Publicar lo íntimo
Publicar lo íntimo[1].
El pudor de preservar lo más íntimo de la mirada ajena ha decrecido en su cota de exigencia. La era del hedonismo viene tocando a las puertas privadas desde hace ya no pocas décadas y el exhibicionismo, sutil o descarado, es algo más que una pulsión minoritaria, convenientemente reprimida de acuerdo a los cánones culturales, para ser una tendencia inserta y mayoritaria perfectamente reconocida en multitud de ámbitos sociales. Se ha dado un gran salto desde los gestos epistolarios en los que uno corresponsal le contaba sus pequeños secretos a otro justificada tal comunicación por la distancia que los separaba y el afecto que los unía, a tener canales de video instalados en casa para publicar las imágenes en tiempo real en la red para disposición de cualquier desconocido que quiera verlas. Los dos extremos de dar la noticia de la privacidad obedecen, sin embargo, a un proceso continuo. En la confidencialidad de dos también hay una publicación de lo que uno es, siente o hace a otro en particular. En una pantalla la intimidad es contada a un número indeterminado de interesados en saberla. Lo que varía en un caso u otro es el lado de recibo, la cantidad de personas que reciben la noticia. Por lo general la privacía es compartida con una persona o con un máximo de unas pocas a las que se supone la sensibilidad de guardar el secreto, la capacidad de respeto y la lealtad para ser depositario consecuente de aquello que se confía. Esas variables pierden todo control cuando el campo destinatario es indeterminado. Sin embargo hay otras razones para privatizar la información de lo personal a un poco gente o a una sola persona, la pareja, el amigo, el hermano el correligionario o el camarada y es la del presupuesto de la correspondencia y sobre todo de la no traición. Las historias sentimentales y depositarias de información privada demuestran que el otro que recibe entregas confidenciales considerables es quien más armas tiene para destruirte si en un momento dado las relaciones se estropean. Eso hace repensar en que la privacía individuada tampoco es una garantía. Tanto en la publicación de la noticia sentimental en una escala numérica como en otra el que hace de confidente de lo suyo debe saber en todo momento que se arriesga a que el otro le malinterprete o utilice la información recibida en su contra. Sabido esto, cada cual en su justa medida se autoadvierte a lo que se arriesgo. Una vez se de el choque con cada revés, lo va a ser menos si los riesgos han sido asumidos previamente. Es distinto contar las historias privadas en forma de novela erótica al estilo de la de Almudena Grandes. La cultura y el superyo dominante en los individuos demoran enormemente la higiene mental pendiente que les queda. Es cuestión de tiempo, tenacidad y cuantiosas inversiones ideológicas en conciencia para que la gente paulatinamente se vaya despegando de sus miedos y reconociendo sus pulsiones de deseo y sus prácticas privadas sin avergonzarse de ellas. Ya hay héroes y heroínas que cuentan cosas de su vida y exhiben sin vergüenza sus lados oscuros para iluminarlos con orgullo sin temor a ningún índice moralista amenazador ni a ninguna mirada ajena. Si es así no hay ninguna objeción para trasladar temas y confesiones hechas en privado a espacios colectivos o anónimos. Si la poesía que nace en la alcoba o en la privacidad sentimental termina en un libro que compra una mirada anónima y arrebata del silencio de la estanteria de una librería ¿por qué deberían tener un trato más críptico los diarios o las cartas personales? De hecho no tienen ese trato diferencial. Cualquiera que tiene o ha ganado, o le han hecho ganar un nombre público y reconocido termina por ser devorado en sus otros textos, tal vez menores, que hacen referencia a su intimidad en forma de cartas o confidencias testamentales. Parece que la humanidad necesita tomar el biberón de las leches de todas las privacías con las que alimentar su propia imaginación.
Publicar lo íntimo forma parte de la dinámica de publicar. Un texto es un texto. Sabemos o nos hemos hecho la idea de cómo eran personajes históricos gracias a correos que intercambiaron y de otros en los que eran retratados por terceros. Sabemos de la elaboración de conceptos y de textos terminados a partir de su seguimiento en correspondencias particulares sostenidas. La correspondencia con Wilhelm Fliess (1858-1926) de Sigmund Freud (1856-1939) constituyó un verdadero psicoanálisis[2] para éste y arroja mucha información personal y conceptual de su obra. En mi formación le debo mucho a atreverme a escribir cartas y a cultivar la epistolaria en un tiempo en que ya predominaban las postales, el telegrama o el teléfono. La cuestión no es acerca de la conveniencia de publicar lo íntimo sino quien toma la prerrogativa de hacerlo y de qué manera para que no se sientan dañadas personas implicadas (mencionadas o examinadas) en ella. Todavía es legitimo conceder el derecho a la privacía, es decir al secreto. Pero ese derecho entra en contradicción con el derecho universal al arte, a las formas, al saber, al descubrir y por lo tanto a transgreder, indagar, encontrar enfrentándose a los intereses contrarios que impiden el acercamiento de la luz a la oscuridad, el atrevimiento de levantar las faldas a las escenas y la cesión a las verdades concretas sean las que sean. Privacía restrictiva y cultura extralimitada no se llevan bien. Es la misma clase de conflicto que puede darse en situaciones extremas de hambruna en la que una parte de la población muere de hambre por falta de lo más básico mientras que otra guarda depósitos abastecidos de alimentos que son suyos de propiedad pero cuyo consumo es para un futuro. El derecho jurídico de esa propiedad queda en suspensión frente a la emergencia de necesidades. Y lo que en otros contextos puede ser una garantía ante la emergencia se convierte en un delito ético y en una complicidad en el desastre de los otros. Sin duda en el tema del reparto de los materiales para cubrir necesidades básicas resulta más fácil ponerse de acuerdo que en elecciones de tipo artístico y en particular literario. Aquí el material literario pone al descubierto personas o linajes reales. Si la historia de la literatura, lo mismo que la historiografía de los acontecimientos políticos, hubiera tenido que pedir permiso o esperar a que las personas citadas y documentadas estuvieran de acuerdo con lo que se dice de ellas, probablemente nunca habríamos podido gozar las obras maestras de la una y de los análisis clarividentes de la otra. Escribir tiene tanta premura como el comer. Son actos de emergencia que surgen voluptuosamente en contra de quienes no están dispuestos a conceder el dominio de la contención de sus secretos o de sus porque no están dispuestos a compartir con el mundo lo que tienen o el desvelamiento de lo que hicieron. Todo eso no quita que cada cosa publicada, circulada en que implica nombres de personas vivas, cercanas o no, relacionadas o exrelacionadas, vivas o muertas, se haga con el sumo respeto a su dignidad para el caso de personas dignas y con la posesión de la verdad libre de especulaciones.
[1] prepublicado en http://www.librosenred.com/foro/posting.php
[2] Vicente Palomera, NOTA BIOGRÁFICA de freud para el volumen I de las obras completas en RBA, 2006

