El borrador público

 

Antes de dar algo en público debe ser cuidadosamente revisado. El público tiene derecho a la impecabilidad. Los periódicos y las grandes producciones de arte han entregado valores importantes a la cultura. Antiguamente los libros editados llevaban una hoja suelta con una colección de fes de errata con las que el lector debía espabilarse para ir a las páginas y líneas en cuestión para corregir las palabras puestas por error por las adecuadas. La verdad es que la prosa escrita corre el riesgo de ser mal tecleada o digitalizada. Las posibilidades de error son múltiples. Cada carácter se arriesga a ser mal colocado. Eso depende del descuido de su autor. Una editorial es la que se precia de no poner ningún error tecnográfico en una producción grafica. La verdad es que es un verdadero gozo leer libros sin tener que hacer correcciones de sus palabras equivocadas. En alguna ocasión con algunos ejemplares de editoriales no impecables he hecho una lista en la última página de donde he encontrado errores. Hasta ahora los errores tecno gráficos nunca han sido para mí motivos para suspender una lectura, Sí, en cambio los errores conceptuales o las citas equivocadas. En cambio mis errores tecno gráficos -y en menor medida gramaticales- sí han sido motivo para que se me cierren las puertas para su edición puntual. El mundo de la edición, dentro de un mundo salvajadas, hay figuras obsesivas del puntillismo preciosista y amparados por su cuota de poder a la voz del ordeno y mando son capaces de no publicar un mapa del tesoro porque el analfabeto que lo escribió confunde las b con la v o los acentos cerrados con los abiertos. De acuerdo habrá que reexpedirlos a un centro escolar de realfabetización intensiva pero mientras tanto ¿no se puede tomar nota de su mapa para llegar al cofre de los oros y diamantes? Nunca entenderé a la gente que da la espalda a otra gente por expresarse mal o por escribir de una manera diferente a la suya. He de entender que ésta es una de las razones por las cuales el mundo sigue en el universo de la mediocridad no por lo que unos hacen mal sino por lo que otros hacen peor al no querer saber nada de los mensajes de los anteriores.

Escribir es algo no fácil. La vida de escritor no es para recomendar como la profesión ideal a nadie. En realidad sigue sin ser una profesión. Escriben los profesores, los académicos, los filosóficos, los teóricos de sus disciplinas, los intelectuales, los periodistas, los poetas,… pero también escribe cualquiera sin clasificación alguna, sin oficio ni beneficio, sin curriculum por el que se le pueda ensalzar y que tenga algo que decir, o crea que lo tiene. El escritor que se complace en escribir sus propios caldos más tarde o más temprano tiene que gestionar su deseo de darlos a conocer en el estado en el que estén aunque no le satisfagan de un modo absoluto. Dicho de otra manera: ¿qué se puede hacer con un texto sin estar terminado del todo tiene suficiente valor como para darlo a conocer como proyecto, prueba, borrador o en su estadio de elaboración? Pues darlo tal cual mientras se sigue elaborando o esperando en la lista de elaboraciones pendientes de concluir. Un lugar de espera puede ser un blog en internet en el que lleguen consultantes perezosos o por equivocación que tal vez vayan buscando otras cosas y se detienen en aquellas porque le despiertan su interés a pesar del estadio provisional en las que se hallen. En otros registros artísticos hay formas de diseño que han creado ya escuela o corriente que presentan figuras muy detalladas en parte y otras partes completamente difuminadas o deliberadamente dejadas de terminar. La incompletud también forma parte de la expresión artística o dicho de otra manera hay un tipo de arte que acepta la incompletud como parte que lo integra lo mismo que lo hay que hace de lo no bello y lo terrible motivos para escenificar o pintar.

En el campo periodístico siempre ha habido profesionales que han visto amputados sus textos sin ninguna clase de compasión ni miramiento por razones de espacio físico o de numero de palabras y sin que sus autores fueran ni tan siquiera consultados. El periodista antes era un lacayo que no tenía derechos de autor siendo todo su producto de la propiedad de quien pagaba su salario. Parece que últimamente eso ha cambiado algo.

Si hay un tipo de trabajos debajo del lienzo que pueden admitir la mirada del curioso aunque se le advierta que no está terminado y hay otras representaciones, como las del campo teatral, que tienen una ultima puesta general en escena con el director pudiendo intervenir en el momento que lo considera pero que ya se comparte con el público, ¿por que no extender ese derecho al texto aún en el estadio del borrador? El problema es cuando un autor no para de producir borradores y nunca está del todo satisfecho para darlo algo por definitivamente terminado. Esta es mi tesitura. He llegado a un acuerdo conmigo mismo: mostrar mis trabajos en ese estadio a la espera de que algún día adquieran la categoría si no de perfectos, al menos de incuestionables por razones sintácticas, gráficas y formalistas. Corro un riesgo; seguir dedicando mi tiempo a lo primero, el de hacerlos, en detrimento de lo segundo, el de perfeccionarlos y corregirlos.

El riesgo de presentar un borrador en público es que parte del público puede sentirse defraudada. Para algunas miradas estrictas basta un error ortográfico para mandar a hacer puñetas el resto del texto. Esto me recuerda a algunos examinadores que se niegan a continuar corrigiendo un examen a partir del punto en que se encuentran determinadas palabras que tienen proscritas para sus alumnados de los que quieren hacer perfectos lacayos. La pasión de la escritura puede más que determinados cuidados con la forma. Es comparable a la voluptuosidad erótica en momentos de frenesí máximo en los que los amantes descuidan determinados protocolos pasando directamente a las partes más excitantes de su relación. Evidentemente todo tiene que pasar por el esmero y el proceso lógico pero hay muchas razones para no reunir la máxima perfección posible. Muchos textos que han cambiado profundamente la visión teórica en sus campos de intervención  han sido establecidos a partir de borradores. El famoso Seminario de Lacan con volúmenes durante mucho tiempo  en curso de edición por primera vez  tras la muerte del autor es una de las comprobaciones de esto.

Hay que aprender del potencial del texto mismo no a partir del acuerdo que el lector quiere establecer a priori con lo que sostenga. En realidad no es un buen ejemplo ya que son textos establecidos dados por definitivos. Un borrador es otra cosa. Es un texto provisional, basta que tenga pendiente corregir una palabra para que este en la categoría transitoria. En cierta manera es un texto que sueña con serlo, que sueña consigo mismo. Otro asunto es un texto incompleto por lo que hace a su propio esquema conceptual o a los datos que promete y no da. Creo que el texto terminado pero pendiente de corregir hasta el ultimo acento y coma sí puede tener una cierta permisividad para la difusión menor a la esperar de convertirlo en texto solido para el futuro. Un texto que espera la perfección y se demora en darse a conocer por este motivo puede tener el reproche de dejarlo sine die en el baúl de las demoras. Tiene algo parecido a la vergüenza que sienten algunos autores con sus poemas y que no los dan nunca a conocer. Por el contrario un texto presentado humildemente en sus limitaciones e una forma degenerar controversia y en definitiva de excitar la producción de otros textos, Thomas Jefferson dijo que le gustaba mas los sueños del futuro que no las historias del pasado. El texto nunca publicado porque la falta la nota de impecabilidad se convierte en una historia del pasado que termina por ser obsoleta sin llegar a ser realmente historia. Pero el borrador, o el texto con errores formal-estilísticos pendientes de depurar, se convierte en el chivo expiatorio para atacar determinados conceptos que no gustan ser leídos y muchos menos publicados acerca de verdades no consentidas por quienes detentan alguna clase de poder y también el de la censura contra la libertad de expresión. Voltaire  ya nos recordó que no hay verdad que no haya sido perseguida al nacer.

El borrador público tiene un valor añadido al borrador guardado en la mesa del escritorio o en una cantera digital dentro del ordenador y es que puede ser contribuido por quienes usándolo en sus justos limites obtengan del mismo ideas y referencias para sus propios trabajos.

 

En la proyección comercial de lo escrito alguien que publica regularmente en revistas textos depurados o ha publicado un libro con una cierta tasa de divulgación pasara por escritor consolidado mientras que quien se mantiene en el registro de los borradores pasará por no serlo. No importa que el uno escriba a temporadas o deje de escribir despues de un gran titulo y que el otro escriba cada día en las condiciones experimentales mas increíbles y en los espacios posibles: desde trenes en marcha a bares pasando por retretes, patios bajo farolas o mientras espera la función de teatro o cine. Para mi punto de vista pienso que es mas escritor el que se apasiona por cosas para las que no tiene espera en transcribir que el que tiene su método funcional de publicar un libro que se venda, pero evidentemente los dos extremos forman parte de un mismo vasto campo creativo que se maneja con letras en el que no todos los conceptos tienen porque valer.

 

Comentarios

Aún no hay comentarios.


Used cars Albergado en:blogdiario.com

Noticias: Noticias

Un servicio de HispaVista

Contador gratis contadorplus.com