Dialogo Codelirante

 

El dialogo por chat es distinto del telefónico, del oral directo presencial, y del postal. Es un dialogo que intercala temas en paralelo. Cuando hay preguntas hay que buscar las respuestas, si las hay, unas cuantas frases más abajo. En otros registros verbales también se producen escenarios multitemáticos. Ningún problema sobre ello si las cosas quedan finalmente atadas. Es raro que al final de una conversación un hablante responda a una pregunta que estaba al inicio y a la que inicialmente no le hizo el menor caso pero ¿por qué no? todo es posible en el mundo d las señales acústicas y de los signos. Se trata de prestar atención a cada detalle: advertir quien introduce cada cosa y quien trata de seguirla hasta el final o quien trata de abortarla desde el comienzo. La conversación por chat es distinta en su misma naturaleza a la oral pero ambas pretenden lo que pretende toda conversación: comunicar sentimientos, conceptos, cosas, informaciones, datos.

En el momento de la transcripción de una conversación por chat, valga la redundancia, deliberadamente opto por conservar la forma original de su línea de producción textual. La única licencia que puede permitirse es suprimir una cierta cantidad de veces de aparición del  nick o nombre que precede a cada entrada cuando estas se hallan sucesivamente cortadas perteneciendo a una misma frase u oración. Eso alivia el grueso del texto haciéndolo más fluido.

En las arenas del chat el fenómeno constatado es el de conversarnos. A falta de la posibilidad de contacto físico las palabras tratan de ser sensaciones táctiles i líquidas para hacer diana en los chacras amorosos o sensibles del otro. Cuando la conversación lógica no es posible porque la secuencia del razonamiento natural es distorsionada por la instancia paranoico-delirante cabe interpretar la invitación tácita a participar del juego verbal imaginario. El loco está en su derecho a expresar sus fueros o infiernos internos como mejor le plazca y al no-loco le es dado permitirse la locura coyuntural para jugar a un hablar sin normas. En el speech compartido de un decir permanentemente renovando en su quimera nunca se puede estar completamente seguro de quien dice qué y sobre todo para qué. Las líneas se van sucediendo las unas a las otras y las páginas van quedando como un diario de bitácora del inconsciente con el supuesto propósito metodológico de encontrar las claves que expliquen la disfunción del raciocinio. Si no se encuentran, no importa. Si se encuentran tampoco significa que el sujeto mentalmente desmontado desee utilizarlas para reparar su desequilibrio. El loco tiene derecho a su locura lo mismo que cualquier otro que necesite expresarse como sea lo que sea. Desde el lado del interlocutor atento a la gramática y las variaciones expresivas tiene ante sí dos opciones completamente distintas: negar la comunicación a quien se aparta de las pautas lógicas de intercambio de significados o hacerse cómplice de la misma dejando que el hablante disrrupto diga lo que sea porque con eso podrá observar sus lapsus, deslices, pausas, desconexiones y una suma de matices que informaran de su estado mental.

Dejad hablar al loco, que diga lo que sea, que crea cualquier cosa… Dejadlo con sus etcéteras, sus circularidades, sus obsesiones o sus paranoias. Lo que tenga de inteligencia le hará sospechar de su estado mental pero sus disfunciones contarán con  las coartadas con que provea sus delirios. Es así que el delirante podrá sentirse mensajero de los dioses o el sub-normal gozará con la etiqueta de considerarse para-normal. La cuestión es si el no- loco o la mente más normativizada puede entenderse en algo con la que se burla de las evidencias.  La mente distorsionada, más  o menos torturada con sus pensamientos confusos y sus desorientaciones, tiende a acostumbrarse a hacer girar el estatuto de normalidad en torno a ella. Se queda sin inventario de cosas a decir cuando la escucha la emula en su discurso dejándose llevar por la gramática espontanea jugando al juego codelirante. La diferencia entre el delirio real y el despliegue imaginario deliberado es que aquel va ligado a una persona que sufre porque no termina de saber quien es o encontrarse nunca, tampoco termina de identificar las señales que recibe ni interpretar a los demás con los que se encuentra. Por su parte el jugador de una gramática parda en la que quepa todo se permite jugar con la locura a costar de jugar con el loco. Aparentemente  parece n o ético. No jabría que burlarse del loco de ninguna manera, ni a sus espaldas ni a su cara, dejándolo en sus fijaciones, pero mejor reír con quien tenga tal estado que a costa de ello a sus espaldas.

Tradicionalmente el loco que venía arrasando cosas increíbles con ideaciones tan fantásticas como absurdas  se le tomaba por tal y se le dejaba de lado con sus verborragias faltas de todo interés. El loco culturizado y con las baterías cargadas de significados de la cultura ambiental puede tener una parte loca y otra parte totalmente bajo el dominio de su voluntad. Es así que  hay una enorme cantidad de sujetos que entran dentro del grupo de las enfermedades mentales sin que tal condición les impida hacer vida normal desde el punto de vista de adquirir compromisos relacionales o laborales mostrando una cierta eficacia profesional o peso sentimental.

Encontrarse con alguien con quien poder celebrar una fiesta de palabras aunque estas estén condenadas al fracaso comunicativo desde las primeras oraciones no tiene tanto un interés para la comunicación como para la gramática espontanea. Para el no loco encontrarse a alguien que se permite decir incoherencias que dispara como una ametralladora es encontrarse con una mina de palabrería distinta a la habitual que permite la retroacción de apearse de los criterios de la ortodoxia discursiva y saltar al ruedo de las animaladas.

Terapéuticamente discutirle de una manera frontal al delirante que sus delirios no son consistentes tiene poca eficacia curativa. Ponerse de su lado y admitir como certeza sensorial las afirmaciones de cosas imposibles aunque no haya valoración objetiva alguna que las demuestre, coloca la conversación en un lugar etéreo en el que cabe todo. Curiosamente cuando el loco averigua que el cuerdo no hace más que jugar a un juego que sabe que lo es puede sentirse indignado y ser el primero que llame al orden lingüístico. La mente disfuncionada puede ser la más fijista y con mayor capacidad de recordatorio para detalles que a la mente dialéctica y abierta se le pasan por alto.

Como ejercicio semántico cuando un consultante o un hablante del tipo que sea, en el contexto que sea, hace producción delirante, se le puede preguntar por los detalles de lo que dice escuchar o ver. Si la indagación se lleva hasta las últimas preguntas el delirante cortocircuitara su aparato sensorial con sus transcripciones. De todos modos lo principal de este asunto no es que el delirante ponga en duda la versatilidad de su delirio sino la necesidad de constituirlo en un tema prioritario en su vida en detrimento de otras adaptaciones y goces existenciales más fructíferos.

Cuando la suerte o la disuerte te pone alguien en tu paleta de colores con la que repintar la realidad de una forma tan descabellada   como la del loco con su invitación –implícita- a asistir a su delirio, dependiendo de tus posibilidades de tiempo y ganas de hacer breaks en tus ratos internáuticos se puede seguir un cierto tiempo compartiendo un campo de letras aunque puedas sospechar que no lleven a parte alguna.

He compartido conversaciones por chat con  intercomunicados de todas las raleas. Aprecio la facilidad de palabra y las frases originales. Según mis condiciones de alojamiento y necesidad de relax ser utilitarista de ratos locos proporciona la posibilidad de otras miradas a uno de los submundos más crípticos. El psicorama de patologías mentales es extenso y rico en variaciones. No hay un loco idéntico a otro como no hay una persona idéntica a otra. Tener a alguien con quien hablar de inconsistencias por el solo goce de pretender frases originales tan solo tiene una función instrumental.

Tratar de hacer de eso un proyecto de metodología autocurativa basada en un tándem de complicidad entre la cordura y la locura sería una pretensión demasiado exagerada. Es difícil que el sujeto de delirio quiera voluntariamente superar su ficción. De hacerlo se quedaría sin material de pretexto con el que continuar dándose a conocer al mundo de los demás. El loco lo es, en parte, porque se sabe beneficiario de su locura. La relación con su producción delirante no lleva ni puede llevar muy lejos. Antes o despues el loco se retirará del espacio en el que su monotema será desconsiderado no tanto porque sea negado directamente como porque se vera emplazado a repartir la atención recibida con otros monotemas de otros locos o no-locos que simulan la disertación intuicionista. Y es que finalmente hay locuras altamente narcisistas y locos que creen ser los únicos seres planetarios a los que atender.

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