El hombre invisible

 

C.Pombo, Alvaro. El mejor  inquilino es el que no requiere tiempo de atención y no deja huellas. Alvaro en ese sentido estaba siendo un candidato al respecto. A diferencia de otros, ávidos de compañía, abuso doméstico y persecución de la persona del casero, este era  un sigiloso del que no supe apenas nada durante todo el tiempo de alojamiento. Claro que sus huellas empezaron a manifestarse de pronto con sus sistemáticas muestras de pelos en la tapa de bacalita de la tazas del wc y en el lavamanos, con platos y vasos usados sin lavar en la encimera y con actos catastróficos como la cerradura dela puerta de su habitación destrozada. El chico, un verdadero críptico oscuro y retorcido en sus meditaciones, probablemente tenía aquello que se llama tener problemas. En varios meses, la suma de contactos verbales con él no pasarían de una docena de frases, y eso me hacía pensar en el peligro de tener un hombre-bomba en potencia en la microhospedería. Es sabido que los pocos beneficios que deja un huésped fijo para un casero, pueden ser  totalmente contrarrestados por un ataque repentino de negligencia: la espita del butano abierta, el cigarrillo mal apagado entre las sábanas, el grifo de lagua abierto, la puerta de la calle no cerrada,… Además del coste de un destrozo dado  había que tener en cuenta   las implicaciones de imagen y de impacto vecinal que ruidos o golpes fuera de hora podía ocasionar. Con él  no hubo problemas de esta índole. Era la viva encarnación del sujeto sigiloso, una reencarnación de pantera escondido en las sombras. Entraba y salía del apartamento sin dar ningún golpe, tampoco sin saludar a la entrada o a la salida. Atribuí su silencio a su timidez. Todo su cuerpo manifestaba una absoluta inseguridad consigo mismo.

La experiencia casera aportaba nuevos ingredientes de feeling con cada nuevo co-usuario de las mini-instalaciones para descansos, higienes, comidas y refrigerios. Dos o tres días antes de  la partida de Carlos Gutiérrez dejando tras de sí la estela  de las prisas y la suciedad en las mantas con un millón de ácaros de más, la beatitud  celéstea quiso premiarme enviándome un santo varón de los de verdad: Álvaro para más datos, recomendado por Rosa Feliciano, una compinche del gremio de hostelería negra formada en una psicología general básica en su interacción con inquilinajes de varias realeas y latitudes. El nuevo huésped, muy puesto en su sitio, merecía todo un hurra. No dejaba señales a su paso: correcto, austero y silencioso o sea  el inquilino ideal. Claro que semejante título no puede ser concedido hasta dar tiempo al tiempo y comprobar lo positivo y su contrario en un balance final, que no puede ser hecho hasta el último día de estancia o de mantenimiento de un acuerdo. Pero por de pronto, Álvaro, cumplidor y pagador puntual me desgravaba de haber tenido que aguantar al antes citado que se había ido dejando rotos sin pagar y tirrias de tonto. Es  lo que tiene la praxis del alquiler de habitaciones al solicitante de ellas, Sea cual sea su procedencia y su credo, siempre que cumpla o prometa cumplir unos mínimos de respeto y de transacción económica, puede ser aguantado a pesar de no tener el menor interés humano. Una frase dura pero irreprochablemente exacta. Para mi gusto el mejor huésped era el que menos molestaba y el que menos tiempo de dedicación requería. El ideal era el fantasma silencioso. Con una entrevista en profundidad al principio de su período de estancia y  algunas notas durante mis usos del apartamento era suficiente. Un hola-adiós en las coincidencias también. Convencido de una cita de intereses distintos: los del que paga y los del que cobra, las motivaciones del uno y del otro están fuera de toda duda. Pretender otras curiosidades, como amistades, afectos o fórmulas contra el tedio y la soledad estaba fuera del todo y en todo caso fuera de mi planteamiento.

La talla de cada personaje puede ser comprobada a corto plazo con detalles nimios y de colección rápida: rotos no dichos, contradicciones  verbales, promesas incumplidas, amagatotis en la habitación, candado en el armario, excesos de tv. Carlos enriqueció mi anecdótica  con su perfil de  personaje confuso y temeroso de su Dios (creyente según declaró) aunque no se atreviera a dar la cara en ninguna oportunidad de disculpa y así crecer como hombre, debiendo ser su madre la que saldara su débito  pero sin poder excusarle su actitud. Al parecer, las drogas hacen estragos en toda mente. Sus correrías le llevaron a olvidarse un montón de cosas: una gorra de baseball, unas botas militares, una toalla, una sábana, un teléfono inalámbrico inutilizado, un despertador, lo cual daba una muestra sucinta de su dañada capacidad para la reflexión y para preparar una maleta como es debido. Ya no sabría nada más de él. Su historia correría por otro camino que ya no se cruzaría con el mío a no ser que viniera con una demanda asistencial, pero creo que el episodio le acompañaría como recuerdo mientras viviera y lo desautorizaría a sus propios ojos a contar de nuevo conmigo o con mis recursos.

Al volver a esas notas me di cuenta de que ni siquiera quedan las caras de los protagonistas de tales episodios. El tiempo es un tornado que lo barre todo. Del Carlos mencionado quedaba poco menos que humo y un cierto olor a su persona impregnado en los enseres. El único que se iría quedando como inquilino de larga duración seria Álvaro, el hombre invisible.

Este tipo de aspecto empobrecido, cuerpo contrahecho, esquivo, gesto torcido de miliciano, paraca cojo o más exactamente legionario con un corazón atravesado en el antebrazo y amor de madre a modo de bravata con tinta inyectada bajo la piel, y que vino a estarse un año se fue quedando varios, hasta diez, pude contar, antes de recapitularlo para este relato. De hecho sería el último inquilino como tal. Pese a su guarrería permanente, su infestación del cuarto de baño con sus efluvios fisiológicos y sus cigarrillos. Solía pagar y aceptó hacerlo mensualmente. Nunca limpiaba lo que usaba, la fregadera, los platos el la encimera de la cocina de gas, hacia gargajos estentóreos, jamás barrió, no se ocupó nunca de la escalera y se tomó la relación con el espacio como si se tratara de un hotel donde se lo tuvieran que hacer todo. Yo que no tenía nada de hotelero no me ocupaba de arreglarle lo que él desarreglara. A su favor diré que su relación mínima con el habitáculo también minimizaba su impacto. En algún momento alguno de sus gargajos impactó en el suelo de la escalera comunitaria pero eso no fue a más. En otro momento una de las vecinas me denunció judicialmente sosteniendo que el tal individuo era el arma secreta de mi familia biológica para presionar contra ella, que a la postre tenia el piso alquilado  de al lado por unos mínimos incluso inferiores a los que pagaba éste. En otra ocasión otra vecina, recientemente enviudada y probablemente trastornada por su soledad o por  lo que fuera, vino a decirme que el hombre invisible se propasaba con ella al coincidir ambos en la escalera y echarle los tejos. La verdad es que la timidez del invisible no lo facultaba para tales atrevimientos. En todos los años que hizo de usuario del apartamento no se le conoció mujer alguna, ni visita de nadie. Repartía su tiempo en tres cosas: la cama en la que se demoraba prolongando periodos excesivos, el trabajo de basurero al que iba a horarios intempestivos y los bares de la zona a los que se iba repartiendo a temporadas según entendí.

No era hombre de muchas entendederas pero debió entender al menos que en mi apartamento pudo encontrar la horma de su zapato. Yo no sabía realmente que hacer con el mismo: cumplía la función de trastero y de citas clandestinas más que de estudio aunque nunca dejé de llamarlo el Estudio. A partir de la insinuación de esta segunda vecina afirmando ser abordada por el tal, le planteé por primera y única vez que empezara a pensar en un domicilio alternativo. Luego reflexioné sobre  eso mismo ¿Por qué debía dejarme acobardar por otra nueva presión de denuncia judicial por este motivo? Le dije a Álvaro que podía continuar otros años sin que yo le pusiera de momento ningún límite. La verdad es que el apartamento no estaba para promocionarlo ante nadie más y más me valía a este conocido que a otro por conocer. En cuanto a la vecina le dije que si quería denunciar a alguien lo denunciara directamente a él y no me metiera a mi por medio y que averiguara ella su nombre.

El vecindario de toda la escalera merece una consideración literaria aparte. Álvaro se fue quedando. Anualmente le subía una pequeña cantidad el inquilinaje y por una curiosidad de la cábala existencial su alquiler era lo que pagaba los gastos de mantenimiento y consumos del apartamento dejándome una parte para mí. Seguramente yo era el último de los caseros y tan pronto este inquilino se fuera (despues de diez años una cierta cantidad de dinero habría acumulado para saltar a unas condiciones mejores de alojamiento) reciclaría su habitación posiblemente para otras cosas valorando en ese momento si meter a otro desconocido o no.

Gradualmente durante su estancia fui restringiendo recursos compartidos iniciales, tales como un teléfono de consola o el uso del salón, un microondas o un calefactor. Las marcas de sus zapatos embarrados en el suelo y otros detalles desconsiderados con los electrodomésticos me llevaron a privatizarlos. También el teléfono porque ya era la época de la telefonía móvil y todo el mundo trajinaba su cacharrito en el bolsillo.

 La relación continuaría en el silencio como una transacción ordinaria entre dos desconocidas. A pesar de todo de algún modo sentía deberle una explicación de la falta de contacto. Por su parte él pensaría que yo no me ocupaba de las condiciones del apartamento al sobrecargarlo con cosas y reducir el espacio transitable hasta la cocina. La verdad es que nunca hablamos de casi nada y tampoco de esto. Me enteré que era de Fiasterra, que había dejado algunos descendientes, que tenia una hermana en la misma localidad a cuya casa iba algunos domingos. Una vez al año traía chorizos de su tierra hechos artesanalmente y sin pasar por ningún control sanitario, chorizos de pueblo que él me ofrecía y que yo me zampaba en parte. 

 

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