La soberbia de lo inútil

La sorberbia de lo inútil.

Cuánto más estudio, observo y vivo más sé las dificultades del saber y la  alianza resistente a su progreso. En los ámbitos anónimos donde no se conoce la identidad ni la cara de los participantes es donde más se demuestra una cruzada tácita en contra de lo que destaca y en contra de quien tiene algo útil para decir. En vez de aprovecharse de las lecciones de quienes pueda darlas se les ataca calificándolas  de inaccesibles, difíciles o inadecuadas. Es conocido el fracaso de las mismas escuelas (no confundir con el fracaso escolar) con el porcentaje mínimo pero real de sus superdotados que se aburren con sus programas de estudio y se auto marginan o son excluidos sufriendo por ello. La tesitura de quien tiene un saber acumulado es dura por lo que hace a los conflictos de acoplamiento con los demás cercanos y con la época que les ha tocado vivir. No es extraño que puestos a nacer en un mundo como este algunos prefieran ser tontos, creyentes y conformistas para no tener que vivir en la encrucijada del conflicto permanente con sus congéneres. Creyentes porque al tener un dios salvador y un cielo al que ir todos los avatares de la vida material y terrestre pasan a un segundo plano  disculpándolos, tontos porque a falta de inteligencia la conciencia queda muy tocada y de esta manera uno no se entera de las verdades ni tiene necesidad de descubrirlas y conformistas porque al estar de acuerdo con todo lo que impera tal como impera y esta (des)ordenado ya le va bien aceptando lo que otros y la tradición y el poder les han organizado sin tener que entran en colisión ni disonancia con nadie ni por nada de tal manera que todo se vive en la beatitud y el acriticismo.

Cuanto más sé, mas  sé -permítase la redundancia- que hay más gente que no quiere saber nada. Quien trata de explicar una cosa tiene que contar que su auditor/rio puede no interesarle. Esto no es grave, siempre ha sucedido. Lo grave es que quien no está interesado en aprender se parapeta en su ignorancia como si fuera lo mejor de lo que le pudiera suceder. Hay un orgullo de la superficialidad, una soberbia de la inutilidad. Incluso hay un dato revelador de ese fenómeno que lo hace más grave: el de una leve estimulación por el aprendizaje y su inmediata frustración por el esfuerzo desencadenado que representa, Sé de gente que afirma a modo de disculpa que es inculta y que quiere aprender, como una especie de tic justifiatorio pero que en vez de ser consecuente con esta declaración trata de imponer su decisión, sin argumento alguno, sobre el tema que sea y sin fundamento. ¿No acabas de decir que no sabes? pues calla y escucha. El problema del que no sabe no es que no sepa (nadie nace sabiendo, aunque también he oído afirmaciones demenciales del tipo de que los pensantes son los que nacen predestinados para serlo) sino que no quiera aprender. Desgraciadamente para los pensantes, les toca reconocer que una parte no menospreciable de las gentes conocidos, de sus paisanos, de sus convecinos, de sus colegas incluso ya tiene suficiente con las cuatro cosas que saben para manejarse en la vida corriente y declaran no querer saber nada más. El origen de la incultura es el desconocimiento deliberado. También sociológicamente se ha venido interpretando que la incultura es el resultado de un plan articulado por los estados y poderes interesados en sojuzgar a los pueblos vertebrados en torno a supersticiones y mentalidades pre-científicas.  Para quien sabe algo  y por casualidad acaba reuniéndose con gente que se constituye en club para intercambiar no ocurrencias, si no chorradas, va a sufrir  los ataques en masa de los otros. Será un pedante, un exhibicionista por ostentar lo que conoce, un repelente por corregir los errores ajenos. Tampoco hay que ser tan listo para descubrir a alguien que lo es. El que no lo es se siente vulnerable e inseguro ante quien lo es. Aquel se pone a salvo de este llevando conversaciones al terreno de la estupidez hacienda de la falta de intelectualidad la elección supervivencial dominante. Detrás de un tonto social no hay un policía del pensamiento exigiéndole que lo sea, el propio tonto se basta y se sobra para mantenerse en su armario oscuro sin querer saber nada de la luz de los conceptos. Su soberbia lo condena al ostracismo pero puesto que una mayoría ha optado por los que son raros somos los otros, los que nos preguntamos los por qué de las cosas, los que analizamos situaciones, lo que optamos por la elaboración continua, los que escribimos, los que decimos no a las situaciones injustas. La lluvia de elementos de discurso lesivo no cesa para quien piensa por sí mismo y emite luz propia. No vale la pena entrar en polémica por este tipo de calificativos lesivos. Aunque no dejen de ser un pretexto para la propia puesta en escena de afirmaciones radicales contra esa otra  realidad inerte de no querer saber nada. Lo confieso, topar con un tonto acomodaticio que se las da de apólogo de su imbecilidad y que va de soberbio a la postre de tarde en tarde es un buen pretexto para practicar la catharsis de la furia contra esa clase de psique tiene demorada la historia humana en pretensiones no resueltas de la más lejana de las antigüedades conocidas. La dialéctica entre el saber y el no saber pasa por largas zonas de silencio y por su parte el más tonto puede reproducir frases hechas y conceptos que utilice sin saber realmente lo que está manejando. Esa dialéctica verbal  no deja de ser un juego entre paréntesis para tomarle el pulso a la capacidad mental circulante y de paso divertirse un rato a costa de esos orgullosos de sus vacios teóricos. Eso puede ser entendido como una crueldad pero tácticamente ridiculizar a alguien porque no sabe lo que por biografía e historia le toca ya saber es un poderoso acicate para que se plantee la vida más seriamente. El sentido del ridículo o de la vergüenza del ignorante es un facto psicológico importante para que el susodicho se replantee si seguir siéndolo o por el contrario tratará de dotar de contenidos de utilidad a su vida. Por de pronto su reacción automatizada será la de acudir a esos insultos contra el que sabe pretendiendo que la mayoría de los que no saben por una elemental aritmética democrática tienen que mandar sobre los que saben.  Los tontos que  acuden a ellos  (a esos descalificativos) es porque escapan de un tema planteado para evidenciarse menos de lo poco enterados que están. Por lo general quien  expresa juicios rápidos y pronto-reactivos de autodefensa y a bocajarro sin dar respiro al otro suele embutir superficialidades para ocultar lo poco que sabe de otros temas que sí sean de interés.

Para un hablante enamorado del arte de la conversación se puede pasar más tiempo buscando un interlocutor válido para tenerlo que en la conversación misma, a no ser de que lo tenga asegurado para siguientes veces. Huyo de la verborragia y la pedantería como el que más  pero no del preciosismo de quien enseña y tiene facultades para enseñar. Huyo mucho mas de los desiertos mentales de individuos que simulan ser pensantes y basta que digan tres frases continuadas para incurrir en una docena de errores y descartarlos no ya como interlocutores válidos para un debate sino ni siquiera como compañeros conversacionales divertidos .

Del discurso hueco y de heroicas de gubernamentales se huye como de la quema, pero de las bla-blas ciudadanas comparativamente menos documentadas, se cruza a nado el océano mas extenso con tal de no aguantarlas. El problema es que cuando se desea pinar determinadas opiniones espontáneas en salones de chat, incluidos los de pomposos títulos como filosofía o escritores es inevitable la decepción. Todavía no he encontrado un chat, aunque la verdad es que no me he dedicado a extender mi investigación a otros países y lenguas fuera del castellano, que se ajuste al marco temático que anuncia. Hacer zapping entre las distintas ofertas de chats que existen proporciona  una muestra heterogénea gratis que permite  visión rápida y contundente del predominio de la tontería en todos ellos lo que no quita que haya excepciones de personas brillantes por las que merezca la pena discurrir ratos estériles entre muchas más que no lo son ni lo serán nunca.

Xavier Roig teorizó el crucial concepto -para entender los males de nuestro tiempo- de la dictadura de la incompetencia. Esa noción se pude extender a la del dictum de los que no quieren aprender., ni superarse, ni mejorar, ni evolucionar. Es así que la historia de los humanos tiene que cargar con un considerable lastre de los hermanos inmaduros que ostentan su fuerza para no hacer, no pensar, no discurrir, no aprender, no vivir.

La felicidad como elección subjetiva.

La felicidad: la declaración de un estado subjetivo.

¿Puedo declarar mi felicidad? ¿Puedo?...¿aunque sea en susurros? La declaro pero ¡que conste!  sin ánimos de ofender. No quiero que te sientas mal porque tu no puedas competir con tal afirmación. Tampoco desearía  que me tomaras por tontolava por creerme feliz en un mundo de desgracias. Voy a tratar de explicar cuál es la clave de la felicidad sin pretender hacer un manual práctico para conseguirla, aunque ya que lo menciono, la idea puede dar lugar a un material de propuesta para enrolar a editores  que se comprometan en una gran tirada sobre ello. Lo voy a hacer sin presuponer que soy el único hijo de la tierra en declarar tal cosa. Seguro que puedo aprender mucho de personalidades que han sido y son más felices que la mía.

La primera cuestión de método para un proyecto existencial dedicado a la felicidad es que se trata de un proyecto individual. No puedes llamar a la puerta del vecino y decirle:¿Qué? ¿nos vamos a tomar un par de copas de felicidad? Al vecino se le deja ubicado en sus supuestos, los que sean, escribiendo tal vez su propio relato sobre este tema o sobre su opuesto. Mencionar eso me lleva a repasarme en mis ayeres cuando me sabía que no era feliz ni podía serlo y que probablemente escribí sobre sus dificultades. Sé que relacioné la felicidad con el bien y su contrario con el mal pero no adelanté mucho teóricamente, tampoco pragmáticamente, mi vida discurría por entoces tras imposibles y tras retos de encargo. Llegué a definir la felicidad como una ecuación de multigrado cuyas incógnitas dejaban de serlo por ser sustituidas por referentes robustos. Decidí que cuantas menos variables indeterminadas concurran en una vida se puede ser más feliz. Luego vi que el recibo de una loto multimillonaria también era una variable indeterminada y que eso solía hacer feliz al recepcionario.

Volvamos al hoy, un día de lluvia, tarde gris, plantas perladas y soy feliz. Los días que llueve la circulación se ralentiza y hasta se atasca. Técnicamente no hay ninguna razón para eso pero sucede. Los conductores se ponen frenéticos ante otros que bloquean la marcha general. Por suerte soy u habitante de mi cuarto de trabajo,  un pequeño universo en el que no falta de nada: los ordenadores, la conexión a internet, compañía humana al lado compartiendo el espacio desde una entente primordial,  una botella de agua para refrescar paladar y neuronas, unas pesas de mano para mentirme creyéndome que eso sustituye ir a una sala de feetness, los diccionarios cerca, una lámpara con la pantalla de cristal blanco traslúcida que pone la nota aristocrática, libros a los que engancharme por si necesito urgentemente dosis formativas y viajes repentinos a otras latitudes que me saquen del ahora y aquí…En fin, no puedo pedir más. Ser un hombre abutacado me ha permitido llevar una vida sosegada. Y pensar que decían de mí era un culo inquieto incapaz de estar mucho rato en la misma ubicación. Vengo observado que el culoinquietismo (en otros) no tiene nada que ver con las razones objetivas que llevan a moverse por el afuera sino más bien por la falta de razones subjetivas en soportarse uno a sí mismo. De ahí que lo habitual sea tener que salir fuera de casa un cierto número de veces por día para hacer una cierta cantidad de cosas que se podrían hacer con una sola gestión a la semana. ¿es que estoy proponiendo que nos quedemos en casa? No, nada de eso. Los de las taquillas me enviarían sus tigres. Lo que sugiero es reducir  el número de variables diarias (semanales, mensuales y anuales) determinadas por actividades innecesarias. También sugiero apostar por menos interacciones y las que se hagan que se las dote de más contenido. Volvamos a mí: el último gato pardo en una realidad multicromática que se siente más a gusto en atardeceres como el de hoy que no corriendo tras los lugares de encuentro de las multitudes. Eso es nostalgia. (¡Tú lo que tienes es fobia social!) ¡Vaya con los diagnósticos de los de rasca y a ver lo que te sala qué eres o qué tienes! Vale confieso mi amor por la poesía y por los vibrátiles que cada generación da aunque sea a cuenta gotas que prefieren el sosiego de una tarde en calma que mezclarse con las multitudes en los centros urbanos o que van de marcha (¡marcha, marcha!). La felicidad es algo muy frágil y muy íntimo como para ponerlo en función del mundo.  El decreto del estado de declaración permanente universal fracasó en su momento. El idealismo tuvo que replegar velas y enfrentar su naufragio. Tuvo que admitir que la gente no quiere ser feliz, que las revoluciones terminaron por sacar los mismos y peores monstruos humanos que antes que estallaran, que las modas de cada generación camufladas de progresistas arrastraban antiguas formas de sojuzgación. La tesis de qué mientras hubiera un  solo humano desgraciado nadie podía ser feliz fue muy exagerada. Comprendí paso a paso que cada persona tenía que hacer su propia revolución en casa y antes que nada en su estructura mental. Que primero tenía que vencer los factores de distorsión ajenos y tomar la conveniente distancia satírica con todas las amenazas que recibiera con el propósito de atemorizarlo. He ahí una clave, la felicidad pasa por tomar cualquier asunto biográfico como parte de la aventura existencia y reírse convenientemente de las ideologías culpabilizadoras.

La felicidad no depende del azar ni de la oficina de reparto de destinos. Es una resolución. ¿Quieres ser feliz? Pues adelante, ¡sélo! No te auto sabotees en todo aquello que te lo impida. La felicidad no es tanto un objetivo como un criterio de existencialidad, Soy feliz porque quiero serlo pero además lo soy porque lo compruebo. Sigo siéndolo porque no estoy dispuesto que las mil y una adversidades que trae el vivir en sociedad, (en una sociedad más dedicada al contra naturalismo que el respeto a las leyes naturales del planeta) me echen a perder el día. Soy feliz porque no permito que la amargura ajena me destruya los buenos momentos y en general todos los momentos. Soy feliz porque me he vaciado al máximo de angustias públicas y porque me rebotan acusaciones falsas, perjurios e injurias. Me subí a bordo de un viaje etéreo sin nada que me sostuviera salvo ideales (repasados y reactualizados) y desiderátums para no abandonar la filosofía del carpe diem de Horacio. Declaro mi felicidad y no voy a pedir perdón a nadie por ella. Prefiero disculparme si cometo un error o me paso de la ralla a ir por la vida pidiendo a priori perdón por respirar sin haber hecho nada mal.

Soy feliz a mi manera claro. No soy el que cuento chistes en la sobremesa para entretener a los contertulios ni digo siempre si a todo lo que se presenta. En realidad puedo decir tantos o más noes que sies pero lo bueno es que decir no ya no me hace sentir mal. Le digo no a la brutalidad, a la suciedad, a los anti ecologismos, a los que enredan con mentiras que institucionalizan y ordeñan al máximo. Le digo no a vivir para trabajar, a hacerlo por cuenta ajena bajo la batuta de un cabo de vara o un sargento civil. Le digo no a vivir en la inquietud permanente, con la hipoteca que o se termina nunca de pagar, a la preocupación continua, es decir la pre-ocupación, que impide la verdadera ocupación con sensatez de las cosas. Bien mirado me paso la vida diciendo no a las cosas y si puedo disminuir esa cuota es porque reduzco las interacciones con los demás y me evito escenas de las que, como humano, me avergüenzo. A mi modo soy un salvaje en su guarida que no ha seguido los ritmos dominantes creyéndome una realidad de la que no soy confesional. Si soy feliz es porque le ha dado la vuelta a las tortillas tantas veces como he tenido necesidad de hacerlo. Ahí donde había un tipo prepotente he respondido desde la humildad, ahí donde había un dictum injusto me he escapado como he podido, ahí donde he tropezado con una teoría que se presentaba como la única robusta pero que he encontrado su trampa no me la he creído. En resumen he antepuesto un método de interpretación a la interpretación dominante que inocula estándares y que escribe los guiones de vida de una mayoría que acepta seguirlos a crear los suyos propios.

Debo decir que el ímpetus por ser uno mismo desde la autenticidad es lo único por lo que vale realmente nacer y morir. Morir quiere decir morir. Es  una causa de honor. Morir por la verdad no tiene nada que ver con la muerte por martirio por seguir dioses o fabulaciones religiosas de las que el martirologio ha dado buena cuenta.  Se ha objetado que no se puede pensar en uno mismo porque esto es individualismo e incluso egoísmo, pero la condición primera para que la sociedad en bloque sepa a donde va y evolucione saliendo de los laberintos en los que se ha metido es a nivel de cada persona decidiendo o aceptar aquello que le hace daño y que hace daño a los demás. El enfrentamiento continuo por resolver tal tesitura genera desasosiego y enemistades pero a la vez es la gran escuela de la vida. Una vez se tiene claro que cada persona es la única que puede trabajar por su propio cambio personal te liberas de ir de misionero y de salvador por los mundos. Es una profiláctica distancia del altruismo que contra lo que parece ayuda a que los demás se autoasuman a si mismos sin esperar padres blancos[1] que vengan a salvarlos. Soy feliz porque soy yo. He aprendido de mis límites sin emborracharme por ansias de perfeccionismos que en realidad ocultaban ambiciones. Soy feliz porque no necesito acumular tantas cosas ni tanto dinero para sacarle rédito a cada hora, a cada momento. Soy feliz porque puedo escribirlo aquí sin avergonzarme y puedo permitirme ese rato de auto encuentro conmigo mismo en esta sentimentalidad. Soy feliz porque sé que predomina la comprensión de mi mismo que me hace sentirme así que no los ratos de incertidumbres, broncas, colisiones con los demás. No rehúyo  la lucha. De hecho, me he especializado en la protesta contra lo que considero injusto lo cual es una forma bastante divertida de vivir.

A fuerza de reclamar derechos, por los de la cultura, los de la nación, los de los oprimidos  (en esa etapa anterior de idealista incondicional) olvidé reclamar los míos propios. Advertí que los derechos individuales no son opuestos a los derechos comunitarios sino un eslabón integrativo de estos, el eslabón principal. La persona más fiable es aquella que no se vede haciendo de excepción a la afirmación de que todos tenemos un precio. La persona más fiable es la que consigue ser feliz con lo que tiene, no por resignado sino porque no reduce su creatividad y su sentido existencial por las limitaciones y épocas en las que le toca vivir. Soy feliz porque de la felicidad he hecho mi apotegma y no la he negado a pesar de todos los avatares y vicisitudes con las que me he visto envuelto. Creo que soy feliz porque me he creído que lo soy aunque aparentemente no paso de ser el último mono de feria, el tipo ordinario que pasa por los lugares sin ser visto por nadie, el  aventurero que no pretende ningún record  y el colega que no va a ser recordado. Básicamente soy feliz porque no espero nada: ni triunfos, ni ese premio millonario del que hablábamos (no juego a ningún juego de azar), ni condecoraciones, ni cielos con una corte de ángeles trompeteros, ni mujeres despampanantes que tomen posiciones en la alfombra a mi paso con  la disposición corporal  exacta a un visitante como yo.

Al principio no esperar nada era desesperante. No tener objetivos era no dotarse con un sentido existencial (se tenía que luchar por grandes causas para dotar de contenido biográfico a los años que se tuvieran). No competir con los demás para ser el primero (en los cien metros lisos o en la creación literario o en la investigación científica) parecía no tenerse en autoestima. Descubrí las trampas de todo eso, las filigranas con que el ego quiere dárselas de superlativo cuando no pasa de ser un individuo más en circulación emplazado a descubrir lo que pinta en este planeta.

Soy feliz porque una vez decidí que si bien no podía cambiar al mundo no iba a hacer nada de mi parte que contribuyera a sus desgracias. No le daría ningún motivo a nadie para que me pudiera objetar estar fuera de ética. Eso sí fue el resultado de una gran deliberación conmigo mismo. Lo cierto es que nuca he dejado de tener gente que me objetara mi modo de ser, en particular mis formas. De todas las libertades que me han reprimido verme cuestionado en mi libertad sentimental ha sido la más dolorosa. He sido reprimido en ella por gente muy cercana: familiares, hijos y compañeras.  Todo eso me ayudó a crecer y lo remonté. Soy feliz porque averigüé que ni siquiera el hijo, el significante del hijo o el del amor binomial, el de la pareja, son la causa de la felicidad. La felicidad es un motor que funciona con una energía especial. Es un secreto a voces pero que me resulta extraño que sea tan desconocido. La felicidad pasa por el autodecreto y esto pasa por no aceptar unas cuantas cosas que impugnen lo crucial. No dejaré que se me humille, que se me engañe, que se me explote. Si no dejas que se burlen de ti pero a la vez si no te importa que te dejen fuera de juego porque has aprendido otros juegos, también a jugar solo, no tienes porque temer.  

Desde mi butaca sé mas del mundo que de haber seguido a diario en él, multiplicándome en mis reuniones y proponiendo continuamente la oferta de la semana para un mundo feliz. Soy feliz porque puedo serlo sin ese mundo feliz y no sacrifico mi biografía para ser el mártir de temporada. Soy feliz porque creo en mí y no hago de mi vida una cruzada contra tantos idiotas con los que me toca compartir época o mejor dicho protagoniza una distancia recomendable de todo aquello que no lleva a parte alguna.

Soy tan feliz que necesito decirlo de algún modo pero no puedo atestiguarlo más  que diciéndolo.  No, no estoy fumado, ni bebido, ni estoy en pleno acto alucinatorio. Estoy ante un ordenador en unos bajos de un bloque con otros 27 domicilios de otros tantos residentes o núcleos residentes de los que apenas sé nada y al revés. Si alguno llamara en este instante  a mi parte y me preguntara:”¡oye! ¿Y tú qué haces para ser tan feliz.?” No sabría qué contestarle pero si me urgiera una respuesta, la que fuera, le diría: me he desquitado de todo lo superfluo, he sustituido la noción de un sentido existencial por el de auto aceptación y dedicación de mi tiempo biográfico a cumplir mis deseos que no tomo como fines de consecución ineludible. Juego con la vida y conmigo mismo y todo lo demás viene sobrevenido como parte de un puzle que se va formando solo.

En realidad no tengo ni idea de porque soy feliz aunque presumo que la respuesta va por lo indicado. Si alguien quisiera demostrarme que no puedo ser feliz en una realidad tan brutal le diría que no se confunda, que mis coordenadas de conflictividad (de hecho soy un sujeto voluptuoso predestinado a tener problemas con los demás por no aceptar el imperio de las mentiras) y ratos aciagos en los que me toca merendar sapos no son contrarios a los balances en los que de cada asunto destilo una pócima literaria.

En fin soy feliz ¡no puedo remediarlo! y por la presente desautorizo textos anteriores en los que pudiera haber afirmado que la felicidad es un imposible categórico por todas los factores que la desestabilizan, claro que ser feliz tampoco quiere decir que la felicidad total evite pasar malos momentos. De hecho cada día puedo tener el contrapunto de alguno que me recuerda que no soy un ángel sino un organismo biológico, que no estoy en el mejor de los mundos sino en uno de sus peores, y que no me esperan paraísos sino seguir en esta laberíntica realidad.



[1] Tanto en el sentido metafórico como en el que hace referencia a la congregación de este ombre que fuera a colonizar ideológicamente a Africa y a cambio de ofrecerles el cielo les obligaron a acabar con sus costumbres ancestrales como el nudismo.

Lucha y Disenso

Lucha y Disenso. Autoconfirmación del yo y disintonización.

En la personalidad numérica[1] hay una constante del campo de relacionabilidad que pasa por episodios de la conducta humana que son el de no-onda o el de no sintonía. Aun sin escenificación grotesca de las diferencias interpersonales las situaciones disintónicas se detectan y se recuerdan. Su diferencia con la expresión de opiniones disidentes  y con el enfrenamiento conceptual radical y duro es que aquellas dan señales de una imposibilidad en la unidad sentimental en una cuestión dada mieras que estas no pasan de ser posicionamientos teóricos cercados por el campo del razonamiento. Ahora veremos que aquellos episodios de disintonización aunque siempre concurren y se dan en la más idílica de las situaciones, son tanto más frecuentes cuanto mayor sea el desiderátum del individuo en afirmarse en su pensamiento y en sus derechos, sobre todo los de expresión.  Cabe volver a una premisa crucial: no es posible la lucha sin el disenso. Justamente la lucha existe por un disenso previo, por un desacuerdo con una situación que se desea cambiar. La lucha en toda su dimensión conceptual: lucha desde la autodefensa o por la reclamación de aquello a lo que se tiene derecho por razones naturales, históricas, éticas y políticas, se origina desde el momento en que hay unas situaciones que bloquean unas aspiraciones o la satisfacción de unas necesidades. La lucha reivindicativa a escala de movimientos sociales proyecta a una dimensión mayor lo que necesita cada uno de los individuos que los componen a una dimensión, si se quiere, menor pero no menos importante, que se sabe excluso, insultadlo u oprimido. La lucha por objetivos históricos pendientes tales como por la justicia global o por una sociedad sin trampas pasa por la voluntad de poder de cada sujeto en lucha desde la regencia de su conciencia. Lucha es poner en acción la voluntad de poder que Nietzsche reteorizara a partir de la enseñanza de Schopenhauer que tomó por su maestro en esta cuestión y que tan mal interpretado fuera. La voluntad de poder para alcanzar la libertad, para permitirse ser en libertad, la de poder desear, la de poder pesar, la de poder amar y la de poder vivir, Esto está lejos de la interpretación de la tesis como imposición a la fuerza de la voluntad personal frente a las voluntades ajenas. Nada a ver con el autoritarismo tiránico de las voluntades individuales que no reconocen las voluntades ajenas. Sabemos que los gobiernos tiránicos aspirantes a los dominios de los demás, a la sojuzgación de las masas han entendido la voluntad de poder como la autocrática, la dictatorial, la núcleo-elitista. Cada auotócrata debería saber que la soberanía de cada individuo, de todos y cada uno de los más anónimos y desconocidos pasa por su yo-cracia.

En la lucha política y social contra el sistema del mundo tal como es se circula por terrenos cercaos y enfrentamientos individualizados que cursan en el disenso y derrapan hacia el malestar, Hay primeras y únicas discusiones políticas con personajes que solo sirven para ubicarlos y para no repetir nunca más la tentativa de la persuasión. La lucha por una sociedad de recambio, alternativa entonces desde posiciones que consoliden la dignidad, el respeto, la verdad, el amor y la sinceridad, pasa por la lucha contra todo lo que sustenta actual, por tanto contra todas sus variables de feligresías y seguimientos. La lucha contra el sistema capitalista ya no es (tal vez nunca lo fuera) una lucha entre obreros y patronos o ni siquiera entre manifestantes y policías sino que es la que se libra entre revolucionarios y reaccionarios, entre reformistas y conservadores, entre activistas y pasivos. Ese combate, finalmente, entre  defensores de la verdad y guardianes de la mentira se reproduce hasta la saciedad en todos los ámbitos: desde la escalera de un vecindario al hogar doméstico, desde el aula universitaria a la asamblea de fábrica, desde el estadio de una concentración a la vida callejera, desde la reunión tertuliana a la conversación de sobremesa. Esa lucha cuyos frentes son todos los que esta otro defendiendo lo inaceptablemente indefendible es inevitablemente colisionista. El luchador social no puede eludir la filosofía trágica en la que se ha metido, concepto esto que reclamara para si también Nietzsche. Su vitalismo le llevó a no renunciar- al menos conceptualmente- a nada ni siquiera al dolor. En Prometeo, figura de la tragedia clásica con Esquilo (525-456 aC) como uno de sus autores representativos ya se canta que solo se llega al más alto conocimiento por el camino del dolor. Esa vía del dolor hacia la sabiduría pasa por la confrontación. Vivir toda una vida correligionaria y sintónica con absolutamente todos los demás es imposible. Quien declara que no tiene problemas con nadie, te miente o no se ha enterado aún de qué va la coexistencia social. Los estados disintónicos con los demás congéneres, es decir con una colección más o menos larga de hablantes próximos o lejanos, convivientes o coincidentes puntuales, genera desazón y mal estar. De las peores experiencias del dolor, la incomprensión  sistemática continuada se ve abocada a una ruptura del diálogo. Esa incomprensión y esa ruptura acrecienta la soledad unipersonal, el aislamiento del mundo ajeno.

La lucha por un mundo que haya superado las mezquindades de este y de los modelos históricos que le preceden ahí hasta donde se han averiguado es indisociable de dos hechos: la lucha contra el otro inmediato que sigue sustentando lo viejo y lo caduco para no ver peligrar sus posesiones o intereses privados  y la lucha contra el uno mismo subsumido en la mentira y el miedo por salir de su escondite. Es ineludible enfrentar al otro concreto en la lucha opositora a un estado de cosas injusto e inaceptable. Eso pasa por el disenso y con ello, por la pérdida de favores y ventajas. El enemigo, cualesquiera que sean sus maqueamientos y cosméticas, está demasiado cerca. Puede ser el compañero de clase, el profesor, el vecino, el amante,…Pero advertirlo sin medida puede incrementar una neurosis de la desconfianza permanente. No hay nada a objetar contra nadie mientras no se demuestre la necesidad de lo contrario. La cuestión es que esta necesidad es constante y diaria y ese otro nunca está muy lejos.

La lucha revolucionaria es un concepto mucho más global que la lucha anticapitalista. No es la lucha de sabotaje contra lo físico sino la lucha pensamental contra lo ideológico. Indistintamente del carisma y de la aurea de verdad que acompañe al luchador no le van a faltar  conductas reaccionarias por lo que hace. Toda su vida será una cantera de enemistades o enemigos explícitos. Alguno de ellos incluso lo matará o podrá liquidarlo por muy pacifista que haya sido en sus discursos y es que el discurso de la impugnación por legitimo que sea o suele perdonarlo nunca el impugnado.

Cambiar la sociedad  no es posible sin articular la propuesta del renacimiento humano, de un hombre nuevo, una persona por encima de lo que ha dado de sí la existencialidad humana hasta ahora. Nietzsche otorgó a este parámetro el de superhombre, idea mal entendida por los fílicos de la raza aria. En la visión nietzscheana se conjuga los dos valores del arte griego clásico, con dos de sus dioses capitales. Esa doble dimensionalidad del nuevo humano por construir: el sujeto apolíneo-dionisiaco engendrado ya embrionariamente en el panteón helénico conjunta la claridad, la estética y la razón de Apolo con el goce, la noche y la pasión de Dionisio.

Si además o en el lugar de la lucha socio-reivindicativa el sujeto en combate por y con sus pasiones decide mantenerse en el plano individual y liberarse de toda responsabilidad histórica o de compromiso con sus congéneres, el resultado en términos contables de conflicto con los demás también es, más o menos, el mismo. El superhombre en proceso de cocción no puede existir sin que sea un superhéroe (o la versión no lejana de mártir ordinario). Lou-Andreas Salomé, conocedora de la obra de Nietzsche y vinculada personalmente a él, encontró esa equivalencia. La voluntad de poder del hombre en hacer prevalecer lo justo es también una voluntad de verdad o dicho de otra manera la forma con que la verdad expresa su voluntad, 

Vemos que el disenso es una consecuencia preinscrita en la elección de la lucha independientemente del ámbito e impacto detesta siempre que sea una lucha por conquistar o restablecer la verdad y el derecho a la libertad. El yo individuado auto confirmándose en su ser (en el ser que es y quiere ser como ser armónico con los derechos ajenos) genera inevitablemente la disintonía puesto que el enfrentamiento contra las situaciones objetivamente injustas no lo tolera. Vivir es pelear aunque el ideal del viviente es tener una vida apacible y sin conflictos. Cuanto más reduzca sus interacciones con los demás menos motivos de conflictividad tendrá pero aun ubicándose en la lejanía y en la tangencialidad las experiencias conflictivas con saldo de sufrimiento no las  eliminará por completo. A fin de cuentas vivir es vivir en una vida repleta de déficits y problemas. Sócrates al morir dijo que la vida era una larga enfermedad. Vivir sin problemas con nadie solo puede cursar en la total sumisión y acriticismo, en, más que la aquiescencia, el conformismo incondicional, la falta de estima y orgullo propios y, por supuesto, la falta de criterio y de personalidad. Basta pesar autógenamente, por cuenta propia, para entrar en conflicto, puesto que tanto las acciones como las ajenas van a ser repasadas con lupas de dioptrías máximas no perdonando los imperdonables. El tipo de conflicto entre  el yo contra el otro puede cursar de una manera u otra pero incluso antes de la escena pugilística la estimación de un nuevo episodio disintónico será intuido o guionizado. En la auto confirmación egoica como un yo distintivo no dispuesto a la sojuzgación del dictum ajeno considerado como incorrecto  la disintonia es la consecuencia lógica. Probablemente a esa distintonía también se debe la depuración del yo y el crecimiento del promedio general de autenticidad. Hay lo que hay y dentro de lo que hay no todo son flores ni resonancias positivas. 

Una de las criticas deformativas que se hace al ego como inflación superlativa del yo individualista (y por supuesto es muy criticable) es cuestionar el derecho a la individuación de paso cuando esa individuación pone en peligro el consenso del dominio establecido.  Hay que vigilar que un mismo tipo de vocabulario nutre a críticas similares pero que obedecen a motivaciones completamente distintas. Resumiéndolo todo: luchar por una sociedad alternativa es lucha contra quien se opone a ella. Luchar por la superación de las falsas relaciones humanas lleva al conflicto con quien fuere que las defiende con unas excusas u otras.



[1] Teoría y  pauta de autoevaluación desarrolladas en La personalidad numérica escrito por  Jesús Ricart Morera

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