Psicodrama Público

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El espacio teatral convoca a una expectación unilateral. La del público anónimo ante unos actores nominales. La escena es el centro ; la platea, la oscuridad. El teatro es una recreación del conflicto, un traslado a una escenografía objetiva y manejable de las variables subjetivas, presentes en la realidad, no siempre manejables. Eso reconforta  la figura del espectador que aguarda confortablemente en su butaca segurizante el desenlace de la acción controlada. Sabe que no le va a pasar nada, que los personajes

 son de ficción, que la trama es una reproducción, que el discurso es meramente diferido y artistificado. Por la fuerza de la palabra escénica tomará distancia de la palabra real, por su objetivización se resubejtivará como espectador  que mantiene el control de la situación. La vía artística proporciona suavemente  las condiciones de control para mantener alejado el conflicto de la vía existencial.

 Lo que en un principio propone el arte como provocación de la conciencia termina por concretarse en un apaciguamiento de esta.  De tarde en tarde teatros de vanguardia han procurado hacer participe el público en su escenario, borrando las fronteras entre escena y expectación mezclándolo todo en acción viva. ·Esas tentativas no han producido un nuevo arte escénico dominante en el que cada

 espectador sea propuesto desde el momento en que entre en la sala como actor.

Hay una larga trayectoria de actores, especialmente cómicos, también magos con cartas e hipnotizadores, que hacen salir a escena a personas del públicos con el ritual de “que salga-que salga” y los aplausos o vítores como dádiva. Un solo actor con tablas puede crear un escenario improvisado en la calle y representar un guion de múltiples roles haciéndoselos representar  a espectadores seleccionados del circulo de expectación que promueva.  Al margen de esos ejercicios y osadías lo que espera

mayoritariamente el espectador que pasa por taquilla y que tiene un asiento numerado es que se le entretenga y se le enseñe un  par de cosas, no que se le haga cambiar de pensamiento, hábitos o le mueva  tan emocionalmente un guion que le obligue a replantearse su existencia,. Nadie te dice: fui a ver tal obra de teatro y me cambió la vida. Aunque esa misma frase la he oído decir por lo que hace a una lectura crucial de un libro especial. El teatro fundamentalmente es un espacio ajeno. A la sala de

teatro se le llama equívocamente teatro cuando en realidad el teatro es lo que sucede en la acción representada. Claro que en el fondo,  el espectador también representas su rol de pasivo y sabe, si lo piensa un rato, que su pasividad y mudez justifica todas las piruetas que hagan actrices y actores. Pero no siempre el espectador está a salvo en su quietud. Algunos  maestros que dominan la escena

 construyen su monólogo en una especie de  diálogo autogenerado en el que hacer intervenir con sus preguntas, o sus focos, a asistentes a la sala.

 No es lo habitual ni la práctica que se haya generalizado aunque dentro del teatro alternativo se han probado multitud de estrategias  para hacer participar al público sacándole de su silencio y de su mudez.

Una cierta inquietud embarga a la posición de público cuando cabe la posibilidad de ser preguntado. Un ámbito de cientos o miles de personas resulta intimidatorio. No tanto porque la gente se vaya a rebotar con lo que se vaya a decir como pro el mismo hecho numérico del individuo que se siente solo ante la masa que lo mira. El pánico escénico es incapacitante  para cualquiera que tiene que dirigirse a un público numeroso, pero a la vez hacerlo es una forma de vencer miedos e inhibitorios internos. Algo que la educación, desde la primaria no ha resuelto todavía, es armar a los educandos con su capacidad de dirigirse a todos los demás en la convicción de conseguir su atención y en la convicción además de saber que puede realizar una explicación comprensiva. Quien tiene habilidad expresiva para explicar algo ante otro, una sola persona, también la puede adquirir para explicarse ante muchos otros, miles o millones de personas. Basta intentarlo y admitir que la trasportación de una proyección expresiva singularizada a una pluralizada  es algo tan sencillo como hacerlo.  José Luis Galiardo teoriza el monólogo como la expresión libidinosa de una masturbación. Pero el monólogo no significa la anulación del diálogo sino un estilo verbal que a falta de un interlocutor presencial se le invita indirectamente haciéndose eco de sus objeciones o preguntas. Un artículo o un libro escritos por una sola persona son también monólogos y sin embargo no significa que solo este escribiendo o hablando el que los firma en tanto se constituya en caja de ecos de lo que circula en el campo del pensamiento y de las noticias. La parte de una conferencia previa al coloquio es también un monólogo. Quien detenta un discurso no se limita a hacer afirmaciones categóricas, también incluye preguntas en sus formas verbales que trata de responder además de la presunción de un interrogatorio latente al que se somete voluntariamente. Hablar, se hable solo o se comparta una conversación, es responder a preguntas.

Dicho esto no cabe  pensar  de ninguna representación escénica que sea un campo cerrado a pesar de que los guiones teatrales suelen ser breves y sus desarrollos consumen un par de horas o no tanto tiempo. Tampoco los diálogos de la vida privada quedan cerrados nunca del todo ni las exposiciones temáticas sobre un punto u otro. Siempre queda abierta la posibilidad de un plus de indagaciones, de una continuidad en el texto y en la escena. De ahí también que haya readaptaciones de textos clásicos.

Hay una particular forma de teatro en el campo de la psicoterapia que es el psicodrama de acuerdo con el diseño de Jacobo Moreno, ampliamente referido y practicado. El psicodrama crea un espacio interno permisivo para los vuelos del inconsciente. Este es el título ideal para compartirlo en un trabajo de psicología analítica de los fantasmas tanto de los sujetos psicodramáticos, con un desenlace evaluado y un objetivo comunicativo. El psicodrama parte de unas consignas de arranque pero no puede hipotecar su final a unos objetivos consensuados. Ha habido  un teatro de la improvisación que lo ha fronterizado. Sigue habiéndolo: a partir de un guión básico los personajes lo adaptan función a función e incorporando las noticias del día.

Por lo general el psicodrama es privado con las variables de confidencialidad controladas y desarrollado en un espacio de intimidad colectiva.  Una propuesta de trasladarlo a la escena pública, a la sala de teatro con taquilla en la puerta, ante un público críptico y analítico, es lo más radical que en estos momentos se puede plantear en la profesión artística. De una parte el espectador pierde su estatuto segurizante de habitante de butaca en tanto que sabe que no se va a enfrentar a un guion de ficción sino a un guión imprevisible, mejor dicho a un guión en el que pueden decirse todas las verdades.

La verdad es la primera victima y la más propiciatoria de los conflictos humanos. Solo en espacios muy selectos de indagación psicológica y psicoanalítica se puede hacer la reina. La verdad va en contra de la etiqueta y de las falsas formalidades, va en contra pues de los códigos que protegen a cada individuo frente al otro no solo porque pueda agredirlo físicamente sino también para que no pueda agredirlo verbalmente. Es inevitable que la verdad curse con actos que se interpretan como agresivos. El salto de la tensión emocional a la explosión dramática es fácil y rápido.

Un psicodrama público para espectadores preparados, o al menos pre avisados, que admitan no ser espectadores clásicos para esa clase de función puede conocer la hora en la que comienza pero no en la que acaba, el tema de partida pero no el tema final, el numero de componentes al comienzo pero no los que queden al final. Con ese panorama de variaciones encontrar el perfil de los espectadores no es tan sencillo. Tampoco el de los actores. De hecho los actores y actrices profesionales no son/serían los apropiados para esta clase de representación, dado su dominio de la interpretación. Por eso un psicodrama público legítimo tiene que partir de componentes, entre ellos desconocidos hasta ese momento, dispuestos a la representación de roles, ante un publico igualmente desconocido, con una dirección de pautas por el director o directores de escena ejerciendo una función conductora y –en caso de necesidad- contenedora. El gabinete Libermann (1984)  y el método Gronholm han introducido formas cercanas al psicodrama, siempre bajo control de los diálogos. Un guion preestablecido es siempre una forma de control de lo que se va a decir, lo mismo que los cantantes de canciones-protesta tenían que pasar por la censura sus letras antes de una audición bajo el franquismo o los protocolos de contactos humanos presuponen los decires antes de ser pronunciados. A diferencia de todo eso el psicodrama no solo saca los sapos infernales de cada uno en el espacio verbal sino que también se puede volver en contra de la acción psicodramatizante, de los otros participantes y del mismo director. La zona entre verdad y representación queda mezclada y cada cual pone a prueba lo que en realidad es bajo las toneladas de automentiras en las que ha organizado su vida.

Un espacio de vuelos del inconsciente –este es un buen titulo para la libertad expresiva del mismo- como si de una flotación permanente en el aire en un ala delta se tratara para mirar todos los detalles que quedan debajo puede hacer participar al público, tanto subiendo a escena o entrando en el circulo escénico como opinando puntualmente. Eso ultimo no es tan operativo, el teatro-fórum a diferencia del cine o video fórum, crea una fisura demasiado fuerte entre sala y acción representada por el hecho presencial de los actores como parte del debate. La otra razón es que el público queda relegado a la función crítica de esa acción sin haber participado en su recreación o puesta a punto.

En el psicodrama público la propuesta es una invitación a la higiene mental y a la verdad absoluta sin más restricción que el respeto a la integridad física del otro y sin más consigna que el ataque a la mascarada coparticipativa, a las propias máscaras y a las ajenas.

Imagino la escena: un espacio vacio bajo el palio de un alada delta y un slogan: el vuelo del inconsciente. Dejando hablar a los sentimientos el viaje al uno mismo llega a los fondos insospechados.

No será hasta la puesta en escena de un experimento teatro vitalista de esta clase que podrá evaluarse su impacto como espectáculo innovador, su valor como psicoterapia de grupo mayoritario, y su futuro dentro de las artes escénicas. Su enorme interés bien vale la pena de correr riesgos y luego hacer balances. En el teatro de la improvisación hay experiencias de actores/actrices –recuerdo una en  la sala Petita del Lliure que su tema (uno sobre transformacionismo sexual) se hizo lento, aburrido y ordinario escapándosele de las manos, pero suscitando alguna reacción intervencionista del público que fue cortada. Y es que  la actuación a veces deja de sentirse segura con la intervención no controlada y el público está demasiado acostumbrado a no salir de la condición pasiva de tal. El psicodrama público seguramente lo recalificaría de un modo total.

 

Comentarios

esta pagina es muy mala


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