Comuna de Intimidades
Las personas más aguerridas de toda una generación quisieron ensayar formas distintas a las determinadas por uno de los pilares fundamentales de la vida social: el de la familia. Y fueron a constituir comunas con intenciones socialistas. El fracaso convivencial de innumerables ensayos hizo teorizar la falta de condiciones objetivas para tales empresas. (siempre que el sujeto fracasado se excusa en la inviabilidad objetiva de su deseo). Sin embargo para quienes vivieron de cerca juegos de grupos y convivencias del compartir, ha sido difícil ignorar las enseñanzas de aquellos períodos y su marca dejada en la conciencia aprendida. Al cabo de los años, las perspectivas comunales se han devuelto a los únicos rediles donde parece ser han podido triunfar a lo largo de los siglos: el de los monacatos. Ha sido necesario el imperio de una ley espiritual y de una jerarquía que la interpretara para que la vida colectiva se hiciera posible. A su margen otros asuntos desde la seglaridad han quedado en retentivas y simulacros. Lo que es más las experiencias pseudocomunales han sido ocultadas por los propios protagonistas o referidos como algún tipo de fiebres juveniles.
Una mira sinóptica retrospectiva pone al descubierto que el sumatorio de fracasos ha sido relacionado con el concepto de propiedad. El nexo entre el individuo y su propiedad no ha sido resuelto por los proyectos colectivistas, a diferencia de los marcos familiares en los que los territorios de cada uno están perfectamente definidos desde antes de pasar a constituir parte integrante del grupo. Aquellos han seguido suspendidos en cuerdas oscilantes con más carga de ilusionismo e inconsciencia que de método y garantías, mientras que la familia, es sabio tiene una larga tradición como empresa y con resultados. La inmensa mayoría de gente nace en el seno de una de éstas mientras que una insignificante minoría ha nacido en el seno de espacios comunales en los que el neonato reciba desde el principio los mimos y atenciones de una pluralidad de adultos. De esa manera la idea podrá tener continuidad en el futuro, mientras que durante décadas la gente puesta a vivir en común se ha enfrentado a conflictos para los que no se ha preparado resolver.
Supuestamente las dificultades juveniles para comunizar unos intereses y un espacio común que funcione de acuerdo a la economía y recursos compartidos y a la afectividad y sexualidad transparentes podrían ser resueltas a partir de una o dos décadas después, con más edad, mayor experiencias y una mayor aportación de medios. en lugar de eso, los ex hippies, los ex marxistas, los ex-revolucionarios de todos tipos han pasado a mimetizarse en los modos estándares y dominantes de consumo de bienestar y de valores ideológicos co-nexos.
Cuando dos adultos convivientes tienes dificultades, en el mejor de los casos, se separan civilizadamente, hacen un reparto contable racional de sus bienes comunes y no utilizan a los hijos para ponerlos en contra del otro cónyuge. Lo que no hacen es vincular el análisis de su fracaso matrimonial o familiar concreto al fracaso de la cultura acaparadora y de toda una ideología basada en la desconfianza recíproca y en el segregacionismo sentimental. Lo que no hacen, tampoco, es reconocer que pertenecen a una estadística de fatalidad creciente que indica como un tipo de convivencias están condenadas a su defunción desde el momento de ser decididas. Lo que aún menos hacen, es reconocer, que los hijos engendrados, el patrimonio adquirido, la división de roles establecida, es lo que guarda más concordancia con un sistema humano y social que después de siglos ha demostrado su inviabilidad para la felicidad humana. Lo que no hacen, en definitiva, es reelaborar su experiencia como dos seres humanos que se han querido, para continuarla como amigos y como seres sensibles y racionales. O sea que, en el mejor de los casos de una separación de común acuerdo, son unos fracasados totales y extremos que tampoco han levantado la tapa de los truenos de sus inconscientes para aprender de lo sucedido y seguir desde otra perspectiva emocional y convivencial. Con el borrón y cuenta nueva en la mejor de las situaciones se concederán mutuamente la oportunidad para volver a fracasar de nuevo con una segunda o una tercera experiencia convivencial con nuevas parejas que quieran seguir tal suerte.
Y si ese es el pronóstico, porqué no rescatar viejas utopías o proyectos de la común a de intimidades, en la que las parejas no acudan como tales sino como individuos con asuntos pendientes a resolver por lo que hace a su afecto general y a su convivencia grupal. Experiencias en las que los juegos de roles de padre, madre, primogénito, hermanos, tíos y otros parientes se diluya a favor de un panorama de elegibilidad, en el que cada cual ocupe el lugar que siente y desea no por ubicación genealógica sino por inserción emocional y sociológica. La posición agraviante de parejas de novios y de familias es la de descartar el posible éxito de una comuna compartida, sin embargo aquellas aportan más experiencia cuantitativas de fracasos que éstas, por razones obvias. Unas tienen una larga tradición y prácticamente todo individuo adulto pasa por querer crear su propia familia, estas tienen menor tradición y solo los más atrevidos han pasado por tentativas organizadas para hacerles plausibles.
Ni siquiera en los sectores sociales que se radicalizan y luchan, o creen luchar, por un mundo mejor, tienen en cuenta conectar con el tema de la reelaboración de propiedades sentimentales y espaciales. La idea de comuna no es recordada y su palabra es silenciada aunque no sea ab ciertamente proscrita. Lo más próximo a lo comunal es la urgencia de compartir espacios reducidos, mediocres y baratos por razones económicas, nunca por razones experimentales o para cambiar lo esencial de las relaciones humanas. ahora, lo mismo que en generaciones anteriores, los reivindicativos sociales van a sus manis, a sus grandes conciertos consigneros, o a sus reuniones maratonianas para discutir detalles sobre actos de solidaridad o preparación de pancartas, mientras en sus vidas privadas siguen viviendo a costa de los conceptos burgueses del más puro estilo clásico. ¿qué es lo que les impide-qué, lo que nos impide- rescatar el concepto de comuna convivencial de intimidades? ¡Qué pregunta¡ Evidentemente lo impide todo. Todo está en contra de cambiar la verdad privada. Todo, en contra de hacer la revolución personal. Resulta más cómodo unirse a grandes y complejos proyectos de revolución internacional que hacerla pasar por el cambio de hábitos y la radicalidad de planteamientos en lo personal. Una comuna de intimidades no es solo el espacio de una casa comunal en la que funcionar con una economía común y con un amor socializado, también es el primer frente de elaboraciones y consideraciones sobre la clase de vida alternativa que nos gustaría llevar a favor de un mundo más digno que este. Ninguna revolución, ni cambio de leyes, ni cambio de aparatos de estado resolverá el tema de la mentalidad y de los hábitos personales. Ambos campos han de ser trabajados en el mundo particular. y personal. Reorganizar las continuidades personales y sentimentales en espacios grupales, conquistando la paternidad colectiva o la filiación común y superando los sufrimientos y patologías celosas por la posesión del cuerpo y de los sentimientos ajenos, es la propuesta más radical de todos los planteamientos sociales. La diferencia con los programas políticos es que coloca el frente de lucha en la inmediatez de cada persona que desee comprometerse por el cambio y la desnuda de toda excusa de no dar un paso porqué´ los demás no lo dan. Finalmente la comuna de intimidades coloca en la base concreta los cambios substantivos para el futuro en lugar de encargárselos a las instituciones del poder que suelen ser más partidarias del conservadurismo de las formas. Una comuna es una revolución a pequeña escala y vertebrar la convivencia en torno a la intimidad integral es admitir el desiderátum o el reto de la construcción de una nueva persona. evidentemente la proposición no será tenida en cuenta por desaforada y acontextual, colocando lo personal tras las condiciones colectivas. Pero ¿por qué no recolocar la pregunta al revés? Es decir ¿qué clase de condiciones colectivas se podrán gestar sin unas condiciones privadas atrevidas, íntegras, sinceras, compartidas y comunales previamente creadas?

