PENSARES y PESARES

¿A qué estamos jugando?

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Hay un email circulatorio dando la alarma y denunciando a un tipo:  Tommy Hilfiger que es un diseñador famoso (yo no había oído hablar del hasta el momento de su recibo) por sus comentarios racistas y menospreciativos contra los coreanos, los negros y etnias desfavorecidas por la mirada tradicional de los prepotentes blancos. El tal personaje, evidentemente odioso, para descartar toda oportunidad comunicativa con él, fue  invitado a un determinado programa de televisión de audiencia donde el presentador, Oprah Winfrey, le pide que corrobore si las declaraciones racistas que se le atribuyen efectivamente las ha hecho. Él contesta con un simple sí. Tras lo cual el presentador le pide que abandone el plató. Hasta aquí la noticia. Lo siguiente es la petición consabida de no comprar los productos diseñados por el tal espécimen que llevan su nombre.

Línea de análisis de este tema: las propuestas de sabotear determinados productos generados por acciones o ideologías nefastas es una iniciativa cibernáutica que va en aumento. La lista es creciente y  uno se termina por preguntar si la producción capitalista y la ética pueden ir de la mano. Pero bueno, supongamos que los malos son una minoría y que la mayoría de cosas que están en circulación: tshirts o yogurt envasado siguen los requisitos deontológicos. Bastaría por el poder del consumo que la sociedad de masas nos confiere elegir a los buenos y castigar a los malos limitándonos a  ignorarlos y no comprarlos. El tipo denunciado por el email puede pasar a formar parte de una especie de lista negra –perdón por lo de negra- de indeseables. En menos de una temporada sucumbirían. Es así que dejaríamos de ver las estaciones de la Shel, los artículos de Nike y tantas marcas que no tienen en cuenta la dignidad humana. Pero hay algo que falla en ese asunto del boicot a unos, ¿por qué no a todos en un mundo en que  mucho de todo lo envasado es por definición sospechoso? Se suele asistir a un severo contratiempo con la cosa elegida, que puede ser lo mejor por precio o calidad y la falta de ética en sus directivos y proceso de manufacturación. Otro asunto es la alarma social que despierta una declaración racista de un tipejo del que hasta este momento uno que tiene lo suyo de ignorante no había oído ni hablar. A la vez que tal alarma se dispara se puede observar multitud de gestos de indiferencia que también rayan con el racismo con las etnias locales que tienen el dedo que les marca, como los gitanos o los árabes.

Lo que ha hecho el desgraciado antes citado es reconocer en público lo que la inmensa mayoría de racistas solo dicen en privado y callan como unos hipócritas. Una tercera cuestión es que si el programa que lo invitó quería ponerlo en evidencia ante los telespectadores  sin duda acertó pero ¿acaso era una forma ética de hacerlo?. La pregunta y confirmación de su racismo podía haber sido arreglada en privado y evitar tanto a los telespectadores la escena (a fin de cuentas de un nuevo reality show en el que quien tiene el poder de mando de la televisión es el gestor o productor de un programa) como al invitado haciéndole perder tiempo. No hay detrás de esa invitación un modo muy sutil de cualificar el programa ante los espectadores de buena conciencia, (“ese sí que lo hizo bien, mira echó a fulano de tal”) y elevar la cuota de audiencia.

Puestos a comparar cabe preferir a un racista público que no calle lo que piensa, sin duda porque su caché se lo permite, que a uno que vaya de mata negros con un cucurucho en la cabeza. Puestos a comparar prefiero un presentador que desarrolle hasta el final una entrevista aunque sea con un tarado ideológico a  que expulse de su espacio a un tipo por  su sentimentalidad facha. Curiosamente las leyes podían facilitar la demanda del expulsado al presentador por haber atacado a su honor,  mientras que no podrán  cuestionarle su declaración, a fin de cuentas, emocional o pasional publica. Que de eso se tratan las declaraciones racistas de pasiones irracionales. ¿Por qué alguien no averigua la dinámica de ese programa y la consideración que hizo el presentador con el productor antes de tomar tal actitud?. ¿No tuvo que ver las intenciones de mayor espectacularidad del medio?

Estoy contra todo racismo, incluidos los locales. Me siento cómodo con todas las personas sean de la etnia que sean, vistan como vistan,(a excepción de los uniformados) hablen como hablen. Únicamente pongo distancia con las no-aseadas. Y eso no tiene nada que ver con el idioma, el color de la piel o el nivel de estudios. Un último detalle, la gente que viste de marca, a la que va dirigido el email, ¿no tiene algo ya en si misma de discriminadora  tácita cuando opina que quienes no vestimos de marca, pues eso, no vestimos de tal?. Personalmente no estoy al corriente de las marcas en el vestir y elijo las prendas por si mismas no por lo que dicen en sus etiquetas. Lo que es más descarto aquellas que son un pretexto para enganchar la etiqueta y no al revés. Sin duda hay tejidos y diseños de marca superiores a los que no lo son o a sus plagios, pero vestir para decorar el cuerpo o crear apariencias ya cuestiona la ética del usuario que suele subordinarla a su estética.

El mayor revés que puede sufrir el racismo en todas partes del mundo es dejándolo de lado, no dándole bombo y platillo. Invitar a un racista al programa para confirmar que lo es y luego echarlo hace un flaco favor al movimiento antirracista y más bien pone en evidencia el extremo infantilismo de un presentador que en lugar de cumplir con su trabajo dice al público la pauta moral a seguir.

Desdichadamente ese mundo de modernos y pijos no se divide entre racistas y no racistas, sino entre un abigarrado mapa que reparte sutilmente la discriminación en la que todos, si somos honestos en confesarlo, caemos.

En definitiva la propuesta de boicotear esta marca por lo que ha dicho su diseñador es impracticable o no tiene más valor que la propuesta genérica de boicotear todos los productos que no tienen protocolos de garantía ética, es decir la aplastante mayoría de los que nos valemos para nuestro confort. Solución. No prestarse a hacer circular emails antes de repensarlos. De hacerlo uno se pregunta a qué estamos jugando si a la denuncia de las conductas deplorables o a tomarlas como motivo para creernos que somos castos y puros.

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