Acting Out
El psicoanálisis sostiene que en una situación analítica pueden surgir actos y elementos reprimidos que la liberalidad de ese contexto permite sacar a flote. Podemos trasladar eso al campo de lo público, del desenlace del movimiento social. Cada generación tiene sus movimientos de lucha concretos. El más conocido últimamente es el de Antiglobalización. Este ni siquiera es anticapitalista porque impugna más la manera con que se autorregula el capitalismo que la propia circulación especulativa del capital. El hecho del movimiento anti mantiene en la protesta permanente lo que difícilmente construye en la propuesta propia. Por lo general, los sectores e individuos reprimidos hemos tenido más claro lo que no queremos que lo que queremos. Lo que no queremos y contra lo que luchamos es algo por lo que ya hemos pasado o estamos pasando, forma parte de la realidad que nos atrapa o nos controla, en cambio lo que queremos y por lo que mantenemos encendida la mecha utópica tiene que ver con un paraíso que admite muchas interpretaciones y discursos, algunas veces radicalmente distintos. Siempre fue más fácil definir lo que era y es el capitalismo y todas sus inercias de la codicia y la explotación que definir la sociedad sin clases, mucho más la sociedad sin estado. Ni siquiera existe ahora una teoría revolucionaria factible, comprensible y asumible de un mundo sin estado, sin dinero, sin control. Eso requiere un volumen de consideraciones además de un volumen de tentativas para que fuera posible. Quienes aun, inexplicablemente, se siguen reclamando seguidores del marxismo no por su praxis histórica sino como metodología pasan un tupido velo de las profecías equivocadas del siglo XIX y de los errores imperdonables del siglo XX de los países que hicieron revoluciones y siguieron perpetuando la infelicidad humana. Cuanto antes se reconozca la inexistencia de una teoría antes se podrá crear otra. En su lugar existen movimientos y esplendorosas formas de supuestas creaciones alternativas. El mundo se sigue moviendo. Otro asunto es si hay un movimiento que vaya a engendrar otro completamente distinto.
Vivimos en un tiempo de crisis de profecías y los profetas, en el supuesto de que los haya, siguen sin ser reconocidos en su propia tierra, el caso es que ya emigran tan lejos que el mundo se ha quedado sin ellos. Tampoco admitiríamos que volviera Elías con su carro a decirnos lo que hacer o de suceder nos pondría en un grave aprieto metodológico. La cuestión es que cuantas más acciones se hacen desde la posición de la crítica social no más cerca se está de engendrar una sociedad mejor.
El movimiento antiglobalización viene generando un fenómeno paralelo al de los encuentros de cumbres desde Davos gastando una cantidad impresionante de dinero como volumen global, para decir en grupo lo que cada cual dice en particular. Se supone que el hecho público de la manifestación y de la pancarta supera al artículo particular o la inserción informativa en la red de algo de consumo público. Pueden ir de tendencia pacifista o de tendencia más radical para jugar al deporte de pelearse o ser perseguidos por la pasma, pero después de la dosis de adrenalina y algún mártir que no tenía que morir, ni las cumbres –que son desiderativas- no hacen nada ni el movimiento que las pretexta para manifestarse tampoco construye algo mejor. De ahí que se hable de alter-mundismo en un sentido de ir a favor de algo, hacer construcciones. Llevamos siglos de movimiento social posicionado en la militancia de la protesta sin haber desarrollado suficientemente la militancia de la propuesta. El dinero invertido en viajes de turismo reivindicativo es reciclable en cooperativismo social o en un nuevo tipo de comunalismo de la propiedad, en reformas de zonas infrautilizadas, en la creación de bancos de tiempo y de trabajo como redes al margen del mercado oficial, también se puede emplear en inversiones o fondos éticos. Todo esto posiblemente cambiaria más las cosas que el acto testimonial del grito contra la clase política y las correrías de persecuciones y golpes.
El esquema era y es de la protesta a la propuesta y de esta a la acción creativa, Si la protesta se queda en la acción testimonial de ella misma no hay demasiados novedades que reportar. Sigue permaneciendo anclada en el esquema de los antiguos solicitantes al zar de pan y trabajo trayendo las manos vacías y recibiendo los bayonetazos o los disparos de la guardia real.
En el mundo desarrollado no existe un movimiento revolucionario. No hay unas masas expectantes que creen que un día se transformara todo radicalmente. No podemos apostar por nadie que haga de mecenas de ese gran cambio. No hay voz pública que lo pueda acreditar. No hay más conspiración posible que la inspiración sistemática y la transpiración diaria por el esfuerzo en crear formas de vida mejores coexistiendo con las antiguas peores. Quien quiera una paraíso social que lo exprese ahí donde tenga algo de influencia para empezar a instalarlo. Quien quiera un mundo con gente feliz y creativa en lugar de sumisa o esclava que impida esos comportamientos ahí donde viva y trabaje. Quien quiera instaurar la felicidad que empiece por si mismo impidiendo que las amarguras existenciales lo venzan. Quien quiera hacer la revolución social que no se olvide de revolucionarse contra sus inercias obsoletas y sus tendencias marcadas por los consumos dominantes. Quien quiera construir otro mundo que objete los impuestos que paga que no sirvan para la calidad de vida y sí para el apoltronamiento de una clase funcionarial.
Cuantas más biografías se dediquen a hacer acciones para afuera mas condiciones para engendrar ese mundo nuevo habrá. Hay algo de la discusión individual que tocará hacer. Cambiar el mundo es cambiar el yo pero también cambiar el otro y eso siempre genera conflictos entre tú y los demás. Quien esté dispuesto a apoyar los gritos de las manis con el discurso sosegado del cada día y los cambios concretos en el comportamiento diario que deje la piedra en el suelo, coja su tiempo y trabaje en su proyecto.
Hay una explicación del todo justificable para las protestas masivas a gran escala. Largos padecimientos y represiones ponen a todo el mundo en sintonía para buscar otros aires saliendo de sus frustraciones históricas. Derrocadas las dictaduras y las pseudodemocracias la creación de otro tipo de valores entre las personas pasa por investirse de otras conductas personales. Sin revolución personal las revoluciones colectivas fracasan. La historia nos ha acostumbrado a biografías orgullosas sí pero indignas también de líderes que han dejado mucho que desear como personas a pesar de haber liderado grandes episodios de transformación por sus hazañas. También hemos aprendido que las luchas objetivas y grandes causas son utilizadas por razones personales en las que priman intereses inconfesables.
Hubo un tiempo en que la radicalidad de los militantes era un valor altamente apreciado sin entender las razones psicológicas de ella que tenía poco que ver con la conciencia social o política. La intervención en una lucha histórica tiene tanto más sentido cuanto más razonada y sosegada sea y menos cuanto más improvisada y por razones de rabia coyuntural se produzca. Las llamadas condiciones objetivas para los alzamientos se han querido apoya en una enumeración más bien breve de desencadenares emocionales puntuales. El acting out puntualísimo no construye el movimiento épico en el que pueda descansar un futuro.