El hombre deslibidinizado

 

Los testículos dan testimonio del varón y es el  primer objeto señalado para identificar el sexo del recién nacido.A partir de hacerlo queda significado,marcado para siempre, como sujeto fálico. deberá ser emprendedor, valiente, seductor, conquistador  y penetrante. Tanto como individuo social que deberá ganar su espacio de fuerza en un mundo de rivales como en el sentido particular de amante  que se colocará encima de un cierto número de mujeres o que se las tirará[1] . Esa prefiguración  mental y de personalidad para la acción que le acompañará de por vida,presenta ya desde el principio, un actor de ansiedad, que si bien puede ser atenuado o disimulado,reaparecerá cuando el hombre se reconozca vulnerable en su  fisiología y prefiera desbancarse en su actitud  permanentemente lanzada. Es entonces cuando el fantasma de la no-potencialidad sexual le aparecerá y lo atribuirá a cuestiones de edad o de fuerza, cuando el fondo de la cuestión  estuvo siempre presente pero jamás reconocido. El verdadero fantasma es la potencia incuestionada, las erectibilidad permanente, el deseo intacto y la lucha continua por la posesión física del cuerpo amado. El fantasma de luna gran mentira es la que ha estado estructurando el rol masculino en torno a su falicidad intachable, su  fuerza superior y su temple para el sexo[2] . Lo que no impide que en  períodos biológicos de máxima energía corporal, tales como la adolescencia, algunos fracasos sexuales en primeros tanteos de conquista,constituyan verdaderos episodios de incompetencia erótica puntual[3] . Si la potencia  sexual es un mito unido a diversas culturas y transversal de todos los tiempos, el diagnóstico de impotencia sexual masculina, corre el riesgo de crear un significante  de negación de consecuencias lesivas superiores al  hecho de una indisponibilidad erótica. Por eso para cada caso particular de pérdida de excitación e incapacidad eréctil, es preciso explorar antes que nada si esa es una inhibición reactiva para toda clase de situaciones o es una inhibición selectiva para un tipo de relaciones[4] .Para el primer grupo, cabe hablar de impotencia discriminada y para el segundo  de impotencia indiscriminada. La una no es una verdadera potencia sino la traducción fisiológica de una inapetencia  anticipadamente a una valoración honesta de intereses. Es un caso de decisión corporal anticipado a una verdadera decisión mental.Cuando esta se produce aquella queda liberada de tensiones y complejos. Para el segundo tipo[5]  toca explorar si se trata de una transitoriedad por saturación sexual[6]  o por otros actores problemáticos en el panorama psicológico.El reconocimiento de la no respuesta fisiológica -a pesar de su colisión con la voluntad de que sea la contraria-es fundamental para reconstruir el yo herido por no estar a la altura habitual o lo que se espera de él, y reservarse para otras ocasiones u otra etapa. Sintéticamente el cuerpo dice basta con una impotencia severa y pide una tregua en su rol machista.Basta concederle esta demanda para que la fisiología del eros vuelva a funcionar adecuadamente tan pronto se reequilibre el verdadero deseo con los juegos sexuales. La pérdida de virilidad se ha querido igualar a la perdida de función o de lugar en la vida, y tal concepto ha sido altamente castrante, o el verdadero agente castrador. Mientras que la no-sexualidad  no significa la pérdida del lugar en el mundo y la importancia de la función vital, intelectual que viste al Ser. La vida es algo demasiado universario y complejo para reducirla a una de sus actividades-la sexual-y comprometarla a un indicador de cantidades -la frecuencia de actos sexuales-. Junto a otros registros de otras actividades, ésta tiende a sufrir una reducción, tanto porque las condiciones subjetivas se enfrentan a un deterioro y/o un desinterés,como al hecho de que una invariabilidad en las condiciones objetivas se concretan en una reducción notoria de los parámetros estimulares. Para el acto sexual no solo basta el deseo propio. Es necesario también  que el objeto de deseo en el real sea tal. Ningún encuentro de dos en  la horizontal erótica se puede levantar sobre  la especulación fantástica de figuras citadas mentalmente.Eso puede servir como recurso de  provisionalidad.A la larga es el atractivo real el que cuenta y si tal no está presente,no hay convocatoria de imágenes que pueda levantar un pene flácida ante la figura inicialmente buscada,pero finalmente rechazada. La deslidibinización del  hombre deseante -pero descubierto incompetente en lo sexual por su deseo virtual estrellado  contra la realidad de un cuerpo ajeno inaceptado- no es igual a una extinción absoluta de la libido,que seguirá operando en su función psicomotora para el resto de su vida.su equivalencia hay que buscarla en una resituación biológica de esta libido y en una demanda de otros intereses.

Este discurso, en la voz del hombre con el pene caído sin haber realizado  la unión coital,ante la mujer expectante que no entiende el suceso,va a sonar a escudo o excusa teórica. La evidencia física  podrá ser más injuriante e inaceptable que cualquier argumentación. Ni siquiera la mujer comprensiva por haber pasado por tal experiencia con otros, significa que esté a la altura del acontecimiento o entienda realmente lo que hay detrás del evento.El cual es una comparecencia contradictoria del físico desnudo con la ausencia de falo. Hablarlo en ese momento puede ser útil aunque va a significar un cambio de registro intelectual y un alejamiento de las condiciones eróticas para hacer el amor. No hablarlo,puede agravar la cuestión[7] , corriendo el velo del tabú encima de la escena[8] . La deserectibilidad repentina o  el no incremento excitatorio suficiente que ponga a un hombre en condiciones sexuales óptimas, es algo que  puede suceder[9]  un día u otro, para lo cual,saberlo encajar tanto por parte de quien le  ocurre como de su partner  de placer, es fundamental para no crear secuelas desagradables posteriores.

 

 



[1] Las expresiones de “se la ha tirado” o “quiere tirársela” (también en su versión contraria de género)suena terriblemente mal y está asociada a un vocabulario irrespetuoso. No obstante el verbo tirar revela dos conductas muy presentes en las relaciones  sexuales: una, la de tirar el otro en una postura horizontal que permita la acción sexual de una manera cómoda;y dos, la de tirar (deshacerse)del otro una vez  terminado el impulso erótico. tirarse también significa abalanzarse.Y por añadidura cuando algo te tira significa que eres atraído por ello.  La vulgaridad del verbo aplicado al tema sexual no le quita ningún ápice de la verdad que contiene.

[2] En algunos medios el número de  conquistas sigue siendo un referente  para la potencia  lo que no significa que lo sea para el placer. Eso no quita que ciertamente si hay indicadores objetivos para medir la potencia sexual,éstos pasen por  contabilizar número de cópulas, tiempo de reposición entre la una y la siguiente, frecuencia o cadencia de encuentros sexuales y permanencia de la erección  penenana.

[3] Depende del tratamiento y acogida que  se haga de tales casos consultados, si  tales episodios que solo son fruto de contradicciones de ansiedad,se conviertan en determinantes de lesiones psicosomáticas severas que se arrastren bastante más allá del episodio en sí.

[4] Es conocido el fenómeno de  la excitación que alcanza el cliente de prostitutas que jamás´s logra en casa con la propia esposa. O también es rastreable el fenómeno de quien expresa máxima erótica con la amante mientras la tiene disminuida o anulada con la compañera. Eso último recogido por la cinematografía ha confundido los términos haciendo creer que toda esposa no tendida sexualmente tiene serios motivos para sospechar de la presencia de una amante que le quita la energía a su esposo. No se trata de que el mismo hombre no pueda estar a la altura de la demanda erótica de dos mujeres,sino que solo sintoniza con una demanda mientras que puede ser refractario a la otra.

[5] Lo que se ha convenido en llamar la verdadera impotencia masculina  que recorre todo el gradiente: desde  minirespuestas con erección débil a ningún flujo de sangre  extra hasta el pene.

[6] Un exceso de actividad  relacional o incluso un exceso de repeticiones invariables que no descarta extender la experimentabilidad a otros campos de orientación sexual,siempre de acuerdo con el reconocimiento de nuevos atractivos.La exploración de la homosexualidad no queda descartada.Kinsey,Alfred. (en los años 40 sXX)  estudió el continuum homo/heterosexualidad. Y estableció que 1/3 de las rcs.totales  son homosexuales.

[7] Lo mismo que la erectibilidad nunca es un fenómeno estático y tiene cierta variabilidad en función de la excitación acumulado.Todo pene tiene un umbral en el que se mueven sus dimensiones en estado eréctil,en virtud del mayor o menor deseo presente. Por otra parte no hay erección que resista el sentido del ridículo.Para el caso de violaciones, he recogido un dato significativo: la estrategia de desarmar al violador a partir de que la víctima se riera de las dimensiones de su pene,cuyo efecto inmediato fue su deshinchamiento.

[8] Lo más apropiado es dejar la conversación para otro momento y reciclar el actual  en que se ha manifestado  el acto de impotencia, para otra experiencia sensual,cariñosa y comunicativa.

[9] A diferencia de su compañera el decremento excitatorio o la imposibilidad amatoria es notable en él,. a diferencia de  la facilidad simuladora de ella del orgasmo, que aunque no sea el equivalente directo de la excitación,sí es el indicador de un momento de máxima potencia.La capacidad simuladora de la mujer es simplemente inigualable por el hombre.

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