Sexologia malbaratada.

 

Kama Sutra para la mujer. Cómo hacerle perder la cabeza.de Alicia Gallotti, Eds Martínez Roca156 págs. Un titulo goloso para un libro sin contenidos nuevos. En realidad es un artículo alargado y sumamente subdividido de unos pocos miles de palabras, Un titulo directamente mentiroso porque no tiene nada que ver con el libro originario del kama Sutra abusando de ese nombre dado su poder de morbo. En cuanto a la segunda frase es suficientemente explicito para indicar el objetivo de sus páginas aunque las pautas que den más que hacer perder la cabeza a alguien divulgan generalidades sexuales no exentas de desexcitación al presentar una mujer de perfil pasivo para que se las den todas hechas. Es posible que las exigencias de editorial se lo hayan impuesto y la autora, haya sucumbido a las estrategias de mercado. Lo cierto es que anda por su doceava edición, numero que he consultado en lo que lleva de década del 2000. El formato del libro está pensado para la vulgarización. Es posible que sea otra decisión de su editorial, Las paginas, unas 150 utilizan letras grandes y con formato de  columnas. A cada dos páginas hay un apartado y cada columna tiene un promedio de 5 o 6 palabras por línea. En el lado libre hay partes de párrafos entresacados. El texto no tiene más valor que un articulo generalista que por obra y magia de su tratamiento editorialista se ha convertido en un libro. Propone la sexualidad femenina desde el punto de vista de lo que le gusta y está dispuesta a recibir la mujer. Piensa en todo momento en una sexualidad heterosexual con lo cual deja fuera del libro otro tipo de sexualidad, la homosexual fundamentalmente o  -puestos a encontrar faltas- la orgiasta. Habla del ano y del anilingus y de la copula anal –temas que son los que dieron fama al libro primigenio de kama Sutra- pero no se excede. El tipo de gramática es aséptica como si la autora hubiera decidido ponerse a hablar de ello algún día para iniciar sobre el tema a sus hijos o a escolares de corta edad. Es un libro ideal para púberes o pre púberes por su ingenuidad en el trato verbal de las dos figuras, la femenina y la masculina pero que incurre en sesgos. El principal es la actitud de recibir de ella y la actitud de dar de él. Eso además queda apoyado por casi todos los dibujos ilustrados  que acompañan al texto. Casi todos ellos hay un hombre en posición de iniciativa y una mujer en posición de receptiva salvo en un par o tres sobre varias decenas. Las últimas páginas recuerda algún tipo de contagios por micosis y su modo de combatirlos colocada la información como una especie de pegote.

 De todos los libros consultados sobre sexología durante mi  vida es sin ninguna duda el más simple que he leído. Su lectura se hace con tres ratos muertos dentro del mismo día. No tiene ninguna complicación comprensiva y no propone ninguna osadía. La autora no se moja hablando en primera persona de su propia experiencia, algo que da un valor extra a otros autores y autores de libros sobre el mismo campo temático. No es que tuviera que emplear tal conjugación verbal pero ya que habla en nombre de las mujeres lo podría haber hecho de una manera más comprometida. Lo que menos se puede pedir de un libro es que nos enseñe cosas. Este no enseña nada nuevo, salvo –repito- a niños o a gente sin práctica sexual. El hecho de su divulgación y reediciones hace pensar en que lo que quiere un tipo de lectores o lectoras es lo más fácil. Ya esta bien que se hable libremente de sexo anal y bucal, algo que antes escandalizaba, que ahora  ya forma parte de las sexualidad ordinaria. El otro sesgo del libro es presuponer que la sexualidad femenina prioritaria o fundamental es la heterosexual. El subtitulo es suficientemente explicito: el de un pequeño manual dirigido a mujeres para hacer ir de culo (perder la cabeza) a los hombres. Descarta pues –ni siquiera la menciona-  otra sexualidad homo como otras fuentes de placer complementarias o alternativas. En conclusión un libro que no contribuye para nada a la sexología y que dudo que lo pueda hacer con la sexualidad, pero si a alguien le sirve para abrirle los ojos, desanudarle la lengua y expresar su deseo ante su partner: “hazme esto o lo otro”, “lámeme detrás”, “métemela por el ano”, que sea bienvenido como abridor de algunas mujeres para empezar con sus transgresiones sexuales.

Comunicación clausurada.

 

Antílogo.

 

Desde la posibilidad de los recursos comunicativos se pueden establecer  tres inmensos grupos de comunicación con los demás. Se  deducen así: de la inmensa mayoría que nos cruzamos en la vida (también en la autopistas, los aeropuertos, los aviones  y la carreteras donde no paramos ver gente lo mismo que en las grandes salas de espectáculos y en las calles más neurálgicas) solo hacemos tentativa de habla –o participamos de ella- con una insignificante minoría. De ésta, una inmensa mayoría de ella el contacto no pasa de unos intercambios de saludo o unos primeros sondeos. De la que queda, una minoría de una minoría pues,  se desarrolla una relación, en principio con apariencia de profundidad, se habla de distintos temas y se hacen unas cuantas confidencias. Todo anda sobre ruedas hasta que la incompatibilidad es manifiesta o un cierto temor a seguir avanzando aconseja no continuar. La extensión e intensidad comunicativa puede alcanzar un límite y de hecho lo alcanza cuando se comprueba la ausencia sintónica. Eso pasa de una manera tan continua que entra dentro de lo que se  califica como normal y por tanto no pasa de ahí en la reflexión y en la interpretación. Es perfectamente razonable que la mayoría de contactos humanos que tenemos y con los que nos vamos encontrando a lo largo de los años queden readecuados en función de la intensidad empática, de la necesidad concreta del otro para asuntos compartidos y de su aceptabilidad. Nadie puede asumir en su biografía todos los contactos que pasan por ella. Es materialmente imposible, por tanto parece lógico que vaya fluyendo gente, que vaya pasando y dejándola pasar, sin quererla retener. Un individuo social podría tener el símil de  la noria de un molino que necesita del agua que la hace funcionar pero que ese mismo funciona implica dejarla pasar con el río con la trae. El ejemplo plástico tampoco es tan bueno, puesto que un individuo no está permanentemente en contacto con los demás y toma sus precauciones para parar y no dejarse mover por la corriente o peso de los demás, pero sí nos sirve para precisar esta  Otro asunto es empezar relaciones con el adiós asegurado antes de desarrollarlas. Expuesto así parece que toda relación es instrumental puesto que su clausura está anunciada desde antes de ser establecida. Tal crueldad no lo es tanto al cambiar el término de relación por el de contacto. Si la premisa de que la mayoría de contactos humanos son efímeros y no tienen continuidad no es ninguna amonestación pensar que en la misma esencia de ellos está su finitud, No se espera que de cada comerciante, camarero, taxista  que nos atiende  o presta un servicio se convierta en un nombre en nuestra agenda. No esperamos que cada uno de nuestros clientes se convierta en nuestros amigos, aunque haya una publicidad engañosa de determinados negocios que digan lo contrario. La probabilística dominante es que la mayoría de contactos humanos sea por cuestiones tecno-asistenciales, comerciales, laborales o incluso confidenciales, no tienen porque esperar una continuidad. Dentro de los que se repiten (la consulta episódica al medico o al psicoanalista entre muchos de  ellos) no tienen porque dar lugar a una relación afectiva intensa o a una comunicación informacional intimista. Se pueden tener y se tienen relaciones de por vida que no proporcionan cuadros emocionales ni amistades y otras que no pasan de un año que han podido desarrollar confidencias intensas hasta que han dejado de ser interesantes por una o por ambas partes. La presunta relación ideal es la que está ahí para toda la vida, pero esto choca con los cánones del mundo moderno: tanto por sus prisas materialistas, como por el mayor potencial de movilidad y reubicaciones de la gente, como por el cambio de paradigma de la función misma de cada relación humana. Es preferible contactos en profundidad que relaciones de larga duración que se mantienen permanentemente en la superficialidad. Conozco gente desde hace décadas con las que hay poco más que un saludo o frases protocolarias que no suman más de una  o dos horas después de tanto tiempo. Es una experiencia generalizable. ¿Quien no tiene personas en su campo visual cuyo contacto comunicativo es escaso aunque guarda la deferencia? Apuesto más por la comunicación en profundidad cuando es posible que no por la distante pero las adversidades encontradas en multitud de tentativas me ha hecho reposicionar en tal cuestión reconociendo una evidencia absoluta; los cuadros relacionales con relaciones que no pretenden la profundidad son la mayoría resultando que relacionarse es un arte que pasa por la habilidad de eludirse. Un contrasentido con multitud de facetas que da lugar a una polifonía de maneras verbales consistentes en hablar y no decir o hablarlo todo diciendo lo menos posible.

Eso no es terrible. Un correo sostenido y continuado puede servir mucho más incluso que una relación verbal continuada condicionado por los límites de la comunicación. Los hablante tenemos lenguaje y conceptos, informaciones que dar y una escucha para las que recibir, lo que no tenemos es la garantía de poderlo aguantar todo. Cuando no hay sintonía con la otra parte, en las formas de las ideas, en el trato o en las prisas, por no decir en la incompatibilidad filosófica, existencial o en las ideas políticas, pretender una comunicación en el aire es auto engañarse y engañar. Cuanto antes se pongan las cosas en claro mejor y más rentable para todos. En Una apuesta comunicativa me permití  un conjunto de cartas que tenían el tiempo contado. Nunca antes tuve una claridad tan evidente de ello como en esta ocasión. Sabía –como se suele saber- que todo tiene un principio y un final y que no hay ningún proceso vivo tal como concebimos la vida  que pueda ser eterno. Tras explorar unos cuantos campos temáticos y no vibrar al unísono dos corresponsales tratábamos de componer un coro desacompasados. El resultado no pudo ser otro que el que fue: buscar otros depositarios de palabras esperando una sintonía mayor. Conocía mis límites: los de un sujeto asintótico buscando permanentemente la sintonía que a veces, en los momentos más down, se le antoja como imposible. Buscar  para mis palabras un cómplice  con sensibilidad artística  que me aceptara como depositario de las suyas y que me ayudara con mis déficits sensoriales además de profundizar como amigos  parecía ideal, justo hasta el punto en que –como suele decirse- tempos biográficos distintos y visiones diferentes de la existencia nunca nos permitieron caminar juntos a pesar de seguirnos la pista durante una temporada. La contradicción comunicante en la que he caído es la de expresar la necesidad comunicativa, la mía,  en un interlocutor lisiado para aceptarla en la forma  que he podido hacerla, no estando dispuesto a acomodarme a sus exigencias de longitud restringida y maneras verbales tópicas generadas por el trato descriptivo.  

 El valor de una comunicación clausurada es que deja el canal abierto y la recuperación de tiempo libre para reconducir la energía y  la necesidad de escribir y hablar hacia otras interacciones con más posibilidades de correspondencia y comprensión. El acto comunicativo no busca más que un cómplice, puede ser completamente distinto a ti pero no puede fallar en su rol de colega para la escucha y la comprensión para saber de que va la historia de las palabras.



[1] http://sussanamaraselva.blogdiario.com/1193599320/

Politica y Expectación

 

La Clase Política y sus Espectadores.

La sociedad del espectáculo hace de toda escena llamativa un pretexto para atrapar la mirada pública. La clase política no queda libre de ello. Estar al corriente de sus vaivenes, sus declaraciones, sus contradeclaraciones, las mociones parlamentarias, las leyes en curso, los escándalos y todos los demás detalles de esa producción continua de su que-hacer, es lo que se entiende por interesarse por la política. Quien se interesa se inaugura en su condición de espectador. Eventualmente hace de actor cuando decide intervenir en el panorama social no dejando que las cosas importantes de la existencia social colectiva queden en manos de sus supuestos expertos. La visión al respecto para un licenciado en ciencias políticas es completamente diferente: la política es la consecuencia de un saber, de la elección de una carrera, del dominio de unas determinadas materias jurídicas. Lo cierto es que profesionales de la política están vinculados

a carreras ad hoc. Se dedican a la diplomacia o se hacen expertos en relaciones internacionales. Tienen una visión de la historia como un proceso de negocios entre poderes a través de sus representantes más o menos notorios que han dejado huella y leyenda. Para otros puntos de vista, el mío entre ellos, la política es la acción social o más exactamente la acción de todo individuo que acarrea un impacto social. Es una perspectiva más aristotélica y menos elitista. La condición política es un atributo del ser humano en su interacción con su especie desde el momento en que se organiza con ella para sobrevivir.de aquí la definición categórico y aunque inexacta no incierta de que todo es política. Su negación de plano por la vía declarativa de apoliticismo sigue generando una enorme cantidad de equívocos y de pierda de tiempo. Cuando alguien no tiene opinión sobre un acontecimiento social puede suceder dos cosas, o que teniéndola no quiera decirla para evitarse una discusión o que realmente no la tenga en absoluto lo cual indicará un encéfalo (grama) plano, alguien sin sangre en las venas, sin pasión en el ama, sin ideas en las neuronas. El apoliticismo tiene otro equívoco añadido el que etiqueta a posturas que se reclaman de una revolución pero que ni quieren entrar en la competencia por ningún poder.

Lo dominante de las sociedades y de sus trifurcas es la segregación de una clase política cuyo común denominador en todos sus miembros sea cual sea su partido de pertenencia de un posibilismo para cambiar las cosas. Un político profesional se parece a otro porque ambos quieren el poder o más poder desde el que instrumentar la aplicación de su programa de cambio y se diferencian por los objetivos de los cambios pendientes y las pautas de ejecución. La mayoría crítica de la sociedad asiste como convidada de piedra al espectáculo que nos ofrecen a diaria.

De política y se habla mucho, es uno de los espectáculos a veces mejor que cualquier culebrón de las teleseries ficciosas, otro asunto es que ese hablar sea netamente polemista, contribuya al debate en profundidad y aumente la tasa de conciencia general.

En la condición de espectacularidad asistimos a una clase que deja mucho que desear pero es difícil recordar la existencia de una clase política digna en otras coyunturas o países. Hay lo que hay y a fuerza de bombardearnos con imágenes y discursos uno se acostumbra a sus caretos y prosodias. Los tenemos en casa casi cada día y no podemos evitar regalarles una cierta simpatía. Al fin y al cabo el político en activo no es más que la expresión del individuo anónimo de la sociedad que no quiere mojarse para ir de protagonista de primera líneas por los lugares.

La prevención popular de no fiarse de los políticos está más que fundamentada, pero la desconfianza es generalizable al mismo pueblo que no suele estar a la altura histórica de las reivindicaciones sociales largamente esperadas. El que sea inocente en temas de estado pero también en temas de sociedad que tire la primera piedra. Una parte de los espectadores del acontecer social creemos participar a favor de la circulación pública de las ideas y de un debate futurista participando en los foros digitales o escribiendo artículos. No se nos escapa que lo que da fuerza de cambio en una tesitura es pelearse frontalmente contra posiciones inmovilistas a favor de nuevas leyes marco que permitan desarrollos, más salud y más paz. Es muy distinto bregar con las posturas reaccionarias por leerlas publicadas a tener que convivir con ellas en un mismo parlamento y encontrárselas por los pasillos. En este sentido el político crítico liberal es un héroe a su manera al que rendirle un homenaje aunque no nos convenza la línea de su partido. El más afamado de los políticos te puede traicionar, forma parte de su entelequia y constitución vocacional, y si bien puede ser muy apto por algo también puede ser deplorable en otros aspectos. Abraham Lincon uno de los padres de los Estados Unidos conocido entre otras grades frases por la de que  “el gobierno de la gente, para la gente y por la gente” no está exento de chascos.  Tal frase emblemática, desde el Gettisburg adreess,  que ha sido citada en foros, no debería ser mencionada sin citar al mismo tiempo que su autor estaba por la superioridad de estatus de la raza blanca y en contra de llevar a cabo el camino de la igualdad social. En resumen fue  un racista reversionado que la historia y la diplomacia reciclaron convenientemente para servir como el baluarte de la libertad americana.

La política profesional es un gremio farandulero que genera expectación y distracción a base de incitar a seguimientos de callejones sin salida o de temas diletantes demorados generación tras generación pero la expectación pasiva de todo eso, el grueso de millones de espectadores que no  hacen  -o no hacemos- otra cosa que hablar no es menos criticable que aquella.  Una ojeada por los foros digitales demuestra que los temas de actualidad y de política son los que se llevan más visitantes, lecturas y comentarios mientras que otros temas están a una distancia estadística inferior. Y es que hablar de política lo puede hacer todo el mundo, hacer cambios sustanciales es otro asunto. No es que la clase política tenga la garantía de hacerlos. Su oficio circense es muchas veces el de distraernos, pero por su lado los espectadores tampoco contribuyen/imos a gestar unas circunstancias mejores mientras no se cambie  de la ubicación en la platea a la participación en la escena. A favor de estos, la inmensa mayoría de ciudadanos, habrá que decir que siempre es mejor mantenerse en una actitud alerta de seguimiento de lo que hacen los actores que dejarlos a su libre albedrio declarando las más tontas de todas las frases: “es que yo soy apolítico” o “no entiendo nada de política”.

La Carta Publicada

 

Hay un cierto pudor entre lo que se dice a alguien de una manera personalizada y ese algo que se ha dicho convertido en material de lectura para terceros. Se desea proteger lo privado de todo posible chismorreo y la inhibición de los detalles personales pero la verdad es que somos consumidores de grandes historias privadas. Con géneros como la novelística, la poesía o el teatro no se para de acceder a ellas-

El voyerismo no solo se da en adicciones a determinada prensa del corazón y telebasura, también es la condición propia del telespectador de las noticias del mundo y del ciudadano culto que suele frecuentar el teatro y el cine. ¿O acaso en estos templos del culto a la palabra y a la imagen no hay una cierta dosis de espionaje de lo que les sucede a vidas ajenas, históricas o actuales? El espectador tiene la coartada de lo cultural. Se desplaza por los sitios para aprender. En tal aprendizaje no evita el rol de la indagación de lo que dijeron y pensaron otros que nunca conocerá y que tal vez nunca quisieron ser mostrados como mercancía de información. También se aprende  a costa de la no-voluntad de quienes nos enseñan aunque sea a través de intermediarios que los han descubierto o desempolvado.  Hay personajes históricos de los que siempre se puede sacar madera. Ahora que escribo éstas líneas Stalin es representado por Flotats y aunque se trata de un personaje perfectamente ubicado en la historia y superado por ella –por mi parte, leído, estudiado y odiado en su momento-  deseo ir a verlo. Admito la contradicción entre la posición crítica a una figura o un legado y el deseo de seguir interesado en ella como subproducto de un pasado. Pero lo que llamamos cultura es esto: un continuo hurgamiento en cosas conocidas o semiconocidas, con nombres y autores de marca, con textos imperecederos que hablan de historias fascinantes. Los grandes textos basados en hechos reales fueron las lanzaderas al mundo entero de las intimidades de sus protagonistas que tal vez  -no lo sabemos siempre- no quisieron que fueran conocidas. Si hubiera prevalecido la protección de la intimidad la historia se habría quedado sin héroes ni leyendas, sin anécdotas para la mitificación y sin la `posibilidad de desvelar las verdades ocultas. Es así que lo personal es una denominación flaca que no suele conseguir su propósito de la privacía asegurada y tan pronto interesa a los domas la dentellada del público ávido de conocer datos no se hace esperar.

La carta personal junto al diario íntimo han sido siempre definiciones de privacidad. Todo el mundo sabe que leer correo ajeno dirigido a otra persona no está bien. Es una falta de formalidad severa abrir los sobres y espiar sus contenidos. Eso lo hacían determinados funcionarios tachando las líneas  dirigidas a sus prisioneros o enviadas por estos, también en correos metiendo espejitos de dentista por las ranuras para ver si había palabras malsonantes para la dictadura. También lo hacían los niños maleducados o los parientes cercanos ávidos de ejercer el control sobre la víctima por la vía de robarle información privada. Leer los diarios es otro tanto. La experiencia de que te roben el diario personal o que lo husmee alguien cercano o con suficiente confianza para que tenga accesibilidad a él es una experiencia muy, muy desagradable. La destrucción de diarios y cartas privados por motivos personalistas en manos de parejas resentidas o su robo es algo que sigue sucediendo.

Toda su categoría de privacidad no quita que formen parte de los archivos y documentos de consulta cuando su autor o su destinatario están vinculados a figuras importantes en los campos del saber, de la filosofía, del arte, de la política o en cualquier otro asunto destacado. Gracias a ese acceso se pueden conocer aspectos de sus autores que quedan insuficientemente expuestos a lo largo de sus obras públicas o pensadas para la publicación.

Si además resulta que el texto privado además de detalles irrelevantes contiene información privilegiada de lo que hace, piensa o proyecta quien lo escribe, se puede entender otras partes de sus proyecciones de tipo público.

La carta personal aunque vaya dirigida a una sola persona con un rol suficientemente establecido de confidencialidad utiliza un desenfreno y una espontaneidad que el texto de ensayo o el relato no se permiten tanto. En una carta se ve más las trazas de un autor que en un libro. Por otra parte aquella tiene siempre un receptor y como mínimo la seguridad de una lectura, (aunque también hay que decir que hay lecturas que no se atreven a llegar al final por miedo) mientras que este puede estar esperando años para la edición. Lo cierto es que cuando de un autor que sabemos algo y hemos leído parte de su obra, un editor se ocupa en publicar sus cartas que se han salvado de censuras familiares o de los allegados, no se suele tener problemas de conciencia para acceder a ellas y devorarlas. Lo mismo se puede decir de los diarios y de las  biografías. Mas bien el acercamiento a estos tres tipos de materiales se hacen con un interés respetuoso o correcto y con el deseo de saber. Ningún lector tiene la sensación de espiar a alguien, que posiblemente ya está muerto, por leerle su correspondencia privada o leer a sus críticos que hablan no solo de su obra sino también de su privacía. Sin embargo el lector de este tipo de libro no hace algo substancialmente distinto a lo que hace la mamá controladora de su hijo adolescente o al hermano cabrón que también se suma al espionaje. Hay una gran diferencia, el sujeto espiado en vida no desea serlo, los papeles privados de autores muertos forman parte de la llamada cultura a compartir.

Desde que escribo o me dedico a conjugar el verbo escribir de todas las formas posibles  vengo escribiendo cartas. Al principio fueron voluptuosas e intensas pensando en encontrar del otro lado la suficiente complicidad para escribir las suyas, compartir libros y seguir indagaciones. De los cientos de personas a las que he escrito o con las que me he escrito las menos se prestan al juego dialéctico de escribir y contestar y volver a escribir y volver a contestar. A pesar de todo he continuaod haciéndolo. Con una pequeña cantidad de ellas he tenido el privilegio de ir más allá de una primera ronda de sondeo recíproco. He atribuido esa ineptitud  o renuncia generalizada para la correspondencia a uno de los déficits comunicativos del ser humano. Prefiere otras formas de contacto, fundamentalmente la oral, la telefónica, o en otros tiempos la telegráfica y ahora modernamente el párrafo breve de email que a la carta que haga de híbrido entre el ensayo y el relato. Ni siquiera los más intelectuales son amantes del correo personal, prefieren el artículo sesudo y la trinchera de sus formas neutras y apersonales de expresión.  Todas esas razones no han impedido que siga practicando el correo privado en el cual me siento –lo confieso- gratamente confortable. Al ser distinto de escribir para un corrector lingüística ni para un periódico o un blog da una enorme cancha de libertad para introducir todos los giros que se te ocurran.

Llegado el momento de convertirlo en público, posiblemente solo el nombre de autor o el nombre implicado del destinatario si tienen alguna otra clase de resonancia pública pueden ser el motivo para el interés ajeno.

Lo correcto es pedir permiso al destinatario, sea cual sea el final de la relación que se haya tenido con el mismo, antes de pasar a publicar los textos que se escribieron pensando en él o ella, mucho más si un dossier de cartas incluye las de las dos partes. Pero el asunto no es tan grave cuando el correo personal tiene más de disertación que de anecdótica y que el b agaje de intimidades implican más las verdades del autor que las de la otra parte.

Históricamente ha habido autores que han alcanzado prestigio y notoriedad de vida que para no hacer daño personal a las personas con las que han tratado y con las que se han escrito han dejado pautas inequívocas de no publicar sus textos privados hasta un tiempo después de la muerte tanto de ellos como de aquellos a los que han puesto a parir. Es un detalle.

Un texto privado es como una especie de top secret que el tiempo se ocupa de desvestirlo en su maxi-importancia y lo mismo que los papeles de los estados  terminan por ser desclasificados y dados a la luz. A la larga todo sin excepción debería pasar por ello porque los siglos de las tinieblas se auto justifican por el temor a revelar los detalles y las privacidades y eso va en contra de la liberación de la sociedad de sus dolorosas tradiciones de las mascaradas.

Más Amor

La demanda de amor público. (Comentario de rótulo callejero).

“+Amor en este mundo”.  (Pintada en el carrer Casimir de Cerdanyola).

Ya va bien que progresivamente la clásica pintada política de la consigna vaya dejando paso al grito sentimental del pueblo anónimo, es decir de sus anónimos valientes dispuestos a mantener encendida la antorcha del deseo humanista. Posiblemente sí, todo lo que necesitamos es amor. Ya nos los dijeron los Escarabajos de Liverpool y nos lo recicló Jesús Paredes. ¿pero como meter dosis de amor a las venas de este mundo? ¿Por donde pasa eso de más-amor? Veamos: Mirarnos a los ojos cuando nos cruzamos por la calle, preguntarnos por como estamos realmente interesados en saberlo, practicar el acto solidario espontáneo, regresar al uso del piropo bonito y dejar que las mujeres también lo practique  sin que eso sea interpretado como acoso de los unos y puterío de las otras. Todo eso son formas amorosas. Compartir, dar, estar dispuestos a recibir, interesarnos por el otro, ser deferenciales, no aferrarnos posesivamente a nadie clavándoles picas de flandes en sus corazones. Todo eso debe ser amor. Ayudarse, interesarse por el desconocido, por sus problemas. Eso es amor. Claro que concretar lo no es algo tan fácil. Predomina la costumbre de habitar en la indiferencia, de pasar sin ser vistos, incluso de existir sin vivir, que la propuesta de más amor nos coge por sorpresa. Imagino la mano que escribió esto: una mano de una persona dulce, una mano poética con un texto sumamente radical por su ingenuidad. Todos fuimos cogidos desprevenidos. Los que más los poderes nominales y fácticos, que están acostumbrados a la reivindicación política precisa (libertad detenidos) o ecologista (reciclaje y protección de zonas como espacios verdes) o economicista (menos horas de trabajo y más sueldo). Claro que la pintada no es para ellos sino para todos, para que cada se la lleve a casa y la medite: hoy he leído eso y me ha dado que pensar le diría uno a su familia o a sus amigos. No creo que el texto haya tenido tanta suerte. Si alguien se ha dado cuenta de su existencia y encima lo ha comentado que lo diga. Si su autor/a me lee ánimos desde aquí para que siga produciendo eslóganes tan brillantes como ese.

Cuando te pones a enumerar acciones amorosas es posible que te tomen por imbécil, como eso que he dicho de la recuperación del piropo (ya sabemos que un piropo pide un maestro de la prosa rápida y muchos paletas lo han estropeado haciendo de paletos) pero lo que pasa es que no estamos preparados para ser protagonistas del amor. El amor es algo para la alcoba, para las privacías, para el fortín del dueto y luego a lo mucho, una palabra hueca que resuena dentro de algunos templos. Examinemos los  discursos de los políticos y hagamos  sonar un píiii cada vez que pronuncian la palabra amor. ¿Alguien se la ha escuchado alguna vez? El pito se quedará infrautilizado. No, el vocabulario se reparte por sectores y esta palabra forma parte de las intimidades de consortes que hacen sus pactos de sexo, placer y cariño y a escala pública de telepredicadores o simplemente predicadores que parecen tener la exclusiva de explotar su significado. El amor ciudadano suena a  constructo inverosímil.

Aunque un gabinete de dirección social, un consistorio, un gobierno, la plana mayor de un ejército, los caporales de las guardias o  la cúpula ejecutiva de una empresa podrían instrumentar días para la celebración del amor. ¿Qué tal un día anual para el beso público? Hubo días señalados para los ancianos en los que las pubillas los llevaban a bailar puede haber otro programa de días en los que se priorice el amor a la gente y entre la gente. Es difícil que un consistorio asuma locuras como ésta cuando se demora tanto en cuestiones fundamentales de urbanismo pero el ciudadano inexperto nunca pierde la esperanza y confía en que el amor reemplazará la desidia y el odio prevalentes en este mundo.

 

Los ojos de dios

 

 

La  instalación de videocámaras en espacios públicos no se hizo sin una cierta oposición. Hasta aquel momento las cámaras de circuito cerrado se habían usado para vigilar las esquinas de los cuarteles, las portaladas de las grandes empresas o los interiores de establecimientos muy custodiados. La cámara de vigilancia en bancos o empresas fue justificada  e inmediatamente incorporada por razones de seguridad. La custodia de las cajas fuertes  y la disuasión de los asaltantes eran sobradamente razonables.  Recuerdo las primeras de ellas. ¡enormes! Su extensión e instrumentación  desde entonces  en  miles de puntos ha sido rápida. Toda esa trama de ojos de  visión automatizados o con control a remoto da cuenta del estado del tráfico o de las montañas, también de lugares en establecimientos públicos fuera del ´ángulo de visión directa de sus empleados. A parte de los edificios y casas que miran por esos teleobjetivos antes de preguntar quien está al interfono la cantidad de cámaras ubicadas estratégicamente y sin ser detectadas es tal que hoy día un viandante urbano entra en el campo de acción de ellas sin siquiera advertirlo.   La sofisticación tecnológica ha ido permitiendo colocarlas de varios tamaños en todas partes, desde las más clásicas que se sabe que lo son a las más diminutas que pasan desapercibidas entre rincones de estanterías en el comercio. Entre las unas y las otras las medio esferas negras que están fijadas en los techos con un teleobjetivo dentro que no se sabe en que dirección apunta son las más misteriosas. El cliente podía inicialmente sentirse espiado en sus gestos. Recuerdo perfectamente mi malestar cuando el restaurant vegetariano que frecuentaba las instaló en su comedor de arriba donde solo estábamos los comensales. En una primera etapa las cámaras parecía que nos trataban a todos como sospechosos. En la actualidad hemos aprendido a coexistir con ellas sin prácticamente advertirlas. Gracias a ellas cosas que suceden y de las que antes había noticias breves que no se les hacia caso o silencio total ahora dan cuenta de brutalidades inadmisibles. El video documento es un prueba irrechazable. Supera incluso la grabación de audio y la foto de plano fijo. Es curioso que muchos ataques de violencia gratuita de fachas contra inmigrantes o indigentes ante las  que la sociedad ha reaccionado sin fu ni fa, activen un proceso encadenado de reacciones de repulsa cuando son apoyadas con imágenes elocuentes de una conducta violenta e injusta.

Dado el crecimiento de la tasa de violencia pública en sociedad –también de la privada a juzgar por la mortandad anual por caos domésticos y enfrentamientos sentimentales-  la implementación de cámaras y su grabación continua no harán más que ir en aumento. La instrumentación de control es un hecho que lamentablemente no podemos tratar de circunstancial. La actualidad y la curva de violencia de los últimos tiempos hacen pensar que todo tiende a ser protegido por cámaras. Nos aseguraron que dios estaba en todas partes y lo veía todo. Es cierto. Sus ojos no paran de aumentar. Son disuasorios para hacer adquisiciones sin pago en grandes almacenes pero también para cometer actos violentos en transportes públicos o lugares especialmente peligrosos por falta de público. Es conocido que el perfil del violento se lo auto reprime en una situación colectiva en que tema poder ser intercedido o contraatacado por otros aunque no siempre el público está a la altura de su segura fuerza colectiva.  A través de los ojos de dios el personal subalterno al cargo de los monitores que tratan las imágenes o repasan las grabaciones se puede aprender mucho de comportamiento colectivo y desde luego tener información suficiente para interceptar, detener, neutralizar, procesar y condenar a un indeseable que va pegando tiros con su Colt contra todo lo que no le gusta. Paradójicamente el sistema de visión que en principio fue interpretado como un sistema de vigilancia y de control mas centrado en la seguridad de los grandes caudales se está convirtiendo en un sistema de información formidable con aplicaciones prácticas a la protección ciudadana. No me extrañaría que a la larga las cámaras alcanzaran zonas más privadas por imposición tal vez pero también ¿por qué no? por testificación contra falacias y falsas denuncias.  Ya empiezan a serlo en cuanto vestíbulos y jardines de edificios comunitarios pero tal vez lleguen a los salones y a las alcobas de domicilios particulares. El big brother  seguirá extendiendo sus tentáculos de visión de la intimidad ajena. Resulta molesto tener que reconocer que esa mirada electrónica tenga un potencial disuasorio para la protección de la vida y la integridad de los individuos sintiéndose seguros al andar libremente y no arriesgarse a sufrir asaltos o agresiones por tropezarse con gente que no aprende a vivir con sus semejantes. Ciertamente las cámaras siempre tienen ángulos muertos y las filmaciones que proporcionan tienen pixelaciones deficientes. Tampoco se puede contar con ellas como poder disuasorio para que la gente tenga un comportamiento respetuoso. Finalmente el tipo de carácter violento es un tarado que terminará por hacer daño en una zona u otra, eligiendo a una persona diana para descargar con toda su furia sus fracasos existenciales.

El tema de la video vigilancia emplaza a dos interpretaciones diferentes aunque  la predominancia de su defensa como recurso tecno de información difícilmente va a ser contrarrestada. Resulta que no siempre los ojos de dios que nos observan son para controlar la transgresión legítima en determinados campos de consumo, sino también para controlar la agresividad inaceptable de personal muy violento.

Sangre de Bestias.

 

“Cap torero sense cornada”. Ningún torero sin ser corneado. Texto mural que no deja lugar a dudas[1]. Si uno quiere ser torero que pague al menos con una cornada por su aventura. Dado el fracaso de la razón ilustrada para convencerle de que no lo sea y de la fantástica canción de Albert Plá ridiculizando ese mal entendido oficio del valor, el  torero que se precie al menos que se descojone (en el sentido literal de la palabra de quedarse sin huevos no en el figurado de partirse de risa) si quiere demostrar al público su coraje a costa de cobrarse la vida de un animal preparado para el espectáculo de la sangre. No dudamos que los entendidos de tauromaquia tienen en su haber argumentos de todas clases que van desde la mitología a las razones económicas para sostener cortijos infrautilizados agrícolamente. Por otra parte, el traje de luces, el tendido, la dedicación del toro a la figura ilustrísima de turno, la embestida de jinetes y caballos contra el animal  y el supuesto  atractivo del rojo que brota de costados y espalda del animal atrapa miradas de un tipo de personalidades cuando menos curiosas para el estudio, para repasarlas con lupa y proponerlas para test de psicodiagnóstico. Me enseñaron de niño que no es nada humano gozar a costar del sufrimiento ajeno, aunque se tratara de vidas ajenas diminutas e incluso irritantes. Recuerdo haber capturado algunas moscas que le arranqué las alas, una araña que encerré en una caja de plástico transparente y disparé en una sola ocasión contra un  ruiseñor. Pagué ya por ello y nunca más repetí tales fechorías. Todavía experimento vergüenza al recordarlo. La muerte gratuita no tiene el menor sentido. Estamos rodeados de ella. La ingesta de la carne te convierte en cómplice de una industria que sistemáticamente organiza la muerte de animales para consumo masivo. A otra escala intentar sobrevivir haciendo campismo pasa por cargarte una cierta cantidad de moscas y mosquitos empeñados en no dejarte en paz. Es difícil encontrar un ser humano que de un modo u otro no participe en una cuota de responsabilidad de la destrucción de otras vidas. Otro asunto muy diferente es participar en calidad de público por la avidez del espectáculo que proporciona. Lo triste es que no podemos dudar que haya gente que realmente disfruta viendo como se acosa y se tortura a animales. El hecho de que mucha gente siga pagando sus entradas para esto y llene plazas o siga espectáculos  descalifica el país que compartimos con ella, Es simplemente vergonzoso para todos. Lo que para esta gente es cultura para otra gente es una humillación. Los reportajes videográficos de infelices que están junto a la barrera y son atrapados por embestidas del toro al que no  le calcularon su fuerza forma parte del lote de autodefensa animal. Deben llevarse una buena lección a casa,-si sobreviven-  en particular los turistas extranjeros que asoman las narizotas en puntos de riesgo sin saber muy bien a lo que se exponen. El espectáculo es desigual. El animal es forzado a ir a esa particular forma de matadero, el torero y el público están ahí por voluntad propia, los empresarios de esa farándula vienen viviendo de ese cuento desde hace mucho sin que nadie les pare los pies, incluso contra normativas de determinadas ciudades como la de Barcelona que a pesar de todo siguen con deplorables corridas,

La sangre entre bestias puede mezclarse, toda es roja, la una tendrá el  ¡ai! y el clamor de un público cuando su héroe es cogido por los puntiagudos cuernos del animal, la otra raramente el indulto y la vida. El uno es un ser humano con nombre y recordatorio, el otro una bestia que se parecerá demasiado a las otras como para recordarla. El uno irá al cielo de los creyentes, el otro será descuartizado y zampado. De cada parte del toro se hará leyenda para conseguir potencia sexual. La bestia morirá casi todas las veces y el héroe será reclamado desde las tribunas aunque quede un poco maltrecho y siga persistiendo como mataroros hasta que un torno lo mate a él. Todas mis consideraciones para el animal forzado a servir de plato fuerte a los sádicos que gozan con su dolor, ninguna consideración para toreros, cuadrillas, aguijoneadores, público en general que para gozar necesita ver sangre, peor que los propios vampiros que al menos la necesitaban para renovar su vida corpórea inmortal.

Sabemos que los espectáculos tauromáquicos y cuales quiera otros basados en el sufrimiento de animales, sean los que sean, cabras o gallos, o patos, terminaran por ser prohibidos y pasaran a los archivos municipales y estatales. Mientras que eso no llegue no hay que ser tan comprensivos con sus practicantes en aras a que su tradición pasa por ahí. Que la cambien. El elogio del sufrimiento no tiene nada de cultural. Lo menos que se puede hacer con sus seguidores y profesionales es mostrarles un desprecio inequívoco y desde luego no subscribirlo en ninguna de sus formas. La silueta negra del toro en los coches españoles en una cierta abundancia todavía recuerda que la gente se presta a la tontería de  significar a España con una de sus formas mas brutales, ignorando que ya esta en otro tiempo y sus toros es todo lo contrario a algo de lo que pueda sentirse orgulloso.

Por ultimo en los ruedos, si hay alguien que tiene valor es el toro no el torero, cuya técnica lo predetermina para ser matador (asesino es la palabra precisa) con el paripé de un rato de olés y movidas, en lugar de matado (no precisamente asesinado).El torero se enfrenta a una muerte casi segura. Su energía y su pelea lo ponen a la altura de la situación, ¡que remedio! En cada corrida se citan un animal defendiéndose y una bestia atacando, no es difícil adivinar quien es quien.

 



[1] Visto en una pared de un edificio en ruinas cerca de la biblioteca comarcal de Amposta

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