La soberbia de lo inútil
La sorberbia de lo inútil.
Cuánto más estudio, observo y vivo más sé las dificultades del saber y la alianza resistente a su progreso. En los ámbitos anónimos donde no se conoce la identidad ni la cara de los participantes es donde más se demuestra una cruzada tácita en contra de lo que destaca y en contra de quien tiene algo útil para decir. En vez de aprovecharse de las lecciones de quienes pueda darlas se les ataca calificándolas de inaccesibles, difíciles o inadecuadas. Es conocido el fracaso de las mismas escuelas (no confundir con el fracaso escolar) con el porcentaje mínimo pero real de sus superdotados que se aburren con sus programas de estudio y se auto marginan o son excluidos sufriendo por ello. La tesitura de quien tiene un saber acumulado es dura por lo que hace a los conflictos de acoplamiento con los demás cercanos y con la época que les ha tocado vivir. No es extraño que puestos a nacer en un mundo como este algunos prefieran ser tontos, creyentes y conformistas para no tener que vivir en la encrucijada del conflicto permanente con sus congéneres. Creyentes porque al tener un dios salvador y un cielo al que ir todos los avatares de la vida material y terrestre pasan a un segundo plano disculpándolos, tontos porque a falta de inteligencia la conciencia queda muy tocada y de esta manera uno no se entera de las verdades ni tiene necesidad de descubrirlas y conformistas porque al estar de acuerdo con todo lo que impera tal como impera y esta (des)ordenado ya le va bien aceptando lo que otros y la tradición y el poder les han organizado sin tener que entran en colisión ni disonancia con nadie ni por nada de tal manera que todo se vive en la beatitud y el acriticismo.
Cuanto más sé, mas sé -permítase la redundancia- que hay más gente que no quiere saber nada. Quien trata de explicar una cosa tiene que contar que su auditor/rio puede no interesarle. Esto no es grave, siempre ha sucedido. Lo grave es que quien no está interesado en aprender se parapeta en su ignorancia como si fuera lo mejor de lo que le pudiera suceder. Hay un orgullo de la superficialidad, una soberbia de la inutilidad. Incluso hay un dato revelador de ese fenómeno que lo hace más grave: el de una leve estimulación por el aprendizaje y su inmediata frustración por el esfuerzo desencadenado que representa, Sé de gente que afirma a modo de disculpa que es inculta y que quiere aprender, como una especie de tic justifiatorio pero que en vez de ser consecuente con esta declaración trata de imponer su decisión, sin argumento alguno, sobre el tema que sea y sin fundamento. ¿No acabas de decir que no sabes? pues calla y escucha. El problema del que no sabe no es que no sepa (nadie nace sabiendo, aunque también he oído afirmaciones demenciales del tipo de que los pensantes son los que nacen predestinados para serlo) sino que no quiera aprender. Desgraciadamente para los pensantes, les toca reconocer que una parte no menospreciable de las gentes conocidos, de sus paisanos, de sus convecinos, de sus colegas incluso ya tiene suficiente con las cuatro cosas que saben para manejarse en la vida corriente y declaran no querer saber nada más. El origen de la incultura es el desconocimiento deliberado. También sociológicamente se ha venido interpretando que la incultura es el resultado de un plan articulado por los estados y poderes interesados en sojuzgar a los pueblos vertebrados en torno a supersticiones y mentalidades pre-científicas. Para quien sabe algo y por casualidad acaba reuniéndose con gente que se constituye en club para intercambiar no ocurrencias, si no chorradas, va a sufrir los ataques en masa de los otros. Será un pedante, un exhibicionista por ostentar lo que conoce, un repelente por corregir los errores ajenos. Tampoco hay que ser tan listo para descubrir a alguien que lo es. El que no lo es se siente vulnerable e inseguro ante quien lo es. Aquel se pone a salvo de este llevando conversaciones al terreno de la estupidez hacienda de la falta de intelectualidad la elección supervivencial dominante. Detrás de un tonto social no hay un policía del pensamiento exigiéndole que lo sea, el propio tonto se basta y se sobra para mantenerse en su armario oscuro sin querer saber nada de la luz de los conceptos. Su soberbia lo condena al ostracismo pero puesto que una mayoría ha optado por los que son raros somos los otros, los que nos preguntamos los por qué de las cosas, los que analizamos situaciones, lo que optamos por la elaboración continua, los que escribimos, los que decimos no a las situaciones injustas. La lluvia de elementos de discurso lesivo no cesa para quien piensa por sí mismo y emite luz propia. No vale la pena entrar en polémica por este tipo de calificativos lesivos. Aunque no dejen de ser un pretexto para la propia puesta en escena de afirmaciones radicales contra esa otra realidad inerte de no querer saber nada. Lo confieso, topar con un tonto acomodaticio que se las da de apólogo de su imbecilidad y que va de soberbio a la postre de tarde en tarde es un buen pretexto para practicar la catharsis de la furia contra esa clase de psique tiene demorada la historia humana en pretensiones no resueltas de la más lejana de las antigüedades conocidas. La dialéctica entre el saber y el no saber pasa por largas zonas de silencio y por su parte el más tonto puede reproducir frases hechas y conceptos que utilice sin saber realmente lo que está manejando. Esa dialéctica verbal no deja de ser un juego entre paréntesis para tomarle el pulso a la capacidad mental circulante y de paso divertirse un rato a costa de esos orgullosos de sus vacios teóricos. Eso puede ser entendido como una crueldad pero tácticamente ridiculizar a alguien porque no sabe lo que por biografía e historia le toca ya saber es un poderoso acicate para que se plantee la vida más seriamente. El sentido del ridículo o de la vergüenza del ignorante es un facto psicológico importante para que el susodicho se replantee si seguir siéndolo o por el contrario tratará de dotar de contenidos de utilidad a su vida. Por de pronto su reacción automatizada será la de acudir a esos insultos contra el que sabe pretendiendo que la mayoría de los que no saben por una elemental aritmética democrática tienen que mandar sobre los que saben. Los tontos que acuden a ellos (a esos descalificativos) es porque escapan de un tema planteado para evidenciarse menos de lo poco enterados que están. Por lo general quien expresa juicios rápidos y pronto-reactivos de autodefensa y a bocajarro sin dar respiro al otro suele embutir superficialidades para ocultar lo poco que sabe de otros temas que sí sean de interés.
Para un hablante enamorado del arte de la conversación se puede pasar más tiempo buscando un interlocutor válido para tenerlo que en la conversación misma, a no ser de que lo tenga asegurado para siguientes veces. Huyo de la verborragia y la pedantería como el que más pero no del preciosismo de quien enseña y tiene facultades para enseñar. Huyo mucho mas de los desiertos mentales de individuos que simulan ser pensantes y basta que digan tres frases continuadas para incurrir en una docena de errores y descartarlos no ya como interlocutores válidos para un debate sino ni siquiera como compañeros conversacionales divertidos .
Del discurso hueco y de heroicas de gubernamentales se huye como de la quema, pero de las bla-blas ciudadanas comparativamente menos documentadas, se cruza a nado el océano mas extenso con tal de no aguantarlas. El problema es que cuando se desea pinar determinadas opiniones espontáneas en salones de chat, incluidos los de pomposos títulos como filosofía o escritores es inevitable la decepción. Todavía no he encontrado un chat, aunque la verdad es que no me he dedicado a extender mi investigación a otros países y lenguas fuera del castellano, que se ajuste al marco temático que anuncia. Hacer zapping entre las distintas ofertas de chats que existen proporciona una muestra heterogénea gratis que permite visión rápida y contundente del predominio de la tontería en todos ellos lo que no quita que haya excepciones de personas brillantes por las que merezca la pena discurrir ratos estériles entre muchas más que no lo son ni lo serán nunca.
Xavier Roig teorizó el crucial concepto -para entender los males de nuestro tiempo- de la dictadura de la incompetencia. Esa noción se pude extender a la del dictum de los que no quieren aprender., ni superarse, ni mejorar, ni evolucionar. Es así que la historia de los humanos tiene que cargar con un considerable lastre de los hermanos inmaduros que ostentan su fuerza para no hacer, no pensar, no discurrir, no aprender, no vivir.