PENSARES y PESARES

el objeto fraudulento

Con Zapatos Nuevos.Por un análisis del objeto fraudulento. ¿Qué hacer con quien te vende lo que no es? sussanamaraselva

Fuimos a  una conocida y prestigiosa zapatería del porta de l’ Angel para que mi amiga se comprara unos zapatos nuevos. No eligió nada del otro mundo, sólo  unas zapatillas planas de material sintético. Tras un rato de descartar otros modelos eligió las que eligió pagando unos 30€ por ellas. Por cualquier cosa los precios a pagar son altísimos, comentamos entre nosotros, y nos fuimos. No había pasado una semana cuando  con un poco de agua los zapatos se desarmaron quedando completamente inútiles. Mi amiga que se enfurece tanto o más que yo con  esa clase de agravios comerciales dijo de ir a la tienda dejar ese par de zapatos con que la habían defraudado y llevarse puestos otros nuevos de mejor calidad. Eso no lo íbamos a hacer de estranquis con sigilo y discreción sino documentándolo como video clip para insertarlo luego en youtube. El guión escénico iba a ser más o menos así: la clienta defraudada llegaría con sus zapatos recién comprados puestos y pediría a una de las empleadas otro modelo que eligiera del escaparate por un precio equivalente o superior al otro. Una vez puestos diría que se los llevaba consigo sin pagarlos  ya que había adelantado el pago con los anteriores. Yo como cameraman estaría cubriendo toda la escena desde el  momento antes de entrar al establecimiento con un plano general del mismo para que no hubiera ninguna duda de cuál se trataba y con una explicación breve de cuál era el motivo de nuestra acción en ese lugar. El objetivo era documentar una forma legítima de restitución por el dinero empleado sin acudir al lento, irritable,  burocrático e irrentable protocolo de las solicitudes, las conversaciones interminables con un mánager que no hubiera aceptado la mala calidad del producto tanto que lo convertía en un objeto fraudulento, o acudir a la oficina del consumidor. No se trataba de escapar a la carrera aunque es algo que consideramos sino de crear voluntariamente una situación bochornosa  para el establecimiento sin temor al escándalo para la protagonista. Para hacerlo hacia falta estar muy convencidos del operativo. En mi calidad de testigo yo no iba a participar en la acción pero sin duda iba a tomar imágenes de la misma, algo altamente temible por la sociedad de las trampas y el empresariado de los engaños. La protagonista en su calidad de cliente burlada (¡cuántas veces un/a cliente lo es a lo largo de su vida consumista!) no estaba dispuesta a olvidar ni perdonar el fraude a la que le habían sometido. ¿Fraude? Preguntaría incrédulo el vendedor, vd. es libre de elegir o no elegir los productos expuestos, incluso lo es de entrar y no entrar al comercio, nadie le ha obligado a ello, ha comprado en plena libertad de elección y sin coacción alguna su producto. Ha tenido tiempo sobrado para verificar su calidad. Comprenderá que de todos nuestros productos, unos son mejores que otros así como que unos son más caros que otros. –se tomaría un respiro para añadir algo que lo terminaría de bordar como ejecutivo de los beneficios- además ¿Qué quiere que le demos por solo 30€? Quiero que me den unos zapatos que funcionen, que no hagan aguas, en el sentido literal al cabo de pocos días, que me sirvan cuando menos una temporada, que no los cambie hasta que me canse literalmente de ellos. Eso es lo que quería y lo que quiero.

La discusión no prosperaría porque el uno hablaría en términos de la logica del beneficio de su establecimiento que al ser céntrico y enorme pagaría seguramente muchos impuestos y la otra hablaría en términos de la lógica funcional del producto que comprara. El uno ni siquiera se sentiría en modo alguno un estafador (a fin de cuentas no es el fabricante) y la otra tendría  más que cargadas sus pilas de indignada por saberse completamente estafada. La conversación terminaría más o menos así:

-Si no tiene nada más que añadir yo me voy a no ser de que me quiera retener a la fuerza lo cual estará tipificado de secuestro al impedirme mi libre circulación. Puede seguirme a donde yo vaya, no voy a correr, mientras avisa a la policía para que venga a detenerme. Y dicho eso saldría ante el espectáculo general de la clientela que habría dejado de atender a sus compras para atender a la indignada.  Tanta gente también sería un disuasorio para que nadie empleara la fuerza contra el coraje de la clienta ni contra su cameraman, es decir yo.  Ese mismo dia el videoclip seria editado en el ciberespacio y antes de que terminara el mes cientos de miles de visitas lo habrían visionado, antes de que terminara el año, el ejemplo cundiría en otras muchas zapaterías y establecimientos comerciales de todo tipo lo cual ocasionaría un fenómeno paralelo del sector comercial presionando mas a los fabricantes para que ofrecieran productos de calidad, no aceptando vender los que no lo fueran y asegurando la devolución del dinero si unos zapatos defectuosos eran para tirar a la basura.

Esto, como ya se ha adivinado, es una versión del cuento de la lechera. Fueron pasando las semanas y los zapatos nuevos que dejaron de serlo y dejaron de ser zapatos a los pocos días, se quedaron arrinconados, no hubo tiempo para llevar a cabo el operativo de la reparación y al final tampoco hubo las ganas. Como el comercio es el que es y los/las clientes seguimos como víctimas propiciatorias en la nómina de los incautos confiados habrá otra ocasión para que la elección de otro artículo sea una trampa cara y se podrá llevar a término el plan de filmación. Esta no es una idea en exclusiva, es un llamamiento a todo quisqui que se sienta burlado al comprar unos zapatos nuevos o lo que sea y no le funcione a que haga algo parecido. Si hemos de aprender a convivir con gente de palabra eso también pasa por tomar medidas para que no nos timen en lo que compramos.

Debería ser sencillo explicar el significado del derecho a la calidad en quienes han hecho y siguen haciendo del comercio una cadena de transmisión de productos no ya imperfectos sino limitados a ser el simulacro de lo que se diría que son. Hay millones de artículos en el mercado, unos de marcas conocidas y otros de marcas que ni se sabe; se supone que antes de ponerlos a la venta han sido probados en un banco de pruebas de la misma industria que los produce y además tienen el visto bueno o certificado de autorización para la venta del ministerio que se ocupe de esto. Hay normativa pero la hay con fisuras. No sé cómo debe ser esa prueba con los zapatos, se me ocurre que ante un prototipo debe haber quien se los ponga y lo pruebe en una pista de pruebas que incluya distinta clase de suelos. Me intriga saber cómo los dan por buenos. Unos zapatos pueden serlos en su apariencia y no serlos en su función. No es la primera vez que nos pasa algo parecido al relato de esta anécdota. He comprado zapatos de apariencia resistente que se han cuarteado  por sus suelas o deshilachado en su cosido al poco uso con apenas unos quilómetros de ser andados. No creeré mientras no se me demuestre que el industrial que pone a la venta productos imperfectos no sabe de sus imperfecciones. A veces trata de corregirlas cuando ya es demasiado tarde. Se de empresas de vehículos y caravannings que tras poner a la venta unos modelos que presentaban fallas avisaron a todos sus usuarios para repararlo de alguna manera. No me consta que haya sucedido algo parecido en la industria zapatera. Imagino el aviso: a todos los usuarios de tal modelo de zapatos se hace saber que salieron con déficits considerables tanto en la composición de los materiales como en el recosido de sus partes por una falta de planificación suficiente en su diseño y un exceso de codicia que nos hizo abaratar costos. La devolución de ese modelo en el estado en el que esté y con el ticket correspondiente de compra será compensada con la devolución del importe más un cincuenta por ciento por las molestias ocasionadas. Cuando lea algo parecido resucitaré en este mundo de muertos. Entretanto deberemos elegir mejor la próxima vez tanto el artículo como el establecimiento

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