La Carta Publicada

 

Hay un cierto pudor entre lo que se dice a alguien de una manera personalizada y ese algo que se ha dicho convertido en material de lectura para terceros. Se desea proteger lo privado de todo posible chismorreo y la inhibición de los detalles personales pero la verdad es que somos consumidores de grandes historias privadas. Con géneros como la novelística, la poesía o el teatro no se para de acceder a ellas-

El voyerismo no solo se da en adicciones a determinada prensa del corazón y telebasura, también es la condición propia del telespectador de las noticias del mundo y del ciudadano culto que suele frecuentar el teatro y el cine. ¿O acaso en estos templos del culto a la palabra y a la imagen no hay una cierta dosis de espionaje de lo que les sucede a vidas ajenas, históricas o actuales? El espectador tiene la coartada de lo cultural. Se desplaza por los sitios para aprender. En tal aprendizaje no evita el rol de la indagación de lo que dijeron y pensaron otros que nunca conocerá y que tal vez nunca quisieron ser mostrados como mercancía de información. También se aprende  a costa de la no-voluntad de quienes nos enseñan aunque sea a través de intermediarios que los han descubierto o desempolvado.  Hay personajes históricos de los que siempre se puede sacar madera. Ahora que escribo éstas líneas Stalin es representado por Flotats y aunque se trata de un personaje perfectamente ubicado en la historia y superado por ella –por mi parte, leído, estudiado y odiado en su momento-  deseo ir a verlo. Admito la contradicción entre la posición crítica a una figura o un legado y el deseo de seguir interesado en ella como subproducto de un pasado. Pero lo que llamamos cultura es esto: un continuo hurgamiento en cosas conocidas o semiconocidas, con nombres y autores de marca, con textos imperecederos que hablan de historias fascinantes. Los grandes textos basados en hechos reales fueron las lanzaderas al mundo entero de las intimidades de sus protagonistas que tal vez  -no lo sabemos siempre- no quisieron que fueran conocidas. Si hubiera prevalecido la protección de la intimidad la historia se habría quedado sin héroes ni leyendas, sin anécdotas para la mitificación y sin la `posibilidad de desvelar las verdades ocultas. Es así que lo personal es una denominación flaca que no suele conseguir su propósito de la privacía asegurada y tan pronto interesa a los domas la dentellada del público ávido de conocer datos no se hace esperar.

La carta personal junto al diario íntimo han sido siempre definiciones de privacidad. Todo el mundo sabe que leer correo ajeno dirigido a otra persona no está bien. Es una falta de formalidad severa abrir los sobres y espiar sus contenidos. Eso lo hacían determinados funcionarios tachando las líneas  dirigidas a sus prisioneros o enviadas por estos, también en correos metiendo espejitos de dentista por las ranuras para ver si había palabras malsonantes para la dictadura. También lo hacían los niños maleducados o los parientes cercanos ávidos de ejercer el control sobre la víctima por la vía de robarle información privada. Leer los diarios es otro tanto. La experiencia de que te roben el diario personal o que lo husmee alguien cercano o con suficiente confianza para que tenga accesibilidad a él es una experiencia muy, muy desagradable. La destrucción de diarios y cartas privados por motivos personalistas en manos de parejas resentidas o su robo es algo que sigue sucediendo.

Toda su categoría de privacidad no quita que formen parte de los archivos y documentos de consulta cuando su autor o su destinatario están vinculados a figuras importantes en los campos del saber, de la filosofía, del arte, de la política o en cualquier otro asunto destacado. Gracias a ese acceso se pueden conocer aspectos de sus autores que quedan insuficientemente expuestos a lo largo de sus obras públicas o pensadas para la publicación.

Si además resulta que el texto privado además de detalles irrelevantes contiene información privilegiada de lo que hace, piensa o proyecta quien lo escribe, se puede entender otras partes de sus proyecciones de tipo público.

La carta personal aunque vaya dirigida a una sola persona con un rol suficientemente establecido de confidencialidad utiliza un desenfreno y una espontaneidad que el texto de ensayo o el relato no se permiten tanto. En una carta se ve más las trazas de un autor que en un libro. Por otra parte aquella tiene siempre un receptor y como mínimo la seguridad de una lectura, (aunque también hay que decir que hay lecturas que no se atreven a llegar al final por miedo) mientras que este puede estar esperando años para la edición. Lo cierto es que cuando de un autor que sabemos algo y hemos leído parte de su obra, un editor se ocupa en publicar sus cartas que se han salvado de censuras familiares o de los allegados, no se suele tener problemas de conciencia para acceder a ellas y devorarlas. Lo mismo se puede decir de los diarios y de las  biografías. Mas bien el acercamiento a estos tres tipos de materiales se hacen con un interés respetuoso o correcto y con el deseo de saber. Ningún lector tiene la sensación de espiar a alguien, que posiblemente ya está muerto, por leerle su correspondencia privada o leer a sus críticos que hablan no solo de su obra sino también de su privacía. Sin embargo el lector de este tipo de libro no hace algo substancialmente distinto a lo que hace la mamá controladora de su hijo adolescente o al hermano cabrón que también se suma al espionaje. Hay una gran diferencia, el sujeto espiado en vida no desea serlo, los papeles privados de autores muertos forman parte de la llamada cultura a compartir.

Desde que escribo o me dedico a conjugar el verbo escribir de todas las formas posibles  vengo escribiendo cartas. Al principio fueron voluptuosas e intensas pensando en encontrar del otro lado la suficiente complicidad para escribir las suyas, compartir libros y seguir indagaciones. De los cientos de personas a las que he escrito o con las que me he escrito las menos se prestan al juego dialéctico de escribir y contestar y volver a escribir y volver a contestar. A pesar de todo he continuaod haciéndolo. Con una pequeña cantidad de ellas he tenido el privilegio de ir más allá de una primera ronda de sondeo recíproco. He atribuido esa ineptitud  o renuncia generalizada para la correspondencia a uno de los déficits comunicativos del ser humano. Prefiere otras formas de contacto, fundamentalmente la oral, la telefónica, o en otros tiempos la telegráfica y ahora modernamente el párrafo breve de email que a la carta que haga de híbrido entre el ensayo y el relato. Ni siquiera los más intelectuales son amantes del correo personal, prefieren el artículo sesudo y la trinchera de sus formas neutras y apersonales de expresión.  Todas esas razones no han impedido que siga practicando el correo privado en el cual me siento –lo confieso- gratamente confortable. Al ser distinto de escribir para un corrector lingüística ni para un periódico o un blog da una enorme cancha de libertad para introducir todos los giros que se te ocurran.

Llegado el momento de convertirlo en público, posiblemente solo el nombre de autor o el nombre implicado del destinatario si tienen alguna otra clase de resonancia pública pueden ser el motivo para el interés ajeno.

Lo correcto es pedir permiso al destinatario, sea cual sea el final de la relación que se haya tenido con el mismo, antes de pasar a publicar los textos que se escribieron pensando en él o ella, mucho más si un dossier de cartas incluye las de las dos partes. Pero el asunto no es tan grave cuando el correo personal tiene más de disertación que de anecdótica y que el b agaje de intimidades implican más las verdades del autor que las de la otra parte.

Históricamente ha habido autores que han alcanzado prestigio y notoriedad de vida que para no hacer daño personal a las personas con las que han tratado y con las que se han escrito han dejado pautas inequívocas de no publicar sus textos privados hasta un tiempo después de la muerte tanto de ellos como de aquellos a los que han puesto a parir. Es un detalle.

Un texto privado es como una especie de top secret que el tiempo se ocupa de desvestirlo en su maxi-importancia y lo mismo que los papeles de los estados  terminan por ser desclasificados y dados a la luz. A la larga todo sin excepción debería pasar por ello porque los siglos de las tinieblas se auto justifican por el temor a revelar los detalles y las privacidades y eso va en contra de la liberación de la sociedad de sus dolorosas tradiciones de las mascaradas.

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