La gramática ordinaria

 

El otro que te recibe al otro lado de tus cartas o mensajes y que te contesta  no con el aburrimiento de la formalidad sino con la inquietud de la curiosidad, los ojos abiertos del interés y el deseo del encuentro te confirma en tu lugar remoto, en tus paseos por el mundo o en tus búsquedas. Tener un amigo es tener un interlocutor especial, un confidente para tus historias personales y al tenerlo creerte que éstas tienen un valor añadido al poder ser contadas. Nunca he podido entender demasiado a la gente que no le gusta escribir cartas y en general a quien no le gusta escribir. He creído que se pierde uno de los mejores placeres de la comunicación: el de testificar cada contexto con un texto personalizado, directo, sincero e inimitable.

En las cartas pueden desfilar muchas ideas y muchas descripciones para no pretender ningún proyecto ni conseguir ninguna realidad tangible, tan solo la de la misma continuidad comunicativa. Una relación postal queda decidida en las dos primeras cartas. Para que den lugar a las siguientes que se prolonguen  por, tal vez,  docenas, tal vez,  por años; tiene que darse la empatía suficiente para comunicar algo y para irlo aceptando y  destilando en dos gerundios combinados. La experiencia comunicativa  es una transacción continua de informaciones y argumentos no siempre para convencer pero suficientemente esgrimidos para que queden como referentes o cosas dichas. Esta puede llevar de la mano efectos emocionales colaterales aunque no necesariamente tienen porque ser exuberantes. Las emociones crecen o decrecen según las palabras empleadas. Las formas de enunciado, de saludo, de despedida. El uso combinado de una base suficientemente rica de adjetivos y de substantivos suficientemente parca lleva a situaciones complejas. La persona que escribe cartas no puede negar sus afirmaciones o negaciones. Está siempre enfrentada a un espejo que la delata en sus pliegues y arrugas, en sus fealdades y exclamaciones, en sus momentos eufóricos y en sus ratos deprimentes.

Lo extraordinario de la gramática ordinaria es el de podernos tratar de tú a tú todos sin tener el compromiso de hacer méritos académicos o de pasar pruebas indispensables. La comunicación escrita continuada ya es por si misma una prueba de fidelidad con lo real, con lo que existe, con el otro que está  al otro lado. Evidentemente nada obliga a continuar y cualquier texto enviado puede ser el último o hay que prever tal probabilidad, sea por agotamiento del interés recíproco, sea por concluir un ciclo y arriesgarse a  la repetición  indeseada o sea porque todo, como suele decirse, esté ya dicho.

Nunca nada está dicho del todo pero sí se agota la energia para continuarlo tratando de igual forma con la/s misma/s persona/s. La relación epistolaria en principio es un sondeo de posibilidades tanto teóricas como personales, luego un acotamiento de las cosas a decir. Un interlocutor puede tener mucho interés en lo personal y en la seducción y muy poco en la teoría por falta de brillantez o por dificultades expresivas con el texto escrito. Y al revés, una persona puede tener mucho valor como fuente de enunciados, discursividad abierta, argumentística y caudal de referencias en su manejo expresivo y muy poca charme para desearla como compañera de sensaciones, amante de cama o amiga para salir a pasear. Lo que el otro representa para el uno no tiene porque estar claro desde el principio. De hecho la relación humana es una toma de posición continua y la relación epistolar puede introducir actitudes distintas según va avanzando el proceso de la comunicación. Probablemente la relación comience con una cantidad de equívocos o se apele a ellos cuando ya estén en curso. Para mí la relación postal es ante todo un pretexto para la indagación en el alma humana, lo cual significa hacerlo a través de la mía propia y la de la persona interlocutora. Muchas relaciones comunicativas no prosperan porque colocan situaciones argumentales difíciles de resolver. Por lo general la huida de la partida es la actitud propia de cobardes pero también de realistas, mientras que su continuación hasta el final es propio de aventureros del discurso y de utopistas.

Después de haber practicado toda clase de juegos gramaticales en otras tantas formas comunicativas en las que ni el deseo explícito ni la argumentación analítica han estado ausentes, fui empujado a la necesidad de una conversación plácida sin mayor interés que el goce de la misma, sin mayor pretensión que tener excusas para el enriquecimiento del mismo léxico, sin mayor objetivo que la sinceridad tanto de los conceptos como de mis anécdotas. Pero no es mi vida lo que me interesa contar siempre tanto como mis ideas. Mi vida no vale tanto por sus hechos como por sus no-hechos. La mayor parte de las ideas se quedan en la segunda parte de la clasificación. La parte que más quiero de mí no es tanto mi biografía curricular como mi currículum oculto: todo aquello que contengo y que no he conseguido desarrollar al máximo de su potencialidad. Como compensatorio queda el lugar del decir y tomar a alguien, amistad relativa o segura dentro de la s eventualidades que presentan los demás, como pretexto o depositario para decirlas.

Puedo sospechar que la otra parte en su perplejidad, se pregunte ¿y a mi porque me cuentas todo esto? La vida para mi es más sencilla, no tengo que comerme el coco repensándolo todo. Pensar genera conflictos con uno mismo y con los demás. No hacerlo te prepara para ser un sumiso incondicional a todas las cosas por contradictorias que sean.No es poca la gente que he conocido que se declara poco partidaria de los textos continuados y relaciones longevas. La gente no está educada o preparada para relaciones  epistolares de larga duración,

En el correo personal, lo teórico con lo anecdótico son mezclados con suma agilidad. No es imperativo el rigor de un artículo ni tener una cosa completamente pensada para presentarla. El confidente se hace cargo de que estás en un proceso elaborativo y te anima a que sigas trabajando con él. De otra parte tu inquietud tiene que ser expresada con la suficiente cautela para no molestar al otro con tus tonos y en tus irreverencias de lo que para él/ella pueden ser tremendos e intocables postulados; además una excesividad creativa por tu parte puede llevar al cierre de escotilla dela otra por sentirse fuera de juego o sin herramientas de respuesta. Hugo von Hofmansthal  aseguraba que había que disimular la profundidad en la superficie. A la persona inteligente le conviene pasarse por tonta en algunas situaciones de su vida. Pero si abusa de este criterio se puede encontrar que una relación de sinceridad se convierte en un absurdo total al tratar de expresarse siempre sin herir a la otra parte.

He tenido la suerte de conocer a muchas personas en sus formas de escribir. Generalmente permiten ser descubiertas en unos déficits que en la conversación oral pueden ocultar fácilmente. No me extraña que consecuentemente con esto deploren el vínculo epistolario y objeten como enormes rollazos los textos más allá de unas pocas líneas. Lo que se pierden tales ágrafos, además del placer literario de la creación básica de la descripción es la apasionante aventura del escritor que trata de conocerse y de conocer a quien le acepta la complicidad confidencial de la correspondencia. Claro está que muchas cosas que contiene la comunicación son prescindibles y el acto heroico de la sinceridad no remite a ninguna obligación contractual, en todo caso a algún rito extempóreo. Es más bien un auto-compromiso con uno mismo a partir del fervor a las letras y a su simbolismo. Supongo que podría haber organizado mi vida sin cartas pero también aseguro que les debo mucho a ellas. Me han afirmado los dedos y me han vinculado para siempre a las declaraciones confesas. No soy otro que el que se auto describe. Podía haber dejado de hacerlas y haber centrado mi energia en libros más importante, en lugar de permitir que de ellas me hayan surgido unos cuantos libros, a pesar de vivir en un tiempo en el que la gente esta tan negada para escribir correo.

Dándole la vuelta a los supuestos buenos consejos Fernando de Pessoa aconsejaba dejar de hacer hoy lo que también se pudiera dejar de hacer mañana. Yo podría dejar de escribir cartas, y dejar de escribir cualquier género. A veces me asalta la idea de no tener nada sobre lo que escribir. Es una imagen tolerable aunque dolorosa. No vivo en la obligación de pontificar ninguna verdad, ni de convencer, ni tan solo de seducir, solo vivo la gramática cada vez más ordinaria de la existencia con cómplices temporarios que se presten a ella.

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