Comunicación clausurada.

 

Antílogo.

 

Desde la posibilidad de los recursos comunicativos se pueden establecer  tres inmensos grupos de comunicación con los demás. Se  deducen así: de la inmensa mayoría que nos cruzamos en la vida (también en la autopistas, los aeropuertos, los aviones  y la carreteras donde no paramos ver gente lo mismo que en las grandes salas de espectáculos y en las calles más neurálgicas) solo hacemos tentativa de habla –o participamos de ella- con una insignificante minoría. De ésta, una inmensa mayoría de ella el contacto no pasa de unos intercambios de saludo o unos primeros sondeos. De la que queda, una minoría de una minoría pues,  se desarrolla una relación, en principio con apariencia de profundidad, se habla de distintos temas y se hacen unas cuantas confidencias. Todo anda sobre ruedas hasta que la incompatibilidad es manifiesta o un cierto temor a seguir avanzando aconseja no continuar. La extensión e intensidad comunicativa puede alcanzar un límite y de hecho lo alcanza cuando se comprueba la ausencia sintónica. Eso pasa de una manera tan continua que entra dentro de lo que se  califica como normal y por tanto no pasa de ahí en la reflexión y en la interpretación. Es perfectamente razonable que la mayoría de contactos humanos que tenemos y con los que nos vamos encontrando a lo largo de los años queden readecuados en función de la intensidad empática, de la necesidad concreta del otro para asuntos compartidos y de su aceptabilidad. Nadie puede asumir en su biografía todos los contactos que pasan por ella. Es materialmente imposible, por tanto parece lógico que vaya fluyendo gente, que vaya pasando y dejándola pasar, sin quererla retener. Un individuo social podría tener el símil de  la noria de un molino que necesita del agua que la hace funcionar pero que ese mismo funciona implica dejarla pasar con el río con la trae. El ejemplo plástico tampoco es tan bueno, puesto que un individuo no está permanentemente en contacto con los demás y toma sus precauciones para parar y no dejarse mover por la corriente o peso de los demás, pero sí nos sirve para precisar esta  Otro asunto es empezar relaciones con el adiós asegurado antes de desarrollarlas. Expuesto así parece que toda relación es instrumental puesto que su clausura está anunciada desde antes de ser establecida. Tal crueldad no lo es tanto al cambiar el término de relación por el de contacto. Si la premisa de que la mayoría de contactos humanos son efímeros y no tienen continuidad no es ninguna amonestación pensar que en la misma esencia de ellos está su finitud, No se espera que de cada comerciante, camarero, taxista  que nos atiende  o presta un servicio se convierta en un nombre en nuestra agenda. No esperamos que cada uno de nuestros clientes se convierta en nuestros amigos, aunque haya una publicidad engañosa de determinados negocios que digan lo contrario. La probabilística dominante es que la mayoría de contactos humanos sea por cuestiones tecno-asistenciales, comerciales, laborales o incluso confidenciales, no tienen porque esperar una continuidad. Dentro de los que se repiten (la consulta episódica al medico o al psicoanalista entre muchos de  ellos) no tienen porque dar lugar a una relación afectiva intensa o a una comunicación informacional intimista. Se pueden tener y se tienen relaciones de por vida que no proporcionan cuadros emocionales ni amistades y otras que no pasan de un año que han podido desarrollar confidencias intensas hasta que han dejado de ser interesantes por una o por ambas partes. La presunta relación ideal es la que está ahí para toda la vida, pero esto choca con los cánones del mundo moderno: tanto por sus prisas materialistas, como por el mayor potencial de movilidad y reubicaciones de la gente, como por el cambio de paradigma de la función misma de cada relación humana. Es preferible contactos en profundidad que relaciones de larga duración que se mantienen permanentemente en la superficialidad. Conozco gente desde hace décadas con las que hay poco más que un saludo o frases protocolarias que no suman más de una  o dos horas después de tanto tiempo. Es una experiencia generalizable. ¿Quien no tiene personas en su campo visual cuyo contacto comunicativo es escaso aunque guarda la deferencia? Apuesto más por la comunicación en profundidad cuando es posible que no por la distante pero las adversidades encontradas en multitud de tentativas me ha hecho reposicionar en tal cuestión reconociendo una evidencia absoluta; los cuadros relacionales con relaciones que no pretenden la profundidad son la mayoría resultando que relacionarse es un arte que pasa por la habilidad de eludirse. Un contrasentido con multitud de facetas que da lugar a una polifonía de maneras verbales consistentes en hablar y no decir o hablarlo todo diciendo lo menos posible.

Eso no es terrible. Un correo sostenido y continuado puede servir mucho más incluso que una relación verbal continuada condicionado por los límites de la comunicación. Los hablante tenemos lenguaje y conceptos, informaciones que dar y una escucha para las que recibir, lo que no tenemos es la garantía de poderlo aguantar todo. Cuando no hay sintonía con la otra parte, en las formas de las ideas, en el trato o en las prisas, por no decir en la incompatibilidad filosófica, existencial o en las ideas políticas, pretender una comunicación en el aire es auto engañarse y engañar. Cuanto antes se pongan las cosas en claro mejor y más rentable para todos. En Una apuesta comunicativa me permití  un conjunto de cartas que tenían el tiempo contado. Nunca antes tuve una claridad tan evidente de ello como en esta ocasión. Sabía –como se suele saber- que todo tiene un principio y un final y que no hay ningún proceso vivo tal como concebimos la vida  que pueda ser eterno. Tras explorar unos cuantos campos temáticos y no vibrar al unísono dos corresponsales tratábamos de componer un coro desacompasados. El resultado no pudo ser otro que el que fue: buscar otros depositarios de palabras esperando una sintonía mayor. Conocía mis límites: los de un sujeto asintótico buscando permanentemente la sintonía que a veces, en los momentos más down, se le antoja como imposible. Buscar  para mis palabras un cómplice  con sensibilidad artística  que me aceptara como depositario de las suyas y que me ayudara con mis déficits sensoriales además de profundizar como amigos  parecía ideal, justo hasta el punto en que –como suele decirse- tempos biográficos distintos y visiones diferentes de la existencia nunca nos permitieron caminar juntos a pesar de seguirnos la pista durante una temporada. La contradicción comunicante en la que he caído es la de expresar la necesidad comunicativa, la mía,  en un interlocutor lisiado para aceptarla en la forma  que he podido hacerla, no estando dispuesto a acomodarme a sus exigencias de longitud restringida y maneras verbales tópicas generadas por el trato descriptivo.  

 El valor de una comunicación clausurada es que deja el canal abierto y la recuperación de tiempo libre para reconducir la energía y  la necesidad de escribir y hablar hacia otras interacciones con más posibilidades de correspondencia y comprensión. El acto comunicativo no busca más que un cómplice, puede ser completamente distinto a ti pero no puede fallar en su rol de colega para la escucha y la comprensión para saber de que va la historia de las palabras.



[1] http://sussanamaraselva.blogdiario.com/1193599320/

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