La sociedad como enemigo

 

En un tiempo de delirios mesiánicos conocí y hasta participé -con mis dudas sí pero participé- de una visión de partido  que venía a decir  todo el movimiento social era la expresión de un gran bloque histórico intrínsecamente aliable. Era una teoría más bien simple que quería procurarle aliados a un movimiento obrero insuficiente para el gran cambio social que debería protagonizar.  Fue presentada la tesis bajo la rubrica de un anti capitalismo seguro que iba a alumbrar una nueva sociedad humana. Un vocabulario ad hoc para preparar la ensalada  fue puntualmente proporcionado: los obreros estaban llamados a cumplir con su rol histórico y los pueblos a librarse de la tiranía de los estados. Todo eso sonaba muy bien salvo que fallaba por lo más elemental: nunca hubo un movimiento social unitario permanentizado más allá de las coyunturas para acabar con un régimen político. Los grandes movimientos de masas que se caracterizan por un cierto interclasismo son muy puntuales o coyunturalistas y están contra una forma de régimen política más que contra una estructura de sociedad. Esa evidencia incontestable viene manteniendo los giros de la historia entorno a cambios más aparentes que rotundos por mucho que los tiranos caigan –pero se sucedan- al no crear alternativas de transformaciones de fondo. El desiderátum revolucionario siempre fue entendido de formas volubles. Se convertía en proyectos de minorías apoyados por mayorías que esperaban otra cosa. Algunas de las grandes revoluciones del siglo XX no pasaron de ser golpes de efectos minoritarios. La famosa revolución rusa no fue mas que un fraude en el que en una breve situación de doble poder (de algunos meses) fue aprovechada para tomar la duma y acabar con Kerenski en lugar de desarrollar un proceso lógico y crítico que lo desbancara por la fuerza plural y no por la toma armada de los palacios.

En un momento histórico dado en que una minoría e incluso una mayoría básica pero no máxima precipita un cambio histórico puede encontrarse que las fuerzas retrógradas sigan pugnando en el nuevo modelo por volver al ayer. Los casos históricos de contra-revoluciones se han repetido suficientemente. Por si fuera poco el XXI consolida mas las formas de derechas apoyadas por mayorías sociales (Bush en los USA, Nikolas Sarcosi, un Le Pen enmascarado, en Francia) que no quieren oír hablar de otro mundo mejor sino de seguirse perpetuando como clases preferentes en éste.  La gran contradicción que hace girar el motor de la historia no es ya la de las clases oprimidas en contra de las clases opresoras sino la de cada individuo en contra de su entorno que lo asfixia como persona. Es la lucha del yo contra el otro el que pasa a primer término y lo que puede desarrollar procesos evolutivos. Y es la no lucha del individuo contra el medio reaccionario lo que permite la perpetuación victoriosa del inmovilismo y de la miseria.

El problema de cambiar el parámetro de la clase objetivamente interesada en revolucionar las cosas (una falacia desde hace varias décadas) al parámetro del individuo-potencia, es que este se queda sin grupo al que acudir como aliado incondicional para sus desarrollos. Su lucha contra el otro significa su actitud crítica contra la sociedad en su conjunto, por tanto contra las demás personas, sea cual sea su condición económica, social e ideológica en tanto sean eslabones represivos para el desarrollo de las libertades. La terrible presunción de tal parámetro es que el individuo se enfrenta a la sociedad desde los espacios más inmediatos: la familia, los amigos,  el cónyuge y no solo desde los grupos de inserción obligados: escuela, servicio militar obligatorio o trabajo.

El individuo crítico es la condición necesaria e indispensable aunque no única para ser persona y crecer. Lo más probable es que los individuos que opten por la ignorancia y la negación de verdades lo obstaculicen  de una manera u otra.

Las sociedades expresan sus distintas subrealidades en formas diversas de asociacionismos y de programas. Para el esquema Mao bastaba distinguir en una sociedad de campesinos quienes estaban dispuestos a llevar una revolución hasta el final y quienes tenían suficiente con unas reformas básicas. Para las complejas sociedades actuales en que los explotados se han convertido en cómplices de sus explotadores no quedan ya tan claro quien es  quien. Siempre hay un criterio fundamental para saber si quien tienes a tu lado es amigo o enemigo por lo que a ideas y evolución se refiere aunque no es hasta participar de coyunturas que obligan a una radicalización en las que cada cual revela su verdadero rol. Puede suceder que  conocidos y familiares con los que se puede tratar socialmente con una cierta beatitud pasen a ser los que estén al otro lado denunciándote o disparándote en una situación de guerra civil, tal como varias historias de varios países han demostrado.

 No es hasta que toca precisar objetivos si la cosa pasa por la alianza o por la polémica veleidosa. Con el esquema marxista había enormes dificultades para  tratar de comprender conductas traidores y las opciones de tantos esquiroles, confidentes y vendidos al mejor postor con los  que los movimientos reivindicativos han tenido que bregar.  Cada movimiento de lucha ha sufrido enormemente con aquellas personas que a pesar de ser objetivamente defendidas por esos movimientos preferían delatarlos o ponerse del lado contrario. Lo que toca valorar de cada individuo como posible aliado para un proyecto social no es su condición económica de miserable o de excluso sino su capacidad creativa para brindar su colaboración en aquel. En un tiempo en que nadie cree en nadie y en el que las alternativas votadas son las reaccionarias los proyectos de grupos que hablan de otro mundo humano con otros valores son sencillamente tomados como delirios. Los movimientos populares, que puntualmente un punto de vista triunfalista definía como aliados objetivos de la clase obrera y de sus supuestos intereses revolucionarios, han dado lugar a una amalgama de reivindicaciones de todo tipo, unas veces complementarias pero otras opuestas entre sí. Hubo una precipitación en entender que había el mismo significado de lucha entre un movimiento de barrio para mejorar las condiciones de habitabilidad pidiendo el soterramiento de una autopista o una vía de tren con el del asalariado pidiendo mas salario por su trabajo, con el feminista pidiendo mas derechos para las mujeres. No, las concomitancias estuvieron mas en lecturas intérpretes apresuradas que en un espíritu compartido a favor de la transformación de las cosas. Lo que parecían diferencias expresivas de un combate han sido con el tiempo diferencias antagónicas entre combates distintos. Eso explica que en un momento dado estructuras asociativas como las de las AAVV se puedan convertir en agentes de un sistema social contra el que en un principio empezaron, aunque tenue y n otan reflexivamente, a organizarse. Se da el caso que los grupos mas instalados en el hacer diario y en un plan de acción aunque este pase por conseguir mas farolas o farmacias para un barrio no comprendan otras acciones mas instaladas en el discurso revolucionario como el de las plataformas emisoras de contra noticias y por la impulsión del debate social. Ante cierres como la ELO (asamblea de Radio de Orcasitas) tras 23 años de emisión dentro de la radiodifusión libre de Madrid solo cabe teorizar a ese otro difuso y general, procedente de los propios compañeros de edificio y de luchas, como el enemigo que más obstaculiza.

Lo mas grave cuando te echan no es tanto el hecho de la expulsión como el agente de la misma. Hoy en día el movimiento social está tan cuarteado que surgen los verdaderos roles de los que eran nuestros compañeros de viaje o, supuestamente, de lucha. El asociacionismo de barrio con el que compartíamos manifestaciones en las calles, lo mismo que los sindicatos de trabajadores más fuertes, se han convertido en los mejores aliados de ministerios y estructura de estado para acabar con las voces libres. No hay nada mas intolerable para los amos de las mordazas que haya gente que emita con voz propia y distinta. Claro que sabiendo esto cada proyecto tiene que garantizar su sustento y lo básico que requiera en cuanto a infraestructura no contando con donaciones inseguras o recursos efímeros. Las plataformas para las voces criticas y progresistas son –o deberían ser intocables- pero la verdad es que del boom de las emisoras libres de hace unas décadas los últimos testimonios que fueron prevaleciendo no han creado nunca un gran polo referencial, sea por sus limitaciones de potencia difusiva o por su propia falta de programa. La lucha contra la sociedad significa también la lucha contra quien hasta hace unos días era tu aliado y deja de serlo porque deja de aceptar tu proyecto o cree que escribiendo o recitando no haces sino el vago y que lo único que cuenta es el aumento del poder adquisitivo o una  ciudad más limpia. La lucha por el resplandor de los deseos revolucionarios de todos modos no necesita tantos apoyos.  Una carpa en la plaza publica, la conexión eléctrica prestada por un vecino y una antena móvil  pueden seguir permitiendo trabajar. El peor enemigo es convertir en derrota  definitiva la represión puntual.

 

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