Cuaderno de Agitación,

Cuaderno de Agitación.

Agitación fue un concepto considerablemente demonizado y la del agitador una figura tratada como la de un salvaje dispuesto a desestabilizar el orden social por encima de todo respeto.

De hecho, agitar no es más que un verbo perfectamente comprensible para resituar un objeto, un producto, a unas condiciones de uso aceptables. Agítese antes de usar, dice la etiqueta de muchos envasados.

En términos sociales la agitación significaba la excitación de la conciencia ante cuestiones de la realidad amordazadas o sobre las que no se permitía hablar. En una sociedad en la que las libertades mínimas de expresión estaban totalmente prohibidas o tan restringidas que las hacían inaccesibles a puntos de vista distintos a los oficiales, todo lo que fuera revisar  una situación laboral o concreta era agitar. Los agitadores, se suponía, éramos profesionales del activismo, pagados por una potencia muy acaudalada, enemiga del estado y de los valores patrios, marxistas y rojeras para más señas que soñábamos en prender fuego a las iglesias y violar a las monjas vírgenes. En una total transportación de hechos descontextualizados a los agitadores se les trataba de antisociales y destructivos interpretando los llamamientos a los paros y huelgas reivindicativas como el peor de todos los crímenes. Su persecución era implacable.  Su acción criminal: la de hablar a viva voz a obreros y ciudadanos o repartir propaganda considerada como ilícita. Los perros del régimen perseguían cualquier indicio o comentario que pudiera ser interpretado como revolucionario. El agitador era la manzana podrida que podía echar a perder el resto del cesto. El estado era la salvaguarda del cristianismo y de la pureza del resto de la sociedad que no podía ser molestado con nuevas ideas preparadas por conspiradores y malnacidos.

El verbo era para los izquierdistas nunca se aplicaba a los derechistas. La idea era que los comunistas agitábamos, los falangistas instruían, los revolucionarios nos jactábamos en señalar las incompletudes del sistema, los organismos públicos se afanaban en desarrollar el país. El recuento de esa temible agitación al cabo de los años era poco más que unas cuantas pintadas por paredes y árboles, alguna bandera colgada de cables de altura, y unos panfletos hechos a ciclostil.

Cuaderno de Agitación reúne una parte de estos panfletos. Son los que yo escribí con un intento de una forma distinta de explicar conceptos ejes a los asalariados para que no se dejaran explotar tan gratuitamente como lo hacían. En ningún momento se propone como modelo de escritura y aún menos hay que tomarlo como lo más representativo de una época en que la octavilla con frases precisas y consignas concretas sustituía a los artículos elaborativos y de desarrollo dejados para las reuniones maratonianas de los partidos o grupos clandestinos.

Invariablemente se dirigían a la clase obrera, al proletariado o/y al pueblo trabajador. Nunca quedó tan clara la diferencia entre las tres denominaciones. En todo caso no se quería dejar a fuera de lo que eran generalmente llamamientos a la acción a cualquiera, con mono de trabajo o con camisa de oficinista, en un pequeño taller o en una gran fábrica o incluso como pequeño propietario de un comercio, de la lucha por conseguir una mejora social y política.

El repaso de los contenidos de aquellas octavillas unas décadas después pueden mover a la sonrisa ante la intencionalidad voluntariosa de quienes teníamos la fe puesta en la fuerza de trabajo y en su potencial descomunal para cambiar el país y el mundo. Evidentemente nos equivocábamos. Gracias a esa equivocación dimos lugar a una literatura que forma parte ya de la antropología social y del posible estudio del lenguaje conspiracionista como parte del lenguaje del deseo resituado a categoría de grupo.

Los productos de la agitación no iban mucho más allá del reparto a mano de hojas mecano escritas generalmente de tamaño de medio folio porque eso las hacía más manejables y como mucho de mítines breves para largarse corriendo antes de que llegara la policía. Lo que sí hay que decir es que apenas 5 o 6 personas, a veces tan solo dos, mirábamos directamente a las caras fatigadas de cientos de obreros a las entradas de las fabricas por las mañanas, a las salidas de los trenes o del metro y raramente había uno que  despreciara la hoja o que  no quisiera cogerla o la tirara al suelo. Si los jefes del poder político de aquel entonces nos hubieran espiado por el ojo de la cerradura de los pisos donde nos reuníamos mientras preparábamos nuestras acciones de reparto, lo que para simplificar llamábamos acciones y hubieran comprobado nuestros escasos medios, se habrían dando con un canto de piedra en sus sienes por sus exagerados miedos ante nuestro potencial subversivo. Nunca lo tuvimos. Lo más que tuvimos fueron palabras que llamaban a la lucha reivindicativa. Solo que las pocas que teníamos y lo poco que decíamos estaban cargadas de razón y era a esa razón que había tanto miedo no a los cuatro que la divulgábamos con nuestros escasos medios. La fuerza no éramos nosotros sino la fuerza del texto. Lo que estaba por conseguir era una evidencia pública, bastaba recordarlo para precipitar desencadenamientos de lucha tal como se fueron dando.

Visto en retrospectiva una octavilla no era más que un texto breve denunciando tal o cual patrón o pidiendo la solidaridad con tal o cual fábrica. Y un llamamiento no era más que un anuncio buscando socios para un acto de lucha. A pesar de los pocos medios vivimos huelgas extraordinarias y regueros de ilusión por polígonos industriales. Lo que decíamos en las hojitas lo pintábamos también en las paredes. El repertorio de las consignas tampoco se pasó para considerarlo un lujo literario sin embargo dejaron una impronta que tiempo después seria perfeccionada con el grafitismo y otro tipo de textos de paredes, a veces escritos por manos anónimas fuera de la práctica  de todo partido, para llamar la atención a la gente sobre sus miserias existenciales.

En la literatura reivindicativa para la calle  se usaba fundamentalmente la frase simple y el texto directo. Yo traté de introducir las frases subordinadas y la sensibilización conceptual para horror de compañeros que alegaban la incapacidad obrera para entender textos largos. No deja de ser curioso que tres o cuatro décadas después se siga escuchando la misma cantinela del lado de los que no desean estudiar la historia en la que viven ni piensan realmente en  que la sociedad pueda dar saltos de gigantes para una nueva época de esplendor histórico.

En los contextos democráticos o pseudo, finalmente instaurados, la agitación sigue dándose. ¿Que son las campañas electorales sino campañas agitativas? Los medios son más sofisticados para la evolución de aquellas antiguas octavillas a pequeñas hojitas a todo calor resumiendo los trazos principales de cada candidatura siguen produciéndose. Las pancartas y los pasquines siguen usándose. Durante las dictaduras nos ingeniamos las mil y una maneras concretas para que fueran leídos nuestros pensamientos. Lo que aquellas prohibieron y reprimieron ya no pueden hacerlo los nuevos regímenes democráticos. En su actualidad sigue no obstante predominando el esfuerzo dirigido a la persuasión antes que a la enseñanza.  Ramón y Cajal dio en el blanco cuando aseguro que el camino de razonar y convencer es largo y tedioso mientras que el de sugestionar  es fácil, rápido y barato.

Mucho tiempo después el verbo agitar ha ido cayendo en desuso. No deja de ser curioso que no se le aplique ni siquiera a los que realmente sí quieren destruir los valores de la convivencia social. En Alemania, por ejemplo, las acciones antisemitas por grupos nazis han crecido y se habla de que el antisemitismo latente alcanza una cuarta parte de la población.

Ya no participo de las viejas técnicas de agitación, Dar vueltas con un coche con un equipo de megafonía denunciando los protagonistas políticos del horror y repartiendo panfletos ya no forma parte de mis actividades. Sé quien lo continúa haciendo, al menos hay una persona que lo hace en Estados Unidos. He buscado formas más cómodas de anunciar ideas y más seguras aunque sí guardo una nostalgia de la pancarta de los viejos tiempos y por eso suelo llevar en mi/s vehículos pizarras con eslóganes concretos que poco o mucho siempre generan miradas y dan lugar a conversaciones interesantes, más en África desde donde escribo esta presentación que en Europa, continente sumido en el pensamiento entrampado en el tedio.

 

El panfleto in memoriam

El panfleto in memoriam

Algunos empezamos a entrenar  nuestros dedos mecanográficos escribiendo octavillas y picando  sus clichés  más que en tentativas de proezas literarias. Creíamos que el estilo debía ser supeditado a la transmisión de datos fundamentales y a la propuesta clara de consignas que sirvieran para ser  seguidas. Al hacerlo, sin darnos cuenta, estábamos desconsiderando la capacidad lectora de la gente. Las circunstancias nos darían la razón.  Aquellos textos, por lo general cortos, que se ventilaban con cuatro párrafos breves y no ocupaban más de medio folio, a veces ni eso (la cara de uno entero era interpretado como una temeridad por la misma militancia, a parte de las dificultades técnicas de ser hojas demasiado grandes como para que volaran al ser lanzadas a puertas de fábricas, institutos o comercios)- pretendían ser instrumentos de movilización y poco más. Generalmente los llamamientos al pueblo trabajador y a toda la clase obrera, encabezamientos un tanto ridículos dada la precariedad del medio que se utilizaba para la proclama, no alcanzaban a mas de unos  cientos de personas, que eso sí, en un tiempo de avidez de palabras revolucionarias reclamando justicia se agachaban para recogerlas y leerlas. Los que escribíamos aquellos panfletos nos creíamos portadores mágicos de buenas nuevas o como mínimo de soluciones radicales para cambiar las cosas. Bastaba convocar a un paro de las máquinas, a una asamblea o a la huelga general para que el mundo entero cambiara. El mundo entero nunca cambió y la realidad del país fue haciendo d las suyas, evolucionando o al menos modificándose con el paso de los tiempos, cambiando la conciencia crítica por tener un mayor poder adquisitivo. A pesar de todo, los papeles de agitación quedaron como el testimonio del deseo revolucionario. La gente iba a la cárcel o perdía la vida y pasaba por comisarías y torturas por distribuirlos o por tener un alijo de ellos en casa. Si ahora repasamos el lenguaje vertido en esos-en realidad, inofensivos-  soportes nos parecería del todo injustificable que a alguien se le pudiera prohibir tales opiniones o encausarlo por ellas. 

Con precarios medios como ciclostiles y vietnamitas -las ofset llegarían después- se pretendía hacer una revolución.  Sin lugar a dudas  aquellas practicas semánticas, deprisa y corriendo, centradas en el logro de la acción más que en el de la reflexión, dio lugar a la noción de panfletismo y unos dejes de habla  superficiales que no profundizaban en los temas. Para eso ya había las revistas teóricas y sesudas de los partidos, reservadas para los más listos o los más entretenidos en la elaboración de la teoría política, una especie de pócima alquímica que nos iba a salvar a todos de la brutalidad capitalista. Decenas de miles de textos después, publicados y ahora convenientemente legalizados, no nos han librado del atrapamiento en el que nos hemos metido: el del consumo de la teoría revolucionaria como otra cantera de consumo de la lista de consumismos que la sociedad de mercado nos ofrece. La memoria del panfleto lo es más por esa función mágica de transportador de la consigna prohibida que por un valor literario, escasamente documental. Daba cuenta de la necesidad solidaria con tal o cual huelga, o de la inminencia de la lucha en tal o cual sitio, de la necesidad justa por las reivindicaciones generalmente triviales: aumento de sueldo, derecho de reunión y  asociación, delegados asamblearios. A pesar de su sencillez y de sus perspectivas limitadas ocuparon una parte crucial de la literatura revolucionaria. A su modo eran documentos fedatarios de los sucesos. No ocupaban más del espacio breve de un periódico que se hubiera hecho eco de la misma noticia pero cumplían una función simbólica mucho mayor, además de la concreta y real de vehicular referencias de hechos, algo para lo que el periodismo de la época estaba muy negado siguiendo órdenes precisas de silenciar la verdad de lo que ocurría en la sociedad.

Reivindico el valor histórico del panfleto. Su función comunicativa y agitativa. Su función documental. Del cartelismo histórico de la época república ha quedado constancia y se han hecho repetidos actos conmemorativos. No estaría de más preparar algo parecido para las octavillas de aquellos tiempos. El análisis del lenguaje subversivo en todo caso debería integrar un dossier como fondo de constataciones. Por encima de sus palabras inflamadas y de su estilo no exento de demagogia recordaban con sus tímidas apariciones la presencia de una resistencia, la constatación de una conciencia que aunque se escondiera en la clandestinidad tarde o temprano renacería públicamente para decir las verdades a la cara de los que más implicados en las mentiras del sistema.


 

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