Crónica de la Loca

 

Crónica de la loca. Ficción.

A éstas alturas tratar a alguien de loco es hacerle un favor, puesto que los eximentes legales lo van a librar de la responsabilidad de cualquier acto que pueda cometer.  Ha quedado documentado y consignado que la AivaLaponte era una señora peligrosa con una personalidad completamente irracional que movía al odio. Eso tampoco generó una concentración en masa para interceptarla y en lugar de lincharla según los procedimientos del western de pantalla se hiciera ahogándola en una bañera de escupitajos populares. El odio es algo que se instala como uno de los sentimientos más duros y complicados de razonar. Yo me permití experimentarlo con ella y usar el material anecdótico que proporcionaba como base de un relato de lo más  negro. Ella sería la víctima final a manos de algún sádico educado en las salas cinematográficas de khillers y pelis de zombies,  que la cortara en pedazos sin que eso moviera a ninguna clase de piedad en el barrio. Antes, la señora  abría asesinado uno a uno a todos y cada uno de sus vecinos, yo incluido.  Lo que quedara de estos, o algún nieto justiciero de los restos de sus familias, se habría vengado armado de una hacha que le habría clavado en el frontal de la susodicha nada más abrir la puerta, tomando las adecuadas instrucciones directamente de  Dostoievski. Si éste recreó el crimen contra una vieja usurera no librándola de la muerte a pesar de su ancianidad e hizo pagar por él con el remordimiento del criminal; aquél, el nieto hipotético de encargado de la venganza con resultado de homicidio práctico no se habría dejado aturdir como el personaje de la novela rusa por mucho que se sintiera acosado por un investigador policial. El criminólogo, ya se sabe, hace su trabajo. Reúne pesquisas, computa datos, toma muestras de pelo, escamas, saliva o semen. Todo es como un juego para unir las partes del rompecabezas que se le presenta. No se pregunta las razones de un acto criminal. Sólo averigua lo que ha sucedido sin ser visto. La indagación detectivesca le resulta apasionante. Y al llevarla a término va apareciendo el decorado sentimental y material de todo el asunto. Es posible que simpatice unas veces con el muerto y otras con quien lo ha matado. Pero sea como fuere su sentimentalidad no puede interferir en la investigación. Una vez reunidas las pruebas las elevará a otra instancia para que alguien de otra catadura las juzgue.  Eso ha hecho de la civilización moderna un lugar en que los derechos han superado los deberes, los criminales han tenido el mismo trato que sus justicieros y a los peores se les haya concedido los mismos derechos que a los mejores. Todo ese asunto no lleva muy lejos por eso las novelas negras se quedan en el relato de la intriga más que en la consideración de sus razones algo que lleva al baleario de las reflexiones para el resto de la jubilación.

En el fondo del policía honesto sabe que hay muertes que son inevitables, hay cadáveres que se lo han estado buscando, hay fiambres que no mueven a la menor compasión ni comentario. El policía personado en el lugar del crimen, con la sangre fría  que le caracteriza en los telefilmes americanos, es capaz de sacarle un excremento de uno de los orificios nasales del patidifuso deleitando simultáneamente  un sabroso y humeante café que un subalterno le ha proporcionado, porque no hay que olvidar que los criminólogos llegan al lugar de los hechos prácticamente sin haberse quitado el pijama y absolutamente somnolentes, ratificando la tradición novelesca de los asesinatos con alevosía y nocturnidad.  La cuestión es que hay muertes que son crónicas anunciadas de relaciones con un desenlace fatal. En realidad lo sabe todo el mundo. Un día u otro son puestas en escena y cada cual cumple con su papel preasignado: los polis a investigar, el asesino con su dilema de cómo hacerlo si no está profesionalizado en estos asuntos y el muerto a estar lo más quieto posible en su posición de cuerpo generalmente tumbado en medio de un charco de sangre.

 El del caso que nos ocupa podría ser utilizado como modelo estándar para identificar el cuerpo del crimen antes de ser cadáver. Por otro lado hay cuerpos que se mueven  o que no andan más que tras el encuentro con su féretro. Esos cadáveres andantes consumen un oxígeno y un espacio al que no deberían tener el menor derecho. Pero nadie puede decidir quién debe vivir y quién morir. Ya veremos si hay personajes dispuestos a vapulear viejas teorías de eugenesia o de selección social, pero ese es un asunto muy delicado. Por ahora detengámonos en el punto de relato de la loca del rellano con sus ganas recargadas de fastidiar al vecindario.

Una anciana prematura o al menos pensionista aventajada con el moco de sus múltiples dolencias, peleada con todos los vecinos de un pequeño inmueble de una localidad provinciana, prácticamente un barrio metropolitano. Compartíamos rellano y tabiques contiguos. Por desgracia me tocó tenerla al lado. Ella vivía allí yo iba de vez en cuando al estudio de al lado. A la vuelta de mis viajes pasaba  por el apartamento-estudio-almacén para dejar cosas que me sobraban o que he había acumulado.

 Invariablemente preguntaba por la vecina de al  lado cuyo pronóstico de paranoia era antiguo y por cuya conducta seguía temiendo, siendo capaz de producir daños irreparables al edificio y también personales. Había jurado de prender fuego al edificio antes de ser desalojada del mismo por pagar una renta bajísima a cambio. Con esa renta minúscula poseía un apartamento amplio cuyos propietarios no consiguieron desalojarla por décadas. Lo de su amenaza o era para tomarlo en broma. No sería la primera inquilina amenazada con el desahucio que acudiera a esta medida aunque le fuera la vida en ello. El discurso del inquilino pobre y necesitado era conocido, las leyes lo protegían. Eso había creado la siguiente paradoja: los inquilinos pagaba por alojamientos menos que los gastos que generaban estos, con el paso de los años y del aumento del nivel de vida. A muchos caseros les tocaba jugar el papel de hermanitas de los pobres, La paradoja era mayor cuando esos caseros podían necesitar esos habitajes para ellos o para sus familias y no podían disponer porque había vacios legales o una tendenciosidad interpretativa nefasta. Sin duda alguna esa persona debía haber sido echada hacia tiempo del lugar pero una serie de circunstancias de permisividad le fueron consolidando su ubicación a pesar de ser agresiva. Empujó y echó al suelo a otra vecina, octogenaria y con problemas. Esta afrenta por cierto fue llevada a juicio, la imputada ni siquiera se presentó y a pesar de eso, la palabrea de la víctima no fue aceptada. Esas son  las minucias judiciales por las que la magistratura tiene menos crédito  que una suela de zapato en un basurero. En potra ocasión con un espray pintó un tablón de anuncios por un contenido cierto que no le gustó. Otra vez trató de parcelar la terraza en espacios privados. Las veces, pocas pero sobradas, que me tocó hablar con este personaje fue para llegar a la conclusión de la imposibilidad de todo razonamiento con ella. Esa es una conclusión crucial. Cuantas más veces la repitas con distintas personas en tu vida más en evidencia se pone el fracaso de la comunicación y el fracaso de la razón. Eso puede ser por varias causas de las que no hay que descartar los sesgos interpretativos de uno mismo. La mayoría de conflictos humanos son territoriales y este no era una excepción. A la loca ya le iba bien hacer de loca y de pobre persona. Hacía caso omiso a los avisos judiciales que recibía a su nombre y aceptó que nadie la saludara, por supuesto ella tampoco lo hacía. La recuerdo con cara de pergamino y rictus premortuorio. Dada la poca gente que vivía en la escalera: 6 apartamentos con un total de, a ver…1viuda arriba, una pareja al lado, ubicados  en el tercero;  la octogenaria e el doble apartamento del segundo, mi inquilino en el estudio al que yo iba de muy tarde en tarde, y ella al lado, y otro inquilino en el piso de abajo; total, sin contarme pero contándola siete. Los 7 residentes cruzaban el espacio común de la puerta del vestíbulo a la puerta del apartamento sin coincidir o cruzarse. Esa pequeña comunidad podía estar presentando lo que pasa en una sociedad entera de un país con decenas de millones de individuos, el de la coexistencia elusiva más que pacífica. Cada cual vivía y sabia que vivía junto a sus vecinos pero sin tratarse. Mientras las amenazas del de al lado solo fueran eso y no se concretaran en peligros graves las correlaciones estaban en stand by.

Coexistir con una loca aunque fuera teniéndola al otro lado de la pared y en la memoria del odio no ayudaba gran cosa a la teoría humanista. No había posibilidad de reconciliación ni de perdón, tampoco de diálogo ni de reconocimiento de partes de responsabilidad en los problemas. Pasaban los años y la historia seguía quieta, algo que también sucede a escala universal, el calendario cambia cada día, los relojes cada segundo pero la realidad lejos de la suculencia queda plastificada en una mala y hueca risa. Lo que pasa en una pequeña comunidad de vecinos que por la fuerza de la costumbre seguimos llamado comunidad, cuando no es más que un agregado a la fuerza de individuos que han decidido (decisión tomada en un momento de escasa lucidez) compartir el mismo techo y escalera y puerta de la calle de un edificio sin que tengan nada que ver los unos con los otros y ni siquiera la deferencia del saludo tranquilo, representa lo que pasa a escala universal. Vivir juntos pero de espaldas, coincidir pero en el individualismo mutuo. Cada cual tiene las razones del suyo.

Esa loca no era  la más tarada del país, era una loca ordinaria, una pobre tipeja con paranoia aguda que la llevaba a ver lo que no había,  con un carácter insultante que la hacía intratable, tanto como pareja (abandonada por sus consortes)  así como persona de relleno en el escenario cercano. Dados sus múltiples miedos, se auto encerraba  con una triple cerradura o  dejando cuando salía la radio siempre encendida para que ningún ladrón la eligiera en su itinerario. A la menor sospecha de moobing o de interferencia ajena denunciaba a unos y a otros. El sistema administrativo admitía a trámite a sus delirios. Todo el mundo sabía que era una bomba de relojería, algún día podría hacer estallar las bombonas de butano y además de auto inmolarse destruir a los que estaban al lado. El vecindario estaba indefenso ante una sola tipa. Se le admitía que a las 6 de la mañana el despertador con música estridente se declarara desde su vivienda y  a las 7 repite la monserga. Una vez más la sociedad fracasaba ante el individuo sintomático. Fue pasando el tiempo y fui olvidándome de esta mujer-basura, en realidad dejé de odiarla. El odio es un sentimiento necesita de una activación permanente. Es difícil odiar para siempre a alguien por muy odioso que sea si no tienes trato ni te llegan ecos de lo que hace. Si volvía a coincidir con ella en la escalera, simplemente pasaríamos el uno al lado del otro ignorándonos. En otro momento pensé que era un personaje útil para hacer una novela basada en lo que daba de sí una vecina loca. Se trataría de una novela de intriga con víctima en forma de cadáver por supuesto. La literatura negra que se precie necesita cadáveres, basta uno para poner en consideración todo un entramado. La novelística del crimen tiene de interés el reto de las inteligencias dentro de la finura de una cultura. El autor del crimen puede pasar por sujeto exquisito con intereses tan opuestos que al o ser posible la coexistencia con su víctima decide facturarla para otro estado de la materia.  El argumento e este caso sería este: un grupo de vecinos, hartos de la vecina loca que es una amenaza pública pero que el sistema judicial no intercepta ni neutraliza pasa a ser el objetivo táctico a destruir a conciencia. Entre todos preparan un plan maestro. La acorralan en  una emboscada en la escalera, la secuestran metiéndola dentro de un saco de plástico grande de basura  con la boca encintada y las manos atadas  y la llevan a su propio apartamento. Ahí se le lee salomónica y solemnemente su deber de morir para dejar a los otros en paz. Luego, el resto de vecinos se reparten la acción criminal para que nadie sea responsable de su homicidio compartiendo la responsabilidad colectiva de librar a los ciudadanos de bien de una bicha como ella. Para perplejidad del lector los personajes del crimen no entra en grandes disquisiciones sobre la consistencia de su ética, todos sin excepción no ponen en duda en ningún momento que su mala vecina debe ser eliminada. Para que no queden restos de ella, la trocean y se la reparten entre quienes tienen termo-túrmix preparando ladrillos de carne picada. Todos guardan en sus congeladores las raciones que gradualmente dan a comer a perros, cuyas plantas de trasformación intestinal en cacas coronan el destino óptimo para una mala  bruja como ella. Pasado el tiempo como alguna gente la echa en falta, la llama y la busca pero no insiste. Ha desaparecido pero nadie oficializa su desaparición. Algún pariente la echa en falta pero lo atribuye a su carácter que no quiere saber nada. El primero que sí se entera de su ausencia es el propietario que no recibe sus pagos mensuales. Tras denunciarla por ello y abrir u nuevo proceso in absentia, unos 10 años después las autoridades le dan al propietario, esté a punto de morir ya de muerte natural, la opción legal de entrar en el piso para echarla. 20 años después llega un piquete policial para abrir la puerta. En el interior no hay nadie. El polvo se ha acumulado durante todo este tiempo. Otro final de la historia es que los vecinos envían anonimamente las llaves al propietario con un autógrafo de la victima que se le obliga a escribirlo antes de ser asfixiada. En esta otra dice que abandona el piso y puede disponer de él. Ese segundo final es menos creíble, los vecinos se ponen de acuerdo para deshacerse de un peligro potencial demostrado pero no tienen porque hacerlo para que el propietario recupere el piso después de haber demostrada por décadas su incapacidad para librarse de la intrusa de otra forma menos cruenta.

No es una mala historia para una novela de ficción pero debería tener muchas ganas para  escribirla. Uno de los problemas añadidos de escribir creando una trama a partir de personajes tomados de la realidad es que lleva a recordarlos más allá de lo que se merecen.

 

 

 

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