Noticias desde el Nirvana
Alguien me deslizó un ticket en la palma de la mano con suficiente dulzura en su mirada como para ir allí donde me llevara el boleto. Fue así como me metí en el nirvana desde mucho antes de saber el significado de lo que era. Nunca tuve la oportunidad de agradecérselo. No tuve manera de decir nada a quien me lo regaló. Nunca podré hacerlo. No sé quien fue. Era una mano anónima, una mano cualquiera, la mano de alguien que, antes de desaparecer, quiso evitarle a un desconocido las penurias clásicas por las que pasa todo el mundo.
Desde el nirvana empecé a vivir la existencia como algo fácil. Para mí, el concepto de problema era una ecuación matemática. A falta de factores sumativos que lo desencadenaran no había problema. Esa entrega misteriosa y repentina, la del ticket dado, no recuerdo muy bien en qué contexto fue. Se me mezclan las imágenes. Me parece que fue un pasajero, un anciano, sí, un anciano que antes de que descendiera en mi parada de metro me dio lo ticket como si fuera algo mío y se me hubiera caído de un bolsillo. Lo tomé sin más en una reacción-refleja. Luego al mirarlo en la andana advertí que no era nada mío, pero como soy un coleccionista de billetes de todo tipo (la libertad personal incluye el derecho al coleccionismo de rarezas) me quedé con el cartoncito. Cuando tuviera tiempo lo examinaría con más atención. En efecto unos días después, al revisar mi billetero por otro asunto me lo encontré. Decía esto: billete para el nirvana. Canjéese en la taquilla de los agentes autorizados. ¡Vaya! Curiosa ocurrencia. Y ¿dónde estaban tales taquillas? Como frase seductiva no estaba mal, la impresión correcta. Era como los antiguos billetes de metro, de cartón duro y con la numeración grabada. El material era de color marrón rojizo y la frase estaba hecha con tinta negra., apenas 7 cms cuadrados. Sonreí para mí y me olvidé el asunto. El caso es que desde el primer momento que me dieron el billete empecé a notar nuevas sensaciones en mi vida. Aquel día me crucé con más miradas. Eso se repetiría los siguientes días, algo especialmente notorio cuando andaba por las grandes arterias de paseantes, ríos de desconocidos. No sé, es como si todo fuera más fácil. En mi itinerario habitual en el que por años me había encontrado con docenas de figuras, puros bultos morfológicos de anatomía humana, automatizados en sus que-haceres y ajenos y desinteresados a todo lo que sucedía a su alrededor, ahora me miraban a los ojos, mostraban su interés, preguntaban. ¿Estoy en el mismo planeta? Me pregunté. Una frase de unos desconocidos hablando entre ellos que llegó a mi campo acústico me llamó la atención. El nirvana está aquí –decía el uno al otro-, el nirvana está dentro de cada uno de nosotros, le dijo el otro al primero. En un cartel publicitario que anunciaba las vacaciones en algún lugar del Caribe tenía esa leyenda: Ven al nirvana, y no desearás volver a casa. Yo, profesor de matemáticas y matémata convencido advertí que desde el momento en que recibí aquel billete con la palabra Nirvana, ésta no paraba de asaltarme una y otra vez. Claro está que había leído sobre la cuestión. El nirvana era algo así como el cielo de los budistas pero en lugar de ser pretendido en una ubicación o en una realidad postmortem era tomado como la etapa de la beatitud o de la sabiduría tras resolver las contradicciones existenciales. Habitar el nirvana era tanto como alcanzar la budeidad. Alcanzarlo era alcanzar la felicidad suprema. Toda esa literatura siempre me había sonado muy bonita, pero solo eso, bonita para compartir una conversación no para tomársela en serio. El mundo y sus agujeros no permitían esa flotación en un bienestar puro, cada día hacia que te cayeras en uno u otro de sus agujeros. El mundo era totalmente imperfecta y la sociedad humana una inmensa y compleja telaraña de trampas. Andaba sumido con ese recordatorio, cuando una quiosquera al devolverme el cambio del magazine que compré, me guiño el ojo y me dijo ¿qué tal? ¿Preparando tu viaje al Nirvana? A esa misma mujer por años le compraba el periódico y la frase mas larga que le oí fue, tenga buen día. Por lo general no decía nada. Yo había desarrollado una teoría sobre los quiosqueros: el sector profesional que menos vocabulario necesitaba para ejercer su profesión. Todo lo que necesitaba saber su clientela estaba en el producto que le compraban: el precio o la fecha de edición. El expositor estaba bien organizado y siempre con el mismo orden de colocación de revistas y periódicos para encontrar el que se buscara.
Para cuando quise preguntarle a la quiosquera porque me había preguntado esto, ya estaba atendiendo a otra persona y luego a otra. De camino al aula me encontré un grafiti de algún universitario con la vida: el nirvana eres tú, no lo busques dentro de mí, decía el texto. Nunca había tenido paranoia ni había sospechado de organizaciones superiores o poderes extraterrenos organizando las coincidencias en la vida. Las coincidencias eran puros resultados probabilísticos perfectamente calculables. Todo pasaba por la matematización. Esa premisa que no me cansé de anunciar una década tras otra a mis orlas de estudiantes estaba enfrentándose a un cuestionamiento. Sí todo era probabilística ¿por qué clase de probabilidad en ese momento de mi vida me veía asaltado por tantos mensajes sobre el Nirvana en comparación al resto de mi biografía anterior que no había dejado de ser una referencia más dentro de mis fuentes literarias o de mis conversaciones o de mis intereses culturales?
Después de encontrarme con una docena de señales o expresiones relacionadas con el nirvana en una semana decidí consultar sobre el tema. Despues de unas horas de estar documentándome me encontré con un texto extraordinario que me dejó lívido: este texto fue escrito para ti desde mucho antes que supieras que un dia te pondría s a indagar el significado del nirvana. Sabíamos que antes o después una persona como tú abandonaría su inercia cotidiana para saltar a un registro de interpretaciones distintas. Pues bien, para llegar al nirvana: único paraíso terrenal y no terrenal solo tienes que creer en su posibilidad. Es pura magia. Si crees que existe existirá, si por el contrario niegas su posibilidad de existencia no existirá nunca, es decir, no existirá nunca para ti. Seguí leyendo. Para mi suerte la biblioteca no cerraba nunca. Me quedé toda la noche hasta el dia siguiente en que me tomé el tiempo justo para un café y para llegar a la clase de las 8. La biblioteca tenía servicios de duchas para lectores noctámbulos. Me di cuenta que el mundo podía ser mejor de cómo lo creía. Bastaba ir a sus sitios mejores y eludir sus trampas.
Reconsideré los factores de disolución del espíritu y del malestar mental. El problema era un artefacto que se creaba la gente como un subproducto mental para justificar sus tragedias materiales. Yo no entendía los gritos al cielo por las faltas de las cosas, por los límites, por las carencias, por las imperfecciones. Tanto si tenían las cosas como si no las tenían las gentes se las pasaban despotricando por todo. Alguien me susurró antes de entrar en clase: No puedes hacer nada por ella. Necesitan todavía sufrir mucho para dejar de hacerlo. Era un colega que hablaba a otro sobre no sé qué. Esto no es que explicara gran cosa pero al menos era un pequeño consuelo. Los problemas de los demás no eran mis problemas. Yo sabía que el síndrome de paranoia se deslizaba en un sujeto afectado por un curso de acontecimientos externos a él que los ligaba como mensajes que le eran dirigidos. Me afectó considerar la perspectiva de que me estaba volviendo loco o que estaba pasando por un episodio psicótico de alucinaciones. Di mi clase habitual, aquel día me pareció que mis estudiantes por lo general resistentes al álgebra y a los conceptos abstractos de las mates, estaban más atentos. Al final de clase una estudiante vino a hablarme sobre su proyecto de final de curso. Cuando se despidió me dijo: venir a tus clases es como venir al Nirvana. ¡Vaya, todo un piropo! Yo sabía que no estaba en ningún cielo desde el que estar al margen de los traumas mundanos de la fealdad del cada día, tampoco que podía dar la espalda a los problemas de los demás u olvidarme de las tragedias, pero me di cuenta que empezaba a encajarlo todo de manera diferente. La mayoría de gente ahora empezó a parecerme hermosa, dejaba de ser gente paisajística para ser personas individuadas.
Por esas fechas me sentí tan recargado de energía y tan rejuvenecido que escribí un libro sobre la vida como un problema numérico. Definí las problemáticas existenciales como una necesidad autodestructiva del ser humano para mantenerse en una permanente dilación, desidia y sin sentido con los que mover a `piedad en las miradas ajenas. La tesis de mi libro fue declarar que el problema no existe solo existe el sujeto problemático. Esto estaba acompañado de una larga demostración con pura lógica. Mi libro causó sensación. Fui invitado a dar conferencias sobre el mismo en otras universidades. Cabe decir que mientras lo escribí (de hecho unas pocas semanas) y en sus presentaciones el volumen de palabras que recibía acerca del Nirvana no paró de crecer. En una de las conferencias un crítico con ganas de poner en evidencia la supuesta falla por el lado del voluntarismo de mi tesis me dijo que si el problema no existía, es decir si los problemas no existían cómo es que éramos víctimas de achaques, déficits, indigestiones, gastritis, dificultades de entendimiento, atracos y otros asuntos en una larga lista de deplorables. Evidentemente, porque los convocamos o los predeterminamos pseudovoluntariamente, con nuestro nivel de auto vigilancia bajo permitiendo nuestro desequilibrio interno y una proyección de desquicio con el mundo externo. No los problemas no existían o al menos no lo eran en el sentido de padecerlos tan dramáticamente como lo hacían. La gente sufría por no tener qué comer, por no tener seguridad en le trabajo, por no poder pagar los plazos de las hipotecas, por no tener alguien que les quisiera, por no tener un vehículo mejor, por no vivir en otro lugar más digno de la ciudad, por no poder viajar o por no tener poder. Sufría por todo. Sufría incluso por no sufrir. Ante tanto drama quedaba mal decirlo pero yo no sufría por nada. Eso que mantuve en callado durante toda la vida empecé a proclamarlo en voz alta. El problema no existe, el problema eres tú decía a quien quisiera oírme.
Mis frases influyeron algo en todo caso no dejaron indiferentes a quienes las oyeron. Cada vez que me encontraba con alguien que empezaba su frase o introducía en su prosa algo así como: tenemos un problema yo saltaba como un resorte y le decía, en todo caso habla en singular el problema lo tienes tú, yo no lo tengo, y si lo tienes es muy probable que tu problema solo dependa de ti. La eterna cuestión de los problemas objetivos empezó a desaparecer. La gente pasó la disertación al campo individual, mucho más manejable para la interpretación, que seguir manteniendose en las lecturas del campo externo de los grandes factores.
Un tiempo despues de ese billete dado por la mano anónima yo seguía haciendo mi vida, intercambiaba más sonrisas y comentarios divertidos a lo largo del día con mayor número de gente: vecinos, colegas, amigos o estudiantes. Organicé con mis estudiantes una obra de teatro (los del departamento de arte se alarmaron que un prof de maths saliera de sus pizarras numéricas y subiera a la tarima escénica). Su título: Viaje al Nirvana. La obra era de estructura sencilla: una secesión de monólogos de distintos actores y actrices contando como llegaron al nirvana y como se vivía en él. Yo también hice de actor. En mi guión decía más o menos esto: desde que vivo en el Nirvana los problemas no existen, las tragedias no me alcanzan, el mundo de pronto se ha hecho habitable, encuentro lo mejor que encierra la gente y doy lo mejor de mí. La fundación para cristalizar sueños se puso en contacto conmigo. Me aclaró que ellos no financiaban proyectos realistas sino sueños auténticos o auténticos sueños. Habían leído mi libro y me propusieron financiar algo en relación al Viaje al Nirvana. Les `propuse un vehículo publico de itinerario fijo, gratuito dando uan vuelta por el campus con el nombre en su cabecera de Nirvana. Simplemente daría una vuelta de una hora con un guía conferenciante explicando el significado del Nirvana mientras cruzara los bellos parajes de jardines y sosiegos.
Cuando tengo un rato libre subo a ese tranvía y me dejo cautivar por las bellas palabras del orador y sus significados. Sonrío y me enternezco por la situación. Cuando el tranvía pasa creo que los pájaros pían de una manera particular.