por las donaciones espontáneas que recibe. Su contribución a lo social es nula salvo que con su gesto hace que lo social depare en su actitud y reverencie su santidad. La no participación en las cuestiones mundanas pasa a ser una forma de participación al relativizarlas en su supuesto gran valor. Muchas de las cosas presentes en el mundo y por las que la gente se mata y pelea son totalmente prescindibles. Eso no significa que haya que tolerarlas pero tampoco lo contrario: vivir en permanente intolerancia combativa en su contra. A cada cual le toca su parte del combate. Es completamente distinta la de los más implicados en las miserias que la de quienes han tomado distancia de ellas separándose de la rueda codiciosa de la vida.
El movimiento de la teología de la liberación en un continente y la elección del obrerismo de curas en otro han demostrado formas de participación social que tuvieron impacto en acciones reales, rebeldías concretas, asociacionismos más estables y protestas reivindicativas. Eso cumplió su función aunque los movimientos de defensa ética o defensa de clase explotada inducidos desde afuera siempre arrastran el déficit auto organizativo. En la actualidad la sensibilidad de los avatares sociales desde posiciones religiosas se enfrentan a un dilema prioritario. De una parte la ética pide una conducta que la civilización impide, de otro la evolución espiritual a estadios de conciencia superior piden no entretenerse en juegos de peleas y en circuitos cerrados de luchas por cubrir necesidades materiales.
Todo eso sucede en un tiempo en que la perspectiva para el 2050 es el de un incremento de un 30% de la población mundial, alcanzando los casi 10mil millones de personas, que las enfermedades reemergentes se están convirtiendo en un nuevo problema, en el que las hambrunas no estarán resueltas, en que el código del gen egoísta aplastará a cualquier otro y en que la conciencia histórica acumulada no servirá de mucho para que el ser humano evolucione de una vez. La acción social, siendo necesaria para cambiar estados y levantar economías, y dignificar la vida, no significa otra cosa que la participación empantanada en lo concreto sin perder de vista los grandes temas: el de la trascendencia y la línea historia-involutiva que esta siguiendo la humanidad entera. Hay más probabilidades en creer en la hipótesis de grandes catástrofes en las que el planeta saldrá vencedor en una contienda en la que la humanidad es responsable de sus males que no en una sociedad ideal de hacinados, victimas de sus postulados anti ecologistas.
La disertación sobre acción social, solidaridad, cooperación, movimiento militante y en definitiva revolución de las estructuras es deficitaria y engañosa si no se plantea eso otro: la contradicción entre una elección de vida por la excelencia personal y el misticismo y la dedicación de mucha energía a la educación permanente de los demás y la convocatoria permanente generalmente poco seguida a la lucha de masas.
El peligro de esta reflexión es que puede dar una coartada excelente a todo pasota de lo que le sucede al género humano en lugar de ponerse del lado de la cualificación personal. En última instancia no formar parte del problema es ayudar aunque sea mínimamente a resolverlo.
La vida espiritual exige una conducta ética pero sobre todo una conducta no relacional con todas aquellas otras que forman parte de los consumos que consolidan un sistema social con el que no se está de acuerdo. El religioso que se ampara con la tesis de la acción social pero siempre vuelve a sus cuarteles forrados de despensas y de paredes bien protegidas no es creíble. Su análisis puede revelar que necesita una gran dosis de exculpación y que encuentra una vía de mea culpa por el lado de la militancia o de su sucedáneo (dar conferencias y escribir artículos). Puesto que todos o muchos de los roles contributivos para un mundo mejor son necesarios no es cuestión de decirle a nadie lo que tiene que hacer. Que haga lo que mejor le parezca pero que no se engañe al respecto de los parámetros en los que nos estamos moviendo. Si bien la elección de ser consecuente ético de cada cual pasa por exteriorizar lo que se ha interiorizado a menudo lo que se es choca frontalmente con lo que hay y eso condiciona a tácticas y componendas de adaptación. No puede caber ninguna duda entre qué escoger, si la hipocresía o la crítica. La primera siempre deja equívocos flotantes, la segunda suele romper alianzas apenas iniciadas. El difícil recibo de la crítica tiene que ver con la sensación de desamparo que desencadena. De esto hablo en Crítica y Desamparo. Es difícil ejercer el rol de practicarla con la necesidad de tener aliados, segurizantes, secretarios, apoyos o adeptos. La lucha como siempre no está tanto en las barricadas, o en las calles, como en el interior de cada cual. En aquellas se escenifican grandes acontecimientos pero es en el plano mental y en el cuerpo sentimental donde se producen las revoluciones.