PENSARES y PESARES

Ante la represión constante

Ante la represión como constante.notas

 

Las agencias de espionaje en tanto que están al servicio de políticas de estado interesadas en el control interno no se destacan por su inteligencia al tratar de controlar a individuos ignorando la esencia de los movimientos. Durante la era de partidismos y de comités centrales o de resistencias armadas con planas mayores de mando, espiar a líderes podía tener un sentido para sus archivísticas interesadas en descabezar los movimientos, ahora los movimientos están un tanto desliderados y no necesitan cúpulas dirigistas (de hecho, el dirigismo y quien pretende posicionar su nombre como neurálgico es mal recibido por el espíritu democrático-real). El espionaje profesional no entiende que los movimientos de lucha son reacciones a coyunturamas de injusticias y que aunque suprima a todos y cada uno de sus activistas y protagonistas, esas situaciones objetivas vuelven a regenerarlos con nuevos luchadores y luchadoras. La tecnología informática permite sin embargo crear archivos de control con millones de expedientes. Cada estado en su embrionaje totalitarista terminará planteándose si no se plantea ya expedientar a todos y cada uno de sus ciudadanos/as completando los datos que ya tiene de todos por los registros civiles y los de hacienda y los bancarios para seguir la investigación en nuestras ideas y actividades asociacionistas. Lo del machartismo pasará a la historia como una pequeña comedia en comparación a lo que nos espera.

 

 

Consigamos los números de placa, nombres y apellidos y datos de localización de todos y cada uno de los maltratadores. Que ningun policía quede sin investigar a propósito de sus actuaciones violentas y antidemocráticas. Hemos de pensar en propulsar una nueva ley para limitar las funciones policiacas extraprofesionales y peligrosas para la comunidad social pacífica. Un solo policía profesional puede generar 10, 100 o más personas para los que la autoridad sea una palabra hueca. Cada vez que un policía maltrata a un ciudadano lejos de atemorizarlo para que no participe en las luchas lo convence para que participe más activamente en ellas.

Con el pretexto de los violentos y de los radicales el sistema articula dispositivos represivos severos pero esa es una burda excusa. A quien tiene verdadero pavor el sistema (es decir sus apólogos y  los sectores privilegiados por él) no es a los grupos terroristas o armados y así confesos, lo tiene  a quienes presentamos una alternativa de un nuevo modelo de economía y de coexistencia social pacífica desde el discurso tranquilo, el análisis reposado y las propuestas inteligentes. Lo que menos queremos es perder el tiempo discutiéndonos o peleándonos con peleles uniformados que hacen de títeres al servicio de sus patrones. No nos dedicamos al boxeo ni a las carreras de obstáculos, somos estudiantes de la sociedad, analistas de sus contradicciones, proponentes de sus alternativas, luchadores de esperanzas y aliados en un proyecto humanista de un mundo en el que no quepan represores a sueldo, especuladores financieros, criminales de estado y tramposos de toda clase.

Por muy mal que le vayan a uno  las cosas la opción de robar a otro (a quien le pueden ir incluso peor) es inaceptable.  A loas ladrones/as hay que pararles los pies y bloquearles las manos ahí donde acosan y quitan lo que no es suyo. Es mucho más grave cuando algunos de ellos se aprovechan de la buena fe de las personas que nos dedicamos a causas sociales y que directa o indirectamente luchamos por atajar la pobreza y la falta de recursos que llevan a que una persona se patologice para llegar al extremo de decidir robar.  Este mes, durante una reunión en el Foro Social Catalá alguien que conocía la situación del local y que la puerta se quedaba entreabierta se coló y robó la cartera de una chaqueta que estaba en el perchero. Mientras nosotros queremos arreglar el mundo otros al mismo tiempo y en mayor cantidad se dedican a desarreglarlo. El sistema incluye a todo ese tipo de gente especializada en delitos menores y no solo a los criminales de las grandes fortunas.

En este país pasa de todo. El dossier de bochornos y de malfactores es tan voluminoso que nos deja  patidifusos y se nos pone la cara de tontos. ¿Cómo explicar sino un sistema judicial que se ha convertido en un desfiladero de vedettes sin que se puna a los traidores de la sociedad haciendo de desfalcadores?

No necesitamos nombres de marca de personalidades públicas ya que venimos de distintos pasados en los que el culto al personalismo nos llevó a laberintos sin salida y a traiciones que nos dolieron pero sí necesitamos nombres referenciales dentro del universo del anonimalario que nos hagan pertenecer a un proyecto organizativo potente de sinergias y eficacias coordinadas.

Vivimos en plena dictacracia. Los padres de la constitución de 1978 se salieron con la suya al entregarnos un país con las manos atadas para que el ejercicio de la libertad política real se convirtiera en un imposible práctico. Todas las policías del estado se parecen por lo que hace a técnicas de control para detectar primero y neutralizar después a disidentes del extenso opinatorio social. El estado policiaco paso a paso irá configurándose. Es una carrera cronometrada entre adversarios: necesitamos controlar a nuestros controladores para neutralizarlos en sus ilegalidades antidemocráticas por muy oficiales que sean.

Quienes ya fuimos agredidos con porras y pelotazos de goma por la policía franquista aprendimos la lección a tanto el hematoma: dentro de cada policía no vive un agente del orden sino un sicario adiestrado para extender el desorden. Ese atributo es un común denominador a los cuerpos represivos de los regímenes dictatoriales declarados así como a los cuerpos no menos represivos de los regímenes pseudodemocráticos           que enmascaran su dictadura real. Lo que pone en evidencia la naturaleza real de un estado no es su ordenamiento jurídico y el camelo del derecho sino el uso que hace de la fuerza bruta cuando alguien protesta y le discute su poder. La racha de los movimientos reivindicativos del último año en todo el mundo está demostrando un crecimiento de la represión a escala general. Ningún estado le objeta diplomáticamente de una manera firme la represión que ejerce otro contra su pueblo porque todos comparten el deseo de perpetuarse en la regencia contra el suyo propio.  El estado español hipotecado por sus propias deudas e intervenido por directrices foráneas no está dispuesto a aceptar que se organice una fuerza popular en su contra por eso manda a sus sicarios a que disparen a cualquiera que esté ahí tratando de hacer el máximo de daño posible con la vana ilusión de que así doblegará nuestra rebeldía. No hay tanta diferencia  de método con lo que hace el estado sirio disparando obuses contra la población civil para diezmarla. Estamos en guerra social y quien la ha declarado no son cuatro manifestantes rompiendo escaparates o  haciendo una barricada de fuego mas simbólica que operativa sino los ataques del sistema contra los sectores más desfavorecidos. No es tanto que el estado declare la guerra con la reforma de la ley de contratación y descontratación laboral sino que es el sistema en su conjunto, en su propia concepción, el que no está dispuesto a aceptar una forma distinta de organización social para beneficio colectivo. Para el estado capitalista, para este estado que nos toca sufrir, tú y yo y todos nosotros somos sus enemigos por pacifistas que seamos. No lo dudes, quiere destruir el menor asomo de protesta, quiere atemorizarnos, por eso dispara a sangre fría y a traición utilizando por excusa a los pocos violentos. En realidad, la represión no es más que el fermento de una violencia que irá in crescendo a pesar de que una mayoría que estamos por la transformación radical pacífica nos opongamos. Sabemos que los actos violentos de fuegos, roturas de lunas y saqueos son totalmente estériles para una causa revolucionaria, pero comparativamente lo que hace cualquier manifestante violento desarmado en comparación a lo que hace un poli tirando a boleo es mucho menos dañino. Cada uno de esos polis que nos dispara o ataca con la intención deliberada no ya de reprimir un momento sino de dejarnos secuelas de por vida no tiene perdón de ningun dios y mucho menos el nuestro. Encausarlos en una querella criminal está muy bien pero puesto que las indagaciones para depurar de sus filas a sus tipos trastornados es algo que no suelen ser efectivas lo que hay que exigir es la disolución de los cuerpos represivos, grito que ya clamábamos bajo las botas de la dictadura anterior.

 

 

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