En el incineratorio

En el incineratorio:  única cita posible. 

Sí hay un lugar de reencuentro y fusión: el del incineratorio. Allí tus cenizas y las mías conformarán la odisea del espacio; se juntarán, con las de tantas otros locos desatados,  a los vientos y pasarán por los pulmones. No hará falta ningún juicio final, bastarán unos cuantos mamarrachos, a modo de coro inquisitorial, prendiendo la pira que nos inmole. Es irrelevante que los cuerpos estén vivos o muertos: el dolor es un dato secundario. Los mártires lo soslayaban. En el Campo de Fiore podremos preguntar a las piedras presentes  que nos aconsejen como lo soportó el exdominico Giordano Bruno. Era el tiempo en que la fe no movía montañas pero sí la peor de las furias para acabar con los disidentes del género humano y del aristotelismo en boga. Te prefiero como cómplice de llamas que como verduga pagada con los impuestos municipales para asesinar a inocentes. Una poeta de los ángeles no se puede permitir bajar de categoría por mucho dinero de arcas que haya pretendiendo comprarla. Mientras el fuego de la purificación empezara a calentarnos, mi lengua mojada de pasión simbólica recorrería tu ranura anal: camino del jardín de Epicuro. Eso nos haría más placentera nuestra última escena de viajeros por el territorio de los humanos. Entre tanto la chusma pueblerina convertiría nuestra imagen negruzca en motivo de jolgorio y de bailoteo de fiesta mayor. La tragedia ajena siempre ha sido motivo de espectáculo.

Mientras lo que quedara de nuestros seres regresara al infierno; tú, colgada  de mi brazo, tendrías un puesto de honor con las llamas más limpias y el brebaje de sulfúrico de la mejor cosecha. En esa tesitura, a falta de cuerpo matérico y de órganos con los que eyacular y hacer otras marranadas pictóricas del Bosco, recordaríamos todo aquello que la memoria nos permitiera recordar, entre otras cosas, esas suculentas pero insubstantivas gramáticas del desliz neuronal.

No somos personal de trasiegos o transportes sobre carros que andan por los surcos de las geografías, sólo somos viajeros con alpargatas evolucionados desde las chusmas insanas para creernos distintos; tú inventando tus delirios de grandeza, emisaria de lo etéreo, mirándole directamente a los ojos de tu dios de bolsillo; yo, riéndome de ellos a la vez que de mis sueños, repasando mis centros puestos al descubierto por mi mismo, amante de preguntas más que devoto de respuestas y, finalmente, propenso a líos más que simplificador de frases cortas, me dejo enredar por mi voluptuosidad ambiciosa del texto sutil y enredar por toda ninfa de paso aunque llegue sin promesa de penetrabilidad corporal. Sea como fuere el goce está asegurado. Hablar desde la plaza de los imposibles es una manera de hincar el pico en la veta de los posibles. A fuerza de merodear incomprensiones se consigue comprender algo aunque el agujero obsidiano que ocupa el lugar de la mente con la que tratas de rascar algo de cordura no sepa lo que diga y trate de hacerse la genial generando incoherencias bocajarro.

 No hay más cita posible con el loco que en el lugar de dejar de serlo, es decir en el momento de fenecer a falta de alternativa de cura segura. Sin locos no habría habido una humanidad suficientemente solida para superar todos sus límites. Claro que en el registro de la locura los hay de todos tipos: desde los románticos de la utopía a los más tarados que no saben lo que dicen ni tienen el menor sentido del respeto en su trato con los demás. He tenido la gran suerte de dar con un espécimen absolutamente cruel en sus formas, despiadado con otro hijo del género humano por el solo hecho de no aceptar ser su hermano. Me ha valido para poner a prueba mi piel de duro cemento ante los dardos de sus acentazos tirando a matar. No he tratado de ser amigo de alguien que no proporciona la mínima confianza para la correspondencia. No deseo estar en la lista de alguien que te bombardea con llamadas de teléfono o de msn para robarte preciosos tiempos personales que llena con chácharas desilustradas y nada instructivas. Prefiero 5 minutos de contacto substanciosos con intercambio real de conocimiento que 50mil que no lleven a ninguna clase de conocimiento. He incumplido mi preferencia puesto que estoy presentando un diálogo codelirante de  unas 50mil palabras. Su lectura pide la atención a un triple nivel: primero, estando al corriente de cuántas cosas se están tratando a la vez; lo segundo, en torno a qué obsesión u obsesiones giran los temas y el tercero, el despliegue del arsenal insultante o de descalificación a manos de quien y por qué si hay una explicación de esos por qué.

Lo más interesante de hablar con alguien que no tiene el menor reparo en utilizar sus descalificativos es que hace de medidor indirecto de la incomodidad que pueda producir o por el contrario de la comodidad estable se diga lo que se diga y se reciban las irrespetuosidades que sean. El loco no tiene la menor inconveniencia  en tratar a los demás de tarados sin darse cuenta de sus taras propias. Puede llegar a ser más memorístico y preciso que el no-loco y llamar a un cierto tipo de orden en el que una informalidad generalizada, por no decir una desidia común, no contempla.

Admitida a trámite personal la conversación con una portadora de la  más pura ilógica hay una parte de ella que consuela de los rigores de la razón estricta. Resulta  que hablar sin tener que hacerlo bien tiene algo de relajación o distensión, algo de rebeldía y levantamiento contra lo correcto como principio estructural. La invitación a la locura, aunque sea para compartirla durante una decena de horas o poco más, es una invitación a escaparse del tedio de lo ordinario. Las formas espontáneas que adquiere ese ejercicio de semántica libre es que puede añadir a la falta de referentes estables otro cumulo de signos de las arenas pantanosas. El balance final es que el juego semiconsciente en el que se mete el desquiciado para hacer girar en torno al mismo a los que se ocupen de su tesitura, sea por amistad o por interés profesional, se le puede volver en contra al chocar con actitudes teatrales o literarias que admiten la locura como discurso oral y como pasatiempo. Otro punto es si el loco desatado (no de sus cuerdas sino de sus inhibiciones para decir lo que se le antoje) va a tener la habilidad para medir la impronta del decir que provoca y sepa recoger las contribuciones de estilo, de ideas y de criterios que se le vayan presentando. Lo habitual es que se parapete en sus obsesiones y todo lo que las objete lo prohíba o lo descalifique.

En Delirium con Uve, título genérico para un libro hecho con conversaciones de chat, una mujer aquejada de paranoia suave me confundió con otro o tal vez con uno de sus ángeles inspiradores. Durante semanas no hubo forma humana de hacerle entender su sesgo. Por si fuera poco esta mujer formaba parte de mi campo de relaciones culturales sin que yo supiera que se trataba de ella ni ella supiera que yo había estado con ella en un mismo campo de coincidencias. Cuando averigüé tal circunstancia ya era demasiado tarde para explicar que nos conocíamos en el campo presencial. Además, ¿qué significa conocerse?  ¿Haberse visto un par de veces, haber compartido un par de frases orales o una mesa de comedor? Si bien era cierto que ya en las coordenadas de lo presencial no había considerado la hipótesis de que fuera una interlocutora válida para conversaciones interesantes, encontrarla en el campo de lo virtual permitía contemplarla con otra mirada. En su anonimato se antojaba como una productora de tacos y palabrería barriobajera, lo cual nunca viene mal del todo para poner a prueba la propia sensibilidad frente al ataque sea de la naturaleza que sea.

La jocosidad de los textos no solo en el chat sino  sobre todo en un intercambio de cartas  (Discurso Surrealista) no sacaron a la destinataria de su oscuro pozo pero sí me metieron a mí en su lita de malos. Se interrumpió todo contacto escrito (el presencial jamás se inició realmente, nunca hubo una sola cita expresa) tan pronto dejamos de coincidir en el territorio de Mesinia, el msn, y ella dejo de contestar a mi última respuesta a una carta suya transdigitalizada y olvidada.

La única cita posible para la fusión seria la del incineratorio. La cual es la de la máxima intimidad aunque no proporcione conciencia alguna de su posible goce. Para eso tampoco es necesario ponerse de acuerdo en morir el mismo día y ser llevados a la misma parrilla de fuegos metidos en la misma caja de cartón, basta recordar  que el planeta humano corre deprisa hacia la pira universal.

 

 

Comentarios

Aún no hay comentarios.

Albergado en:blogdiario.com

Noticias: Noticias

Un servicio de HispaVista

Contador gratis contadorplus.com