PENSARES y PESARES

Fondo de Recursos

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La biblioteca: fondo de recursos .

Una biblioteca para todos respetada en su uso y en sus materiales sería la ilusión de muchos lectores que a lo largo de nuestras vidas hemos acumulado pacientemente. A menudo las bibliotecas personales tienen dificultades en mantener su integridad tras la muerte de sus creadores. Ni siquiera sus personas más allegadas saben apreciar el sentido que tuvo para ellos ni tampoco el valor exacto de lo que contienen. Ven en una biblioteca una multitud de libros, que ocupan un gran volumen y espacio. Visto así, las viudas desprecian totalmente los materiales de sus difuntos maridos deshaciéndose en cuanto pueden de aquello. El simbolismo de esto queda a la libre interpretación de cada cual. Se trata de un hecho social del cual se nutren los libreros de saldo, los encantes y gracias al que no pocos lectores hemos podido nutrir nuestras propias voluminosas bibliotecas con libros usados comprados a bajo precio. Leer un libro que ha pasado antes por otras manos desconocidas tiene algo de herencia intelectual aunque sea a una pequeña escala.

Desde que las instalaciones de bibliotecas públicas han ido en aumento parece que las personales deberían haber perdido su razón de ser. Eso es algo impensable  todavía ni puede proponerse a los amantes de la lectura continua. Una biblioteca privada es una biblioteca especializada, no hay ninguna igual a otra. Por muchas bibliotecas que se compararan todas serían distintas. Por otro lado las enormes ventajas de la biblioteca pública no quita el fenómeno de las particulares en cuanto a que cada cual trabaja y trata sus libros como objetos de su propiedad que son. Pero su crecimiento y su acumulación a través de los años recuerdan que su valor potencial queda disminuido por el mismo hecho de su privacidad. La propiedad privada las conserva pero al mismo tiempo raramente facilita su circulación para que los ejemplares prestados no se pierdan. Es así que a menudo el libro de una biblioteca privada apenas si es leído por más de una persona. La experiencia frustrante de prestar libros y no los, lo que significa perderlos nos ha pasado a todos. Es algo que no deseamos repetir. Pero un día  más tarde o más temprano, uno se enfrenta a perderlos todos en tanto que no se les puede llevar a otro mundo. No sé si los faraones eran enterrados con papiros además de sus tesoros, pero para un intelectual llevarse al panteón sus libros preferidos seria bastante cómico. Los libros pues suceden y sobreviven al muerto, y sus herederos no tienen porque cargar con ellos. Especialmente cuando su colección asciende a miles o decenas de miles de volúmenes. Lo ideal-y en lo que se piensa- es en la donación a una biblioteca pública, pero las bibliotecas públicas están saturadas de donaciones y por  otra parte son establecimientos que luchan contra los limites de sus espacios descartándose de libros con criterios extraños que no alcanzo a conocer. Si una biblioteca tan solo decidiera exhibir aquellos libros más pedidos y leídos la mayor parte de sus estanterías se despoblaría. Es probable que también en una pública, igual que sucede en una particular, pasen años sin que un libro sea sacado de su lugar para ser consultado. Así pues que cientos o miles de personas nos encontramos con nuestras bibliotecas acumuladas, que tenemos en gran aprecio y algunos incluso los interpretamos como nuestros mejores tesoros sin saber que hacer con ellos. Van pasando los años y la perspectiva de reconducirlas a alguna parte útil aprieta. Cada intelectual es un bibliotecario de lo suyo. Conoce el valor de lo que tiene, lo que le ha costado coleccionar, la supervivencia de algunos ejemplares que tal vez solo él tenga. Su biblioteca proyecta su biografía. Los libros elegidos para lecturas y relecturas dicen más que otros tests de la personalidad de su usuario, también, claro está, de su ideología. Los libros que forran paredes dan una cierta familiaridad, un confort, una protección. Pero van pasando los años y la mayor parte de ellos solo han sido usados una vez durante su lectura, otros ni siquiera han sido concluidos y unos terceros esperan ser leídos. Posiblemente este triple grupo se mantenga como tal cuando la muerte alcance a su poseedor. Hay quien se quejaba de morirse no ya por abandonar la vida si no por no poder volver a los libros. Últimamente he reducido mi ritmo de compra de libros por dos razones: una porque ya hay muchas cosas que pueden ser consultadas en la pantalla del ordenador sin necesidad de buscarlas en soporte papel, dos porque tengo tantos libros que no sé si me alcanzará mi tiempo de vida restante para acabar de leerlos. Aún así, a veces no me resisto y sigo comprando pero a un ritmo inferior al que he hecho en años anteriores.  

Me gustaría que mis biblioteca no se dispersara tras mi defunción y por otra parte no puedo dejarlo como toneladas de peso a mis herederos cuando la biblioteca en si misma necesita un apartamento entero para poderla tener como funcional. Queda la alternativa de reunir distintas bibliotecas particulares y constituirlas como biblioteca de uso social o donarla a quien esté tras este mismo proceso.

Esta consideración sucede en un tiempo en que cada vez es menos necesario pasar por el soporte papel y por el formato libre textos nuevos. Antiguamente un texto que no era impreso estaba condenado a la marginación. Actualmente independientemente de si es apreciado por un editor, un periódico o una revista encuentra su espacio, más o menos visitado, en la triple dobleuve, un lugar por el que acabará pasando todo el mundo buscando todas las cosas.  Eso me consuela ante la hipótesis de una biblioteca comunitaria de recursos. En todo caso, lógicamente, el valor simbólico del libro coexistirá con la democracia electrónica y la biblioteca física como lugar de trabajo y de consulta seguirá siendo un santuario para estudiosos, analistas, lectores, meditabundos o solitarios que quieran ser acompañados por autores de letras.

 

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