PENSARES y PESARES

Las maneras de la prosa escrita

Las maneras de la prosa escrita. ¿Cómo escribir con corrección y estilo?[1]

Escribir es una pasión, un reto del ingenio, una creación que se va haciendo con la cabeza y con las manos. Se unen palabras, se hacen frases, se consiguen párrafos y con unos cuantos signos gráficos  se consigue  hacer un pequeño milagro: el de expresar algo. Milagro tanto más extraordinario cuánto más antojadiza y difícil se hace la comunicación en el tiempo de las superficialidades. Se escribe cuando  se instala un mensaje, cuando se tiene un decir.

Escribir es un arte creativo, quizás una de las actividades artísticas que, según épocas, ha sido de las más reputadas. Todavía ahora el escribir es al intelectual lo que la didáctica es al pedagogo, la escena es al actor, la cumbre es al alpinista o el debate es al político honesto. Escribir tiene aún algo de magia y de incógnita que te lleva de la mirada letra a letra por el campo del saber, por la especulación teórica y por  la investigación de lo que acontece. Lo escrito puede contarte un cuento o sumergirte en la novela más intrincada, puede mover los sentidos o buscar el mismo sentido del ser y de la existencia.

La persona que escribe tiene algo de misterioso; tiene una capacidad, supuesta o demostrada, para meter en una hoja en blanco (ahora diríamos en una pantalla plana de ordenador) una historia, una idea, un decir con la suficiente claridad y habilidad para mantener la atención de otro que, haciéndole de lector, acepte conceder parte de su tiempo personal para leerlo. Como cualquier otro creador aporta algo que antes de hacerlo no estaba en los espacios de difusión o en las dinámicas de los objetos circulantes.  Al ser nuevo invita con sus formas sugerentes a que se le haga caso y  proporciona  una nueva cosa de la que hablar. Con suerte y promoción podrá aparecer en páginas de revistas y periódicos o en forma de libros anunciados tras los escaparates. Con suerte comunicará hechos y brindará emociones antes no descubiertas en otras partes. A lo mucho despejará dudas, proporcionará informaciones y estimulará nuevas ideas y a lo poco seguirá con un ritual que ya tiene unos cuantos milenios: el de contar las cosas humanas o que le pasan a lo humano en soportes que duran en el tiempo más de lo que su autor podrá vivir. Escribir es delicioso porque es dejar algo de uno mismo o del itinerario de sus improntas unas cuantas  formas en conserva a las que podrá acudir cuando haya olvidado lo que fue, lo que hizo, lo que prometió, lo que se propuso  o lo que sintió y a las que podrán acudir otros que ni siquiera lo conocieron en vida o desearon hacerlo. En el tiempo del homo videns lo escrito y lo literario no gozan del máximo impacto y hay otros campos, sobradamente populares, de mayor audiencia y seguimiento. Cabe reivindicar el concepto de que  todo lo que sale por una pantalla o de aquello que se cuelga en las paredes y se exhibe en las vitrinas o se lleva puesto al amparo de modas pertenece a un continente literario. Dentro de cada puesta en escena hay una literatura, hay una solicitud de la reflexión. Todo tiene su texto aunque lo veamos en forma de imágenes, escenas teatrales, pinturas plásticas o argumentos cinematográficos.  Todo tiene su decir aunque se mantenga en la latencia o esté aguardando a quien lo diga o lo ponga por escrito. No creo que los millones de libros acumulados y sus otras tantas autorías lo hayan dicho todo. No creo que nunca haya un momento en la historia del pensamiento humano en que una enciclopedia encierre todo lo que se tenga considerado como saber o  que haya sido descubierto. Las enciclopedias conocidas necesitan sacar libros-apéndice y nuevas reediciones para reactualizarse y quien termina de crear un libro experimenta la necesidad de crear uno siguiente para intentar completar lagunas anunciadas en el anterior o los precedentes.  Esa experiencia de la incompletud está vinculada la pulsión creativa. Reconocerse insuficiente te lleva a tratar de descubrir nuevas cosas y nuevas potencias dentro de ti.

Ese ímpetus en el expresar y en hacerlo de un modo consistente ha producido muchas maneras y formas de escritura: desde los relatos croniciales más esquemáticos a los textos más simbólicos, desde las descripciones más concretas a los discursos más abstractos, desde tratar con lo más simple a atreverse hacerlo con lo más complejo. Hay páginas para todos los gustos y del mismo modo en que hay secciones de periódicos que son pasadas sin ser vistas hay libros enteros que nunca serán considerados. Lo que es motivo de atracción, por tema y estilo, a un lector puede ser un revulsivo para otro. Hay espacios o recursos como un periódico o una revista que es una plataforma de propuestas varias, cada cual dirigida a sectores objetivos distintos aunque en conjunto se difunda dentro de un perfil de lectores. Si está claro que hay quien pasa más tiempo en su relación con el periódico resolviendo el crucigrama y esto no tiene porque afectarle a quien lo dedicada a la sección de bolsa, ni lo ni lo otro tiene porque disgustar a quien solo lee sus noticias políticas, ni todo ello enfada a quien solo lee las deportivas la misma gama de actitudes se puede aplicar ante las librerías y el volumen crecido de propuestas para leer. Alguna estadística publicada habla de que en España lee un 40%  de gente en edad lectora. Parece una cifra abultada a juzgar por las clientelas aún escasas de las bibliotecas y por la mayoría de pasajeros con la mirada perdida en el infinito en lugar de infinitizarse dentro de las páginas de un libro en sus tiempos perdidos repitiendo la misma operación diaria de sus desplazamientos. Pero sí es cierto la inmensa crecida de títulos de toda clase de temas y de exotismos. Con toda clase de maneras y estilos. Diríase que todo es aceptable desde el  momento en que ha sido aceptada la libertad de expresión por ley y no poca gente se considera autora atreviéndose a ilustrarnos con su filosofía o con sus pinitos ensayísticos cuando apenas tienen una formación básica como lectores. He llegado a oír de alguien que me envía sus originales poéticos que le gusta escribir pero que no le gusta leer sin ningún sonrojo en su cara y como si hiciera la gran declaración heroica del genio. Ante afirmaciones de este tipo mi perplejidad me deja encajonado en la inacción. Prefiero hacer como si no lo hubiera escuchado y seguir creyendo en que la gente es más educada y considerada que enzarzarme en una polémica clásica sobre la necesidad prioritaria de aprender para luego enseñar. Efectivamente escribir tiene algo de enseñanza. No se limita a hacer una declaración de un sentimiento o de unas impresiones sino que propone una indagación y arriesga unas conclusiones con las cuales se compromete la autoría. Dime lo que dices y te diré quien eres.

Bien, tenemos un enorme volumen de cosas por decir y un cuantioso ejército de personas, cada un en su puesto de francotirador , investigador o artista, que se pone a decirlas, que se atreve a exponerlas, que las va construyendo con o sin ayudas organizativas, con o sin presupuestos institucionales con o sin todas las condiciones necesarias. La libertad de crítica y de pensamiento es la gran explicación de este extraordinario fenómeno. Gracias a el podemos nutrirnos los unos a los otros sin tener necesidad de conocernos personalmente. Gracias a la comunidad de los bienes y saberes intelectuales podemos aprender gentes múltiples desde la distancia recíproca. Ese es otro gran efecto colateral del escribir, podemos entendernos en los simbolismos gráficos empleados. Así como la música es universal también lo es la escritura.

A pesar de esa consideración genérica, a toda literatura le es exigible unos mínimos: su legibilidad, su construcción sintáctica coherente, la concordancia de sus conjugaciones verbales, su propósito intencional, su aportación renovada. No basta con enlazar los signos gráficos para tener un texto aceptable. De hecho las posibilidades combinatorias de los signos gráficos dentro de un límite numérico dado son sino infinitas cuantiosas. Tomemos  por ejemplo un poema de cuatro estrofas de cuartetas. Eso da 16 líneas y supongamos que eso es alrededor de cien palabras. La posibilidad de ubicación de estas cien palabras en el  mismo soporte es de diez mil (100x100) de las cuales unas pocas, no más de una docena   seguramente, pueden aspirar a ser entendidas, y de ésta sólo una manera ha sido la elegida por el autor el cual se debe al imperio de la comunicación y a un cierto orden en su colocación por mucho que tenga licencia creativa y se tome la libertad constructiva propia de su estilo. Un texto en prosa se permite más oportunidades que el poético para explicarse a sí mismo. Siempre tiene la oportunidad de hacer aclaraciones en las frases subsiguientes de lo que ha informado con confusión en las anteriores. A pesar de eso no puede hacer un uso gratuito de los distintos instrumentos ortográficos. La puntuación, los entreguionados, los paréntesis y las mayúsculas deben ser gestionadas debidamente, también las estrofas, los puntos y a parte, las siglas, las menciones de nombres o referencias,...De otro modo el texto puede mover a confusión cuando no a espanto y retirada. Si un texto intelectualmente bien construido es o puede ser duro de seguir para quien no tiene aguante de seguimiento o cuando el tema resulta escabroso, se hace materialmente imposible cuando su construcción sintáctica lo hace ininteligible y el lector con poco tiempo lo deja a un lado. La prosa, o mejor el texto escrito de una narratividad, es un feeling con quien va a leerla. Es una historia de amor entre quien la escribe y quien la lee. Empieza con el título que es un llamado para ser mirado y sigue con tesón, frase a frase, para mantener cautivada la atención inicial. No es suficiente con que trate un tema de actualidad o de interés público. Ha de decir cosas antes no dichas, ha de conjugar las informaciones de una manera diferente, ha   de presentar un estilo, ha de enseñar algo. De lo contrario, el interés puede decrecer en el párrafo siguiente cuando no en la segunda frase. Sabemos que el desinterés conecta con otras muchas variables entre ellas el terror  extendido a lo intelectual pero hay que interpretarlo en su justa medida y diferenciar aquel interés de quien no se entera lo que lee, se trate de lo que se trate, por sus propias obstrucciones mentales de aquel otro que no está dispuesto a perder el tiempo haciendo los enlaces y completudes del texto que le es presentado y que no alcanza los mínimos de comunicabilidad. El lector es acomodaticio y espera que le expliquen las cosas como es debido sin tener que hacer el esfuerzo de completar mentalmente aquello que le ha sido incoherentemente presentado. Claro que hay otros estilos elaborativos que basan su gracia en esperar la gestalt del lector, completando lo que el autor deja dicho, deliberadamente, a medias.  Esta es la cuestión: construir un texto bajo el criterio de voluntad y planificación elaborativa y no dejarlo a la deriva sin haber resuelto lo que se deseaba plantear en el mismo. Maruja Torres  afirma  algo válido dentro de una de sus novelas nada relevantes  acerca de que la voluntad de escritor o el objetivo de constituirse en tal basta con seguir del hilo[2]. Tal vez no sea tan fácil pero ciertamente de un texto sigue otro y otro y otro y la prueba de realidad de cada uno de ellos (prepublicándolo, publicándolo o dándoselo leer a gente concreta para que nos de su opinión sincera y crítica)genera nuevas oportunidades, otros contactos, nuevos deseos de escribir, es decir de rescribir porque las historias de la literatura y del ensayo son una historia de reconstrucciones de temas inagotables y la propia biografía escritora es la creación de un gran deseo de ser, y de manifestarlo, demostrando la perseverancia de un pensar en formas escritas. El escritor es el sujeto que escribe y que hace de su hacer elaborativo algo central en su vida. Eso le lleva a un trasiego tanto con las formas que emplea de expresión como en el laberinto multiaspectado en el que se mete. Escribir significa estar corrigiendo a cada paso. En cada línea hay la necesidad de un repaso, cada palabra ha de ser revisada y sobre todo cada citación de alguien y de algo ha de ser contrastada. La persona que se hace autora antes que nada establece un compromiso consigo misma. Se debe a la honestidad intelectual, al compromiso con la verdad y a una danza con las palabras, en las que no puede olvidar los pasos para no pisar a nadie. Su lucha por la originalidad le llevará a la tentativa de nuevos estilos sin caer en una amalgama de formas sólo reconocibles por sus ojos y por nadie más. El texto en su proceso puede no pasar de ser un escrito en grado de tentativa que para conseguir su propósito necesite una o varias reelaboraciones. Nos sorprendería saber que textos magistrales de goce universal han sido trabajados durante años, leídos y releídos, revisados y reconstruidos.  En principio un texto  en estado de borrador no está terminado y es en todo caso el marco en el que seguir trabajando. Puede ser leído sí y debatido y puede empujar a hacer otros a su nivel pero no es un texto completo. El texto terminado es el que no necesita de ninguna exclusión ni de ninguna inclusión en todas y cada una de sus partes y palabras. Eso es: el texto perfecto. El texto que no lo es se somete al veredicto de la indiferencia en un extremo o el de la crítica aplastante en el otro. El texto imperfecto queda en la tentativa, en la práctica del ejercicio, en el eslabón necesario para rehacerlo o hacer otro incomparablemente mejor. M.Torras añade que hay la opción de pasarse el resto de una vida organizando los escritos de otro. Se diría que es algo despreciable. La corrección no es un trabajo mecánico sino que completa la genialidad. Mejor dicho es el corolario de la genialidad.  Trabajar los textos de otros es una forma de aprender, corregir lo ajeno es ser más capaz de detectar los errores propios. Ha habido y hay copistas de cuadros en los museos que a escala hacen bellas obras casi idénticas a los originales. Al hacerlo es una manera de aprender técnicas pictóricas de artistas que tal vez vivieron siglos atrás.

Hay muchas maneras para la prosa de texto. A parte de los géneros literarios clasificados la gente escribe como sabe y como puede y gracias a sus atrevimientos contamos con crónicas, fuentes primarias y narrativas extraordinarias. Algunas de esas maneras son estandarizadas. Hay condiciones de publicación que las exigen expresamente y ante una simple carta o email, el interlocutor esperará una mínima fuerza significativa. Como es sabido, basta poner o suprimir comas para que una frase simple pueda cambiar completamente de sentido. Aquello que se hace en las interacciones acústicas verbales en cuanto pausas de separación por el legado de la prosodia y las formas culturales de comunicación se es menos capaz de hacerlo en la producción escrito.

Lo escrito sigue siendo un gran indicador de cultura, pero también de inteligencia. Sigue sorprendiendo que una enorme cantidad de gente que ha tenido escolarización y ha cursado carreras universitarias con currículums más o menos brillantes se desmorone ante la perspectiva de hacer un texto escrito. Tal vez por eso, el género epistolario se ha extinguido prácticamente y se rehuya de lo escrito preferenciado las formas de entrega de texto a través de la imagen. La prueba de redacción o de comentario de texto era y sigue siendo lo más ejemplificativo del nivel intelectual y cultural de quien lo hace. La redacción era uno de los ejercicios el ingreso de bachillerato de hace una generación y media atrás y lo sigue siendo en las pruebas de acceso a la universidad.  Tener capacidad de síntesis, de relato y de expresión es fundamental para la supervivencia y sobre todo para tener un método de elaboración de ideas.

Hay manuales que enseñan a escribir y centros y talleres literarios que proponen técnicas. Todo se puede aprender y eso deja de lado el talento en tanto que  don para convertirlo en un procedimiento instrumental (¿también era así con Shakespeare en sus primeros textos escénicos o con Mozart cuando no había cumplido los 6 años de edad?).Pero hay algo del estilo y de la particularidad expresiva que sólo se puede descubrir. El autor se sabe que es tal después de una cierta cantidad de expresiones de su invención hechas. Cada cual tiene su cuota productiva. Hay quien puede intentar toda la vida escribir una pieza y no conseguirla y hay quien anda sobrado de ellas olvidándolas incluso haberlas hecho.

No hay una sola clase de respuesta a cómo escribir correctamente. Lo que hay es una propuesta para investigarlo. A fuerza de tratar de explicar algo, tanto una situación anecdótica como una ley de matemáticas, tanto una sinopsis cinematográfica como una recensión de un ensayo, se va consiguiendo dar con las palabras adecuadas y se va consiguiendo una habilidad sin remilgos para amputar las superfluas o cargantes. El texto final es siempre un texto destilado como la esencia o el néctar resultante de un complejo proceso en el que la mayor parte desaparece en el camino. Pensándolo bien esa idea de la destilación se puede aplicar a otros muchos asuntos de la existencia. Lo fundamental, la esencialidad, es aquello que prescinde de los decorados, de las diletancias, de las apariencias, de los enredos, de las bagatelas, de los abalorios, de las gramáticas innecesarias. Pero puesto que el accésit a las perlas de la pureza no es directo hay que pasar por las valvas de las ostras, los rellenos y las cuestiones secundarias, las tentativas y las presunciones, los relatos aliados y los textos de soporte. Todo esto también integra lo literario. Es el escritor el que se aviene a sus leyes y no la escritura a la voluntad rígida de aquel. Escribir es dejarse llevar por el mismo acontecimiento elaborativo no tratando de decirlo todo siempre y dando la oportunidad para que las cosas respiren en distintas partes tratando de responder al menos a una sola cosa cada vez.

 



[1] inserto la misma fecha en http://www.librosenred.com/foro/viewtopic.php?p=758#758

[2] Maruja Torres  Hombrres de Lluvia    Barcelona 2004 Planeta  p.127

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