Participación ciudadana

 

Participación ciudadana en el mundo individualista

De la participación ciudadana se ha hecho eslogan y hasta se ha querido construir másteres universitarios para dotarla de sapientia. La democracia es la palabra que la representa. Todo ciudadano por el hecho de serlo tiene tanto el derecho como la obligación de poder participar en las decisiones que afectan a la vida colectiva e indirectamente a la suya privada. Este criterio suena muy bien. La logística pide la energia de todos para un mundo de todos. Impecable. Lo que sucede es que ese mundo es fundamentalmente individualista. Cada individuo se mueve y procura por si mismo y a lo máximo extiende su manto de preocupación al de su familia, su clan o su tribu. El resto, eso tan grande llamado mundo, forma parte de una nebulosa difícil de asumir. Cuando se teorizaba que el movimiento social era la práctica que podía transformar las condiciones objetivas se ignoraba que ese mismo movimiento o vectores considerables de él tan solo querían sacar la mejor tajada de la realidad en lugar de transformarla. Cuando las formas participativas pasan a convertirse en subproductos institucionales unas veces para justificar los cauces democráticos y otras para aparentar una cierta consecuencia con los parámetros constitucionales puede suceder que una buena cantidad de gestos sean laberinticos para el agotamiento de la energía y la instauración de una conclusión a favor de una élite. Tradicionalmente las tareas de gobierno han caído en manos de unos pocos rodeados de una casta consejera. Ha llegado a suceder que el príncipe o el rey o el mandamás de un país haya vivido en la completa ignorancia de la realidad real de éste a partir de las informaciones sesgadas de sus cortes. El jefe de mando sigue teniendo el chip de gobernar, por su parte los ciudadanos de base que ni pinchan ni cortan en el reparto del pastel terminan por creer que todos los problemas se resumen en una mala gestión. La participación ciudadana directa no sería tan difícil de llevar a cabo si las instancias participativas, las reuniones y asambleas tuvieran una función ejecutiva y no meramente consultiva.

En una sociedad democrática que se precia de serlo debería estar articulada de forma permanente la Asamblea Local o popular en la que los ciudadanos-individuos y los representantes de los distintos  estamentos, grupos, asociaciones, edades y credos tuvieran un espacio de reunión y un enlace con el órgano ejecutivo  compuesto por candidatos elegidos en las urnas. Ya sabemos que no es suficiente crear una institución con un pomposo nombre y esperar que eso lo haga funcionar. Por otra parte hay que contar con la degradación del mismo espacio instituido cuando pierde cuota de representatividad o de calidad en la escasa profundidad de los debates favoreciendo una orla satélite parasita del órgano ejecutivo. En definitiva las instancias de poder son las que son y acaban pro concentrar un máximo de facultades porque por su lado la sociedad civil se desentiende o caer en la desidia apolítica.

Muchos que nos hemos pasado media vida pregonando el valor de la democracia directa y de la participación social en los quehaceres publicas de la comunidad hemos terminado por dejar de insistir en esas propuestas tras repetidas frustraciones por el desinterés  de la gente en sus propios intereses. Constatada la desidia como uno de los males universales el crecimiento de la conciencia es más hipotético que nunca. La costumbre de participar en innumerables actos y reuniones de los que no se desprenden conclusiones operativas termina por hastiar. No es extraño que mucha gente prefiera productos de entretenimiento a estar discutiendo conceptos o tácticas difíciles de llevar a término. Las cuestiones  públicas o los temas de interés social generan arribismos de todo tipo y finalmente una clase o casta que se profesionaliza en ellas. Es un trabajo arduo para el que los filósofos, los psicólogos o los sociólogos se auto descartan dejándolo en manos de legalistas y estrategas de la organización. La política es el arte de hacer posibles los deseos históricos justamente legitimizados por la evidencia de la necesidad de su realización. Eso pasa por innumerables proyectos y neo proyectos, discusiones y votaciones y una continua pelea erosionante. En la lucha política palaciega las discusiones caen en los contrasentidos y las leyes se ganan difícilmente sin quedar del todo consolidadas mientras la rémora de un tradicionalismo retrograda no se las acaba de creer ni se convence en aplicarlas.

Participar en ese campo dialéctico general puede ser interesante para especialistas en la oratorio o gimnastas vocales o personajes ávidos de cámaras, escucha o escena, pero tras 20 años discutiendo las mismas cosas desde un escaño por democrático que sea es posible que el orador mas honesto y entusiasta se canse de si mismo y sobre todo de hacer el panoli. La historia no da la razón a la larga a quienes la tiene. Eso sonaba muy bonito en el panfletarismo, pero no es verdad. La historia simplemente calla. Cada protagonista historia dice lo que dice y por lo general se escribe la historia con voces e interpretaciones distintas.

De todos modos la lucha dialéctica en los espacios institucionales asi como la convocatoria de protesta para exigir a instituciones y poderes que hagan lo que no hacen o cumplan lo que prometieron o que se ajusten a lo mas avanzado de la ley tiene su interés solo que por si misma cae en un vía muerta. Además de ella y por encima de ella importa la participación directa para articular proyectos. La iniciativa popular para la acción es lo que puede construir cooperativas, rentabilizar espacios estériles, reutilizar inmuebles abandonados o crear formas lúdico-alternativas. Lo que no haga el poder político, especialmente lo que no haga el poder local, lo puede hacer parte del vecindario con su plan de intervención creando jardines públicos, centros culturales, casas de alojamiento para transeúntes y necesitados, campings de uso y autogestión pública, replantando árboles y un montón de cosas mas. Basta creérselo para hacerlo y organizar las cosas siguiendo un esquema desde la base para arriba con una filosofía de la descentralización y no al revés esperando que el arriba se digne a cubrir las necesidades de abajo.

Articulando formas ciudadanos de participación también se estará construyendo una escuela de vida en la que se demuestre prácticamente que es posible quitarle dividendos a un mundo tan individualista y que sí es posible organizar formas colectivas de socialización de recursos pero también de goces.

 

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