Por nuestros hijos
Durante el oscurantismo social una de las frases que se oía, para justificar sacrificios militantes y riesgos personales, en la perspectiva de cambiar las situaciones concretas del país, mencionaba a los hijos como razón suprema. Por nuestros hijos decían/decíamos, apoyándonos en ellos, los tuviéramos o todavía no hubieran nacido, para dignificar nuestra lucha y no aceptar limosnas salariales, todo eso dentro de una liturgia estandarizada de tan repetida y no exenta de demagogia por su alarmismo. Paralelamente, ya se sabía que los hijos no venían del azar, ni los traía cigüeña alguna ni existías porque dios nos los enviara, sino que eran resultado de una fusión fisiológica muy conocida y estudiada. Se tenían hijos, como se hacía desde millones de años atrás, porque los contactos sexuales no siempre responsables, cuidadosos o planificados los engendraban. ¿Cuántos millones de hijos en el planeta han sido/siguen siendo la consecuencia de la desplanificación? ¿Cuántos de ellos vienen sin ser real ni totalmente deseados? Curiosamente esos hijos no siempre buscados ni recibidos en las mejores condiciones materiales pasaban a formar parte del discurso de apelaciones para exigir un mundo nuevo y mejor. “Por el pan de mis hijos…” decían como coletilla los obreros con más coraje. A otros eso ya nos sonaba a prosa gordinflona, una especie de inflación de los substantivos que poco tenia que ver con una estrategia-plan para acabar con el capitalismo y todos sus males.
En el análisis del lenguaje subversivo encontramos no poca producción semántica preñada de influencias de la ideología del sistema, que se decía, o bien es cierto al mismo tiempo se combatía. Estaba repleta (sigue estándolo en países y regiones que los pueblos necesitan acudir a él para liberarse de los yugos que los oprimen) de afeites y zancadillas para los mismos visionarios de revoluciones y utopías.
Para un revolucionario, tener un hijo al que le pusiera por nombre Manuel[1] y se le asignara un rol de guerrillero desde antes de nacer era un absoluto contrasentido. Si la tesis crucial del anticapitalismo reconoce las dificultades para el desarrollo integral de las personas dentro del sistema, tener hijos para convertirlos en sus esclavos es un mal negocio además de una decisión salvaje, tanto más erróneas cuanto más conscientes son las personas que los engendran. ¿Entonces qué? ¿No hay que tener hijos? Desde luego, el mundo lleva un siglo que no está para tenerlos. En los siglos anteriores las alarmas del exceso poblacional tampoco eran tantas para cuestionárselos. De hecho, tenerlos en cantidades importantes formaba parte de una estrategia de producción y no precisamente de amor. Los esclavos y los obreros debían tener hijos para que las clases productoras se auto reprodujeran convenientemente a sí mismas. ¿es que se ha olvidado que el nombre de proletariado de la clase obrera industrial vino así denominado por las proles, los hijos, creados por cada familia?
Los hombres que no querían tener hijos o las mujeres que no los tenían o se demoraban en tenerlos pasaban a ser objetos de habladurías. A los unos se les podía acusar de flojera, a las otras de estériles, a ambos de egoístas por no sacrificarse por sus vástagos y así por el futuro de la especie. ¿Pero qué futuro era ese? El futuro es siempre esa hipótesis, no exenta también de demagogia, al que se menciona reiteradamente dándolo por descontado cuando todos sabemos que sus predicciones no son precisamente halagüeñas. El alegato de las luchas de antes o de las consideraciones actuales de los paters y madres de familia actuando por sus hijos tiene bastante carga de farsa. El hijo es la coartada perfecta para no arriesgarse, para no ser libre, para no hacer, para no viajar, para no comprometerse. Es el parámetro ideal para montarse una vida intradomiciliaria, de puertas para dentro. Es el punto-gravitas sino de todos, de una buena parte de los anhelos biográficos. Una pareja nunca llega a ser totalmente una familia sin su primer descendiente y desde el mismo momento de su perspectiva todo el cuadro de conceptos y relaciones varía.
Aquellos hijos nuestros por los que décadas atrás luchábamos por una sociedad mejor, son ahora los adultos sobre los que descansa parte de esta sociedad. Estuvieron al corriente de nuestros objetivos y dedicaciones organizativas para combatir un poder regente que nunca vencimos del todo. En lugar de seguir nuestros pasos –ya de conspiradores tardíos- arribaron a una sociedad con otros recursos y con posiciones personales desde la abundancia. Nosotros no cambiamos aquel mundo pero en la vieja Europa sí conseguimos que se reconsiderara el peligro atómico-bélico o que se cobraran mejores salarios y los obreros industriales empezaron a perder distancia con una gran masa de clase media con posibilidades adquisitivas substanciosas.
Quienes antes eran nuestros hijos para los que habíamos concebido un futuro en una sociedad sino perfecta mejor que la actual, son ahora parte de esta sociedad con otros identificativos que nosotros no tuvimos y que, en nuestra atipicidad, nunca tendremos. Es difícil adaptarse a un mundo para el que pensaste que no había ninguna oportunidad de continuidad histórica. Nuestros hijos en cambio heredaron otra idea a pesar de nuestras influencias: la de no creer en la utopía, la de adaptarse a las reglas de juego social que pasaban por la rivalidad fiera, la obtención de capital y la adquisición de propiedad privada. El sistema nos venció convirtiéndonos en una generación de derrotados no porque fuera más coherente que nosotros, sino porque siempre se ha nutrido de la codicia humana y de esa ideología latente de resistencia al paraíso social, que por otra parte nunca nadie ha teorizado con la suficiente argumentación para convencer masivamente a la gente. En resumen, el capitalismo somos nosotros. Es difícil no rastrear en una sola persona conductas de vida explícitamente prosistema. Mientras en un tiempo nuestras ensoñaciones compartidas con nuestros hijos hablaban de un mañana seguro y justo, en nuestra geografía próxima el toro de Manolo Prieto[2] nos estuvo mirando sin hacernos demasiado caso sabiendo ya que un dia, instalados ya en ese mañana, algunos escribiríamos artículos como éste.